Es menester recordar que en estas mafias revolucionarias reina la ley del silencio -su omertá, con sus pactos y códigos- que es inquebrantable para mantenerse en o cerca de la cúpula. Dígalo ahí, Mario Isea. Así lo afirma nuestra columnista Diana Gámez

Mario Isea Bohórquez, excelentísimo embajador en España, fue entrevistado en “Los Desayunos” de la televisión oficial de aquel país. Confieso que viví mi odisea particular al escucharlo, y hasta al periodista Xavier Fortes -ficha del PSOE- se le enredó el volador para que el diplomático bolivarista le respondiera alguna de sus complacientes preguntas. El resto de los tertulianos no tuvo mejor suerte al participar de un formato lisonjero, conocido como “entrevista alfombra”, que sirvió de altavoz al bederraje socialista, aterrajado en el poder en Venezuela. La audiencia no lo pasó mejor con el despliegue propagandístico de este ¿diplomático?, que aduló hasta el hastío a la satrapía venezolana, sin que nadie se lo impidiera.

Cuando se dicen leales los funcionarios de esta tiranía son descaradamente serviles. Su discurso lo memorizan hasta en las comas. Los tips son repetidos sin que les tiemble ningún músculo de su caradura. Cuando se les escapa una sonrisa esta es “hienosa o hiénica”, como ese rictus que se dibuja en el rostro de Jorge Rodríguez cuando miente sobre el tema del día. Son una especie de robots revolucionarios, programados para repetir el panegírico instalado en su memoria ram.

Todos son jefes de propaganda de la dictadura y su trabajo -el único y verdadero- es soltar una parrafada, rumiada durante veinte años. Porque la cúpula dominante, ya podrida, es la misma, con las bajas propias que la insobornable biología se ha cargado. Dos décadas no han desgastado los lugares comunistas del tipo de El Furrial, el de mefistofélicos ojos verdes. Está en la sopa de todos los días, con la palabra inicial y final en torno acualquier materiaque tenga que ver con la raza humana. Lo sagrado y lo profano es despachado con el estilo -cínico y falaz- del también presidente de un órgano ad hoc, hecho a su medida para que ejerza el poder revolucionario según su saber entender.

Aristóbulo es otro que no se calla ni debajo del agua, cuando se trata de propagandear acerca de los logros que ha traído el socialismo del siglo XXI a estas agrestes tierras, de donde sacaron al capitalismo a patadas electorales. El otrora dirigente magisterial y saltimbanqui de cuanta talanquera se le atravesó en el camino, se convirtió en privilegiado operador de la tiranía socialista sin que le quedara nada por dentro. Su pérfida ruindad no conoce límites cuando desprecia y humilla -con especial impiedad- a los maestros venezolanos a quienes una vez dijo defender. El enroque es lo suyo. De hecho, no hay ministerio que se le resista, como a Jesse Chacón, Elías Jaua y al resto de la macolla, que no se ha desenchufado durante dos largas décadas de los dispensadores de dólares conectados al erario público.

La cúpula militar es también muy gebbeliana en su papel de privilegiados perifoneadores del régimen. De suyo, son excesivos al propagandear, pues al hacerlo acceden a canonjías y prebendas gracias a las armas y a su calculada obsecuencia. Muy lejos están de servir a la nación. Les resulta muy rentable ser serviles. Está claro, entonces, que prefieren mostrar fidelidad al tirano, a quien sostienen mientras forman parte de un juego perverso de conveniencias e intereses. Esta casta uniformada se ha enriquecido en el pozo séptico de la corrupción socialista, donde comparten con civiles que gozan de las mieles que les endulzan su paso por el poder.

Civiles y militares encanallados son también caimanes -que practican nado sincronizado- en el mismo pozo del tesoro nacional, al que saquean y roban como si no hubiera mañana, como si fueran loa únicos que viven en esta colonia castrista. La lealtad es la moneda de cambio que ellos ofertan al usurpador, porque como beneficiados por la corrupción están convencidos: “que el poder es un activo mágico, un supuesto natural. Un dictamen inexpugnable que no admite dudas, similar al misterio de la Santísima Trinidad”, tal como lo apunta Alonso Moleiro en su columna del domingo 3 en Tal Cual.

Lo cierto es que embajadores, ministros, militares y toda la burocracia comunista no pueden salirse del guion cuando se les autoriza hacer uso de su aparato fonador. Es menester recordar que en estas mafias revolucionarias reina la ley del silencio -su omertá, con sus pactos y códigos- que es inquebrantable para mantenerse en o cerca de la cúpula.  Dígalo ahí, Mario Isea.

Agridulce

Lo de crisis humanitaria dejó de tener sentido cuando intentamos calificar lo que ocurre en Venezuela. Cada vez me resulta más correcto hablar de genocidio, que el DRAE define como: “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”.

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