Aunque el comediante es sencillamente un actor, es un actor ungido. La capacidad para crear humor y expresarlo, se tiene o no se tiene, y parece no haber fórmula para esto. Por muy premiables que nos puedan parecer algunos actuaciones humorísticas, el problema estriba en que la comedia se resiste a ser muy racionalizada, evaluada y calibrada.

Se ha dicho que a los comediantes les cuesta ganar los premios codiciados de actuación, aunque hay varios en esa lista de notables excepciones. El actor italiano Roberto Benigni ganó un Óscar de la academia como mejor actor por La Vida es Bella (1997). Peter Sellers, Robin Williams, Steve Martin, Jim Carrey, Rowan Atkinson, han recibido un amplio reconocimiento aunque no siempre son galardonados. El cine mexicano solo, tiene una pléyade de aún recordados. Sin embargo, con el caso de los comediantes ocurre lo mismo que con otros trabajos actorales, el éxito depende de la corporeidad del personaje, y de un guión muy bien escrito.

La película La vida es Bella es una visión clásica de la comedia, en el sentido de ser una perspectiva de la tragedia. Porque se sabe que la línea divisoria entre la tragedia y la comedia es mínima y el drama del personaje de Benigni, mostrar la espantosa realidad desde el ángulo del humor. Nunca es frívola una comedia que habla desde la verdad y menos cuando se ríe del absurdo y la estupidez humanas.

Aun así, fuera de importantes actuaciones en las sátiras, especialmente las políticas, los comediantes pueden ser invalorables en la recreación de personajes enfrentados a la tragedia y el dolor. En eso ha sido Rowan Atkinson muy tajante: el comediante es un actor.

Atkinson tiene la formación académica como interpretar a cualquier personaje de alto calibre en el teatro. Quienes sólo lo han visto haciendo de Mr. Bean, quizás no se imaginen lo talentoso que es él en la sonoridad y precisión de sus parlamentos. Una ventana para apreciar a ese Atkinson es a través de una serie de cuatro episodios Maigret (ITV 2016, Reino Unido), donde personifica al detective francés Jules Maigret, quien trabaja para la policía de Paris en los años 50. En medio de sus investigaciones, sabemos que él comparte sus explicaciones con su esposa, Madame Maigret (Lucy Cohu), con quien recrea la escena del crimen. Son ellos una pareja, además, que vive un duelo permanente después de la muerte de un hijo, y todo esto se entreteje con su particular percepción de los errores humanos. En ese sentido, cada mirada, movimiento y respiro del personaje muestra ese peso personal que es extendido a su trabajo. Rowan Atkinson llega a expresar al detective de manera tan acertada que a los pocos minutos estamos persuadidos de estar frente a Jules Maigret, y se nos olvidan sus otros personajes, Mr. Bean, Johnny English (aunque conserva algo de la fuerza de Edmund Blackadder).

Otro gran comediante con formación académica fue Robin Williams, aunque a diferencia de Atkinson, Williams entretenía con sus improvisaciones y ocurrencias durante las entrevistas para la televisión. No dejaba de actuar, su humor siempre florecía en cualquier circunstancia, y eso no dejaba de intrigarme. Él es recordado por esa imagen del actor atormentado que delata la psicología poco comprendida del humor. Desde sus aplaudidas interpretaciones dramáticas es donde se abre una ventana a una interioridad no muy visible del actor, como lo fue su personaje de psicólogo en (Good Will Hunting, 1997) o de profesor (La Sociedad de los Poetas Muertos, 1989). Como comediante y humorista, Robin Williams amaba a la gente y se esmeraba en reírse de la vida y ayudar a su público a hacer lo mismo, aunque eso mismo no lo haya ayudado en el remolino de sus adicciones. El humor de Williams poseía una extraña inocencia, muy propia de él, desde los tiempos de su personaje de extraterrestre. Recuerdo como si fuera ayer el día que mi vecina me invitó a ver Mork & Mindy en el pequeño televisor de la cocina de su casa.

Jim Carrey también posee una máscara que puede despertar curiosidad. Alguien me decía que no le gustaba para nada su trabajo, y se me ocurre que Carrey no es tampoco para todo público. Eso mismo se podría decir de Tin Tan, el actor mexicano muy admirado por Carrey, y que ha tenido influencia en su trabajo.

Aunque el comediante es sencillamente un actor, es un actor ungido. La capacidad para crear humor y expresarlo, se tiene o no se tiene, y parece no haber fórmula. Existen actores dramáticos que pueden imprimirle comedia a un personaje. Dentro de la solemnidad de la saga de El Señor de los Anillos, el personaje del Hobbit, interpretado por Martin Freeman, yace al otro lado de la balanza. Mientras la historia gira alrededor de la tentación del poder del anillo y sus estragos en el alma humana, el Hobbit es el héroe en el sentido de que pertenece a una raza de humanos incapaces de sucumbir ante la tentación del poder. El Hobbit es además, elegido entre elegidos para resguardar el anillo, y he allí la importancia de la comedia para cerrar ese muy hermoso balance. Como el personaje de Jonás en el antiguo testamento, el Hobbit de Martin Freeman logra comunicar ese: "¿y por qué yo?", "¿me vas a dejar este paquete ahora con lo asustado que estoy? Sólo ver al actor con los pies grandotes, las orejas puntiagudas y los ojos redondos de lo siempre asombrados, es imposible no rendirse y congraciarse, reírse de ese destino impuesto, de ese traje tan incómodo para él. Trabajo de héroe sin discursos épicos.

Como ocurre con el Hobbit de Freeman, hay personajes que le vienen como anillo al dedo a actores de comedia. Pasó algo similar con Robin Williams y su actuación de la voz del Genio en la película Aladino, de Disney. Los guionistas estaban desbordados de las cuantiosas y variadas improvisaciones del actor. El equipo comprendió muy bien el valor artístico de esas improvisaciones y crearon imágenes aparte de ese Genio de Williams: divertido, libre al fin, amigo, padre y cálido hermano para Aladino.

Son ellos actores de una gran versatilidad y fuerza histriónica, pero el problema de lo premiable o no de sus actuaciones estriba en que la comedia se resiste a ser muy racionalizada, evaluada y calibrada dentro de sus posibilidades. Sin embargo, aun cuando comedia y premios no van mucho de la mano, no está mal experimentar con sus giros dentro de una historia.

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