Adiestramiento militar en las empresas pretende tapar no tanto el desastre de los municipios del estado Bolívar, que ya es inocultable, como el colapso político de la revolución que ya no tiene discursos, ni medidas con que enfrentar el caos del país.

@ottojansen

La militarización, el empeño de establecer las milicias revolucionarias como un componente formal de la Fuerzas Armadas Nacionales, no es un propósito reciente, ni un proyecto que no haya hecho su debut en la región y específicamente en las empresas de Guayana. En el año 2005, como recordaba Correo del Caroní, hubo fuerte impulso con aquello de los Consejos obreros de la Revolución, que uniformó con viseras, camisas y pantalones marrones a los presidentes de las empresas del momento (Debe haber por ahí una fotografía del ingeniero Elio Sayago en compañía de Aristóbulo y otros “comandantes”), con la convicción, nadie sabe por qué en este mundo de economía globalizada, de que tal indumentaria era un valor agregado a la producción de las todavía sostenidas industrias pesadas.

 Ha vuelto, por los días que corren, el empeño de hacer visible el “patriotismo”, contemplado por la población a través de las noticias: “Ya no solo se trata de la presencia de fuerzas militares dentro de las empresas básicas, sino que en los últimos días los trabajadores han recibido talleres teóricos y prácticos de adiestramiento militar, mientras la reactivación de la producción queda en un segundo plano”, apunta Jhoalys Siverio, periodista de Correo del Caroní, en la nota sobre el tema. Esta vez, a diferencia del episodio casi romántico de años atrás, aunque con igual fin de uniformar a la sociedad, las motivaciones de la militarización tienen tenor de premura, de ocultamiento; revivir la emoción del socialismo del siglo XXI, tragada por la irritación social ante el desastre; embaucados guayaneses y venezolanos por la corrupción que arrasó todo a su paso.

 Pero Guayana, es una locación perfecta para las puestas en escenas de la propaganda del régimen. Así lo piensan y lo han demostrado muchas veces. Esta vez en los patios de las empresas, con esos grupos de trabajadores que desde hace años no laboran pero cobran en porciones agregadas de comidas, para mostrarlos portando armas, jurando enfrentar al odiado imperialismo.

Asimetrías de juegos de guerra

 Ahora, ¿puede algún ciudadano pensar que con esos ejercicios un tanto infantiles puede enfrentarse alguna supuesta amenaza externa? El sentido común dice que no. Esto también lo saben las salas situacionales de la usurpación. Si hubiese una pizca de dominio de la experticia militar en esos recién estrenados milicianos acaso, ¿No sería de provecho enfrentar con ellos la violencia minera de la proliferación de bandas criminales, guerrillas y paramilitares? ¿No valdría convocar tal demostración de voluntad a la recuperación de áreas, equipos y transporte que yacen carcomidos por el abandono y por las visitas de moscas y moscardones? ¿No deberían instalarse asambleas masivas para que el tren directivo intercambie con los trabajadores, fusil en mano si quieren, la recuperación de la producción de hace tantos años que ya parecen siglos?

 Pero no, tales morisquetas de adiestramiento militar en las empresas pretenden tapar no tanto el desastre económico y social de los municipios del estado Bolívar, que ya es inocultable solo por el vuelo de zamuros sobre la zona del hierro, sino el colapso político de la revolución que ya no tiene discursos, narrativa, ni medidas posibles con que enfrentar el deslave diario del país.

 El proceso chavista, está en el ocaso; ese proyecto murió. Basta asomarse a las calles y observar la caótica rutina de la población para saberlo. Se trata de cambio del poder en elecciones presidenciales, libres y justas. La gente pide programas de atención a la salud, a la niñez, a los jóvenes; claman por una economía pujante y sana, con servicios públicos que presten su cometido. Por seguridad y justicia. Los fusiles, los uniformes de soldaditos y el orden cerrado son elementos inútiles para encaminar un pueblo harto de la falta de derechos y humanidad.

Civilización

A propósito de la Universidad y el país, el poeta Rafael Cadenas manifestaba recientemente, en acto de otorgamiento del doctorado “honoris causa”, junto al también reconocido literato Guillermo Sucre: “Uno se pregunta cómo salvarlas, a sabiendas de que Venezuela, sin universidades de excelente nivel, dejaría de aprender los saberes, se estancaría, se alejaría de la civilización”

 El estado Bolívar ha sido siempre para Venezuela el reservorio del futuro; sus ciudades, que encabeza Ciudad Guayana, han tenido, a pesar de los desequilibrios, el influjo de la modernidad, siendo sus empresas hoy superadas por el tiempo, escuelas calificadas de la civilidad. La región necesita de ideas, propuestas, ahora oxidadas, perdidas en las consignas y el fanatismo. ¿Quién avala esas pantomimas milicianas para conquistar el siglo XXI? Guayana requiere retomar el desarrollo, para ello la libertad y la democracia son requisitos en la civilización.

Trocitos… Retorno al país. “La presión va a llegar al nivel que deba llegar.”, afirmó el presidente (e), Juan Guaidó, al regresar a Venezuela.