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Un enojo en la empresa en la que trabajaba en Ciudad Bolívar, hizo que William Chung se trasladara hasta Canaima para desempeñarse como guía turístico.
Natalie García Foto William Urdaneta
Nació en Guyana y se crió en Ciudad Bolívar, específicamente en Casanova. Allí, junto con sus padres, hizo vida social a través de la iglesia, aprendió inglés y se formó en el turismo. Trabajando para la emisora Mundial Bolívar AM como publicista, tuvo un disgusto tan grande que lo motivó a probar suerte en otro destino.
El lugar escogido fue Canaima, en el sector occidental del Parque Nacional del mismo nombre. Corría el año 1989, y Chung no tuvo reparo en irse. En la selva exótica estaba su hermano, quien lo invitó a trabajar en turismo aprovechando que William dominaba el inglés.
Fue así como inició la historia de este personaje, considerado en la actualidad como uno de los mejores relacionistas públicos de la zona. Cuenta el mismo Chung que al principio no fue fácil, especialmente porque la localidad carecía de las comodidades de la ciudad.
Pero el tiempo y el amor lograron superar esas barreras. “Venir a Canaima es sabroso, pero cuando tienes que vivir es otro tema. A mí me tocó la época donde no habían las turbinas (la micro central eléctrica), la luz era por generadores, casi no habían pobladores, era diferente”, recuerda.
Pese a esas dificultades, Chung se adaptó tanto que tiene más de dos décadas viviendo en la comunidad. Además, está casado con una indígena pemón con la que tiene dos hijos: el mayor es piloto y el menor estudia tercer año de secundaria y es parte de la Orquesta Sinfónica local.
Para este guía, las mezclas de culturas no son ajenas, y sus raíces así lo demuestran. Su abuela paterna es india arahuaca de Guyana, y su abuelo es chino. Por la parte materna, tiene la liga de portugués con raza negra, por lo tanto se puede decir que la mixtura cultural está en sus genes.
Además de ser relacionista público y consumado anfitrión, William Chung es uno de los organizadores de la celebración del aniversario del parque nacional. No en balde fue nombrado presidente del comité cincuentenario de Canaima, cargo con el que busca motivar a la conservación natural y cultural de ese destino.
ESO QUE LE DUELE
Le preocupan muchos temas, entre ellos la degradación de los espacios por el turismo, la pérdida del ámbito ancestral pemón, la ausencia de un atractivo cultural que refuerce la belleza de Canaima y la expansión descontrolada del poblado.
Pese a los desafíos que enfrenta la localidad en el siglo XXI, el presidente del comité mira al pasado buscando las respuestas ancestrales que permitan reencauzar el presente para alcanzar un futuro mejor y acorde con las limitaciones que un sitio tan especial impone.
- ¿Por qué le pegó al principio la vida en Canaima? - Nosotros nos acostumbramos tanto a la ciudad, al movimiento, que nos hace falta eso. La ciudad es como andar a ciento kilómetros por hora. Aquí andas a quince kilómetros, y ese frenazo es el que te deja mal. El que pega.
- ¿Cómo fueron sus inicios y qué lo motivó a quedarse? - Comencé trabajando como guía. Conocí a la que es mi esposa y así inició el romance. Esa fue una razón más para quedarme. Canaima tiene una magia muy especial que atrae cuando te gustan ese tipo de cosas, la paz, la tranquilidad. Claro, que yo no comencé con mi esposa inmediatamente: yo venía, me iba, pero luego me dieron trabajo de guía y me asenté. Trabajé en los escritorios atendiendo a los pasajeros, fui representante de ventas, gerente de operaciones, y hace como ocho años comencé a trabajar en relaciones públicas, que es lo que hago y las pocas veces que salgo a excursiones ahora es con esa finalidad.
Por ejemplo, cuando el grupo L’Oreal vino a inspección para un evento que hicieron aquí, yo fui que me encargué de la atención y la excursión al salto Sapo, y como no hablo casi (risas).
A veces los turistas me preguntan cómo es vivir aquí y yo les digo (que) me encanta el sitio, recibo a las personas, como lo mismo que ellas, hago los paseos y por eso me pagan. Soy feliz, eso es vivir aquí.
- ¿Cómo era la vida antes, en Canaima, en cuanto a turismo? - Era la época dorada del turismo. El único campamento que ofrecía alojamiento en cama era Hoturvensa, esos veinte y pico de años que han pasado ya se han levantado todos los campamentos, y Canaima es lo que es ahora. Claro, había antes mucho movimiento, también vivimos la época cuando el clima era normal, es decir, teníamos cuatro o cinco meses de verano y se hacían las excursiones de junio hasta mediados de octubre y se limitaba el resto del tiempo. Creo que esa era una de las razones por las que el sendero al Salto Ángel se mantenía, y es el problema de ahora con lo que llaman la capacidad de carga, porque ahora mientras llueve hay excursiones y hay más viajes y más degradación.
Ojalá estos 50 años del parque nacional nos permita dar un enfoque más de la conservación de los caminos. El proyecto que tenemos ya no será de lo que quede de aquí al aniversario, pero queremos la recuperación de los espacios, la implantación de jardines comunitarios y construir un museo etnológico.
- ¿Cuáles son sus planes de futuro? - Me gusta vivir aquí, tengo a mi familia y cuando no pueda hacer excursiones estaré en la casa. Tengo pensado que hasta que Dios me dé vida me quedaré aquí.
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