El problema mayor de la alta prensa y las radiodifusoras de hoy en día, es decirle al poder en su cara que está mintiendo.

Mientras Twitter es una de esas tiendas enormes de cinco pisos donde hay que hurgar para conseguir algo bueno, la alta prensa le ahorra ese trabajo y tiempo al lector. Sin embargo, editar la prensa tiene sus costos, y una de ellas es lidiar con demonios propios y externos. Así están las cosas en estos tiempos de conspiraciones contra las democracias. El lector debe estar claro sobre su papel en el escenario. En todo caso, el reto de editores y lectores de vocación democrática, es vencer la confusión y el quiebre del mensaje hasta sus extremos. Adelantarse a los sospechosos consensos de legado fascista.

Sobre las redes sociales se ha debatido, sobre todo por sus efectos en la inmediatez de los usuarios. Se les ha inculpado de suprimir la reflexión, la racionalidad, justamente lo que se requiere para atajar los excesos. Por eso ha habido iniciativas para contrarrestar esos males y se ha intentado editar el ruido de Twitter. Se le ha querido dar alguna coherencia porque, con todo y sus fallas, gracias a su alcance y sus ventajas técnicas, es un aliado para difundir informaciones en sus etapas de inicio o simplemente para interactuar con el público. En Venezuela hay medios y periodistas independientes, dedicados a ordenar la difusión de noticias por internet. Son grupos que, a través de sus cuentas, revisan y verifican los mensajes más tuiteados o los más sospechosos. No obstante, la autopista de Twitter es demasiado transitada como para revisarlo todo.

En principio, las recomendaciones que aparecen en las cuentas detectoras de Fake News son las mismas que aplican para las noticias de cualquier medio. En el caso de los supuestos hechos, se pide revisar los datos elementales de fechas, lugares, nombres de personas e instituciones. Y como es de esperarse, se han encontrado casos de medias verdades, mucho más peligrosas que las noticias falsas. La mayoría de las veces, las medias verdades son mensajes confusos de eventos o textos sacados fuera de contexto. Normalmente éstos se entienden como fiascos que proceden de laboratorios y campañas sucias. Sin embargo, a veces queda la duda sobre cuánto de eso será desconocimiento y no poder diferenciar un chisme de una noticia. Cuánto de eso supone la habilidad del tuitero o redactor, de tener método para presentar sus juicios.

Se le pide a los usuarios ser cautelosos con las noticias alarmantes y eso depende mucho del sentido común del lector. Pero claro, todos sabemos que twitter es de manejo público; pedirle racionalidad y profesionalismo es quitarle su sabor a chisme y plaza para toda suerte de manipulaciones y lamentos. Quien busca informarse por twitter no puede olvidar eso.

En un artículo anterior comenté que el reto para los medios es adaptarse a una cultura de la comunicación en correspondencia con los recursos tecnológicos y sus siempre crecientes posibilidades. Porque las falsedades, confusiones, medias verdades, exageraciones, omisiones, todas ellas han existido de siempre. El reto es manejarse con ellas en medio de la cultura presente.

Y la alta prensa también ha tenido que hacer no pocos ajustes, incluso para seguir funcionando como empresas. Para resguardar su independencia, varios periódicos han acudido a la contribución de sus lectores. Y se han adaptado a los cambios, también han logrado extenderse a través de las redes sociales. Sin embargo, no pareciese esa ser la gran preocupación de los medios de renombre.

El problema mayor de la alta prensa y las radiodifusoras de hoy en día, es decirle al poder en su cara que está mintiendo. Dorothy Byrne, la jefa de noticias de un medio televisivo inglés, le ha propuesto a sus colegas no usar más eufemismos para las mentiras de los gobernantes y políticos en general. En sus declaraciones, ella ha defendido que es responsabilidad de las radiodifusoras, verificar la veracidad de una noticia y señalar al mentiroso. La detección de la mentira no puede ser sólo un pie de página o un comentario paralelo y escondido en su página web, un espacio con menos alcance que la propia televisión. Para validar su petición, Byrne adujo que se había entrevistado a 1.700 de sus televidentes, a quienes les dieron tres historias falsas y tres verdaderas, y, sólo 4% pudo diferenciar cuál era cuál. Según la editora, la gente está muy ocupada y depende de los medios para escudriñar en la veracidad o no de las noticias. En pocas palabras, ella recomienda hablar en cristiano.

Esta decisión de llamar a la mentira por su nombre viene en momentos en que la burla se ha normalizado, justamente porque hay líderes a quienes ya no les importa el llamado poder ciudadano. Se han acostumbrado a engañar con la mayor desfachatez y aun así han podido ganar elecciones y cargarse de poder.

Sencillo como pudiera parecer, no es fácil calificar la honestidad o no de un político. En una conferencia de prensa, un periodista de este diario cumplió con hacerle una pregunta a Chávez para que respondiera por sus mentiras. El riesgo para el periodista y los medios no tiene comparación con la comunidad del teclado.

La nueva generación de venezolanos sólo ha podido ver las conferencias de prensa que ha dado Juan Guaidó. Ese liderazgo que está formado y habituado a responderle a la prensa ha devenido en especie rara en los días que corren. Pero no será por mucho tiempo.

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