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A kilómetros por hora, los runners se han constituido como ejemplo de la toma de espacios. No escatiman en edades ni condiciones físicas y, por el contrario, aceleran la marcha para involucrar a más personas.
. La Llovizna Runners y Guayana Runners son una muestra ínfima de las posibilidades que tienen los grupos de atletas que se ejercitan sobre calles y aceras.
Marcos David Valverde
A las 4:55 de la mañana suena el despertador. La cama en ese momento está en su apogeo porque la calidez de cobijas y almohadas contrasta con el frío que expele el aire acondicionado. ¡Qué carajo! La satisfacción vendrá después, así que salta de la cama, se despabila con la frialdad del agua sobre su cara, se calza y sale a la calle.
Todavía está oscuro. Hay riesgos: el hampa, el hampa y el hampa, pero no hay marcha atrás, porque en ese momento, después de un breve estiramiento, está en el punto de no retorno, por encima de V1 o la velocidad de decisión, esa milésima de segundo que, para el piloto del avión, marca la diferencia entre abortar el despegue o, con los motores a máxima potencia, desafiar a la ley de gravedad: se lanza al asfalto a trotar.
Así, con ese primer paso, comienza la rutina de ese día. Al igual que ayer. Al igual que mañana. Así se define en ese instante él o ella, simplemente runner.
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Puede que no sea novedad en Ciudad Guayana eso de tomar el trote como estilo de vida. En cambio, lo es el surgimiento de grupos dedicados a la pasión común de correr y, con ello, de ganar espacios para ejercer lo que en Venezuela ha quedado machacado bajo la roca infame de la ignorancia, el desafuero y la fanfarronería: la ciudadanía.
Luisa Boet, ingeniera metalúrgica y profesora de la Unexpo, pertenece a uno que ha descollado durante los últimos años, Cachamay Runners, conglomerado para el que tomar el asfalto es una excelsa manera de hacer ciudad.
“Nos apasiona correr. Me gusta porque tu espiritualidad crece y cambia tu vida en muchos sentidos, pero correr en grupo te motiva más. La ciudadanía se ejerce porque, primero, hay una integración que no escatima en edades ni en condiciones físicas”, refiere.
“Algo hay que hacer”, considera Luisa. Por tanto, cada nuevo adepto y cada kilómetro recorrido, de acuerdo con su juicio, son una conquista. Sentirse libre es, a fin de cuentas, la quintaesencia: “La energía es lo que nos impulsa. Yo me siento viva y me siento libre cuando corro, cuando siento el viento en la cara”.
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Su motivación inicial fue el sobrepeso. La recomendación médica, caminar, la nutrió con el transcurrir del tiempo, y cuatro años después, Andrés Arias se jacta de haber completado uno de los magnánimos retos para cualquier runner: un maratón de 42 kilómetros.
Tales andanzas lo llevaron a ser secretario de La Llovizna Runners. Hoy, todas esas tareas las complementa para lograr la meta de impulsar el turismo local y las actividades de carácter social.
“Así como cuando viajas a una gran ciudad para correr y aprovechas para hacer turismo, queremos hacer lo mismo aquí. La huella social queremos dejarla impulsando a Fundavica, un grupo que trabaja con niños que padecen autismo, y con el Centro de Capacitación Monseñor Zavaleta, que especializa a jóvenes en carpintería, mecánica y minería”, especifica.
Su exhorto para quienes quieran unirse: hacerlo y ya. Después de todo, sólo se necesitan “un par de zapatos de goma y ropa deportiva”. Eso y nada más para convertirse, cómo él mismo dice, en uno de “los locos que corren”.
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Más de 60 minutos después de lanzarse al asfalto, no ha parado. El sudor le baja desde la frente, se le acumula por instantes en los parpados, cae en gotas efímeras desde la nariz, ensopa la franela que se le adhiere a la piel y chorrea por sus muslos y pantorrillas.
En breve culmina esa sesión, y su óptica del mundo es otra: llega esa satisfacción que predijo, aún en la cama, a las 4:55 de la mañana. “Hoy todo me parece más bonito”. Billo resuena en su cabeza. “Yo soy de esos a los que no les produce tanto sufrimiento el hecho de estar solos. Correr cada día completamente solo durante una hora o dos sin hablar con nadie, o pasar cuatro o cinco horas escribiendo a solas y en silencio frente a una mesa, no me resulta especialmente duro ni aburrido”. También lo hace Murakami.
¿Ha cambiado el mundo en ese preciso momento? Con rotundidad, no. Pero con él, cientos, cuidado si no miles, han ganado un terreno. Si cientos o miles, además de ellos, se suman (que lo harán), la conquista redundará en un beneficio colectivo: la redención del agraviado sustantivo civilidad. La ciudadanía, quién disiente, también se conquista corriendo.
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