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Director: David Natera Febres Ciudad Guayana, Jueves 23 de Mayo de 2013
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Domingo, 25 de Marzo de 2012

Por 24 años ininterrumpidos, Fanny Zapata ha deleitado a los guayacitanos con la venta de zumo de naranja. Natural de Colombia, esta guayanesa adoptada cuenta el secreto de su trabajo duro y diario.

Natalie García

Tiene casi 30 años en Venezuela. Vino al país de vacaciones a conocer de estas tierras y sin pensarlo mucho se quedó a vivir en Guayana. Primero trabajó vendiendo papelón con limón frente al Hospital Dr. Raúl Leoni de Guaiparo, en San Félix.

Después estuvo un tiempo vendiendo empanadas en la esquina del centro comercial Venezuela, posteriormente comenzó con las naranjas, pero en la avenida principal de Castillito, frente al antiguo Banco Unión hasta que se asentó en la carrera Upata de Puerto Ordaz, ofreciendo jugo de naranja natural, solo, con hielo o con zanahoria.

Es así como Fanny Zapata se ha ganado un lugar entre las personas trabajadoras de esta ciudad. Con 24 años ininterrumpidos en el negocio es reconocida por todos los que alguna vez han calmado su sed en su puesto.

El secreto para mantenerse tanto tiempo, conseguir naranjas dulces -que vienen de Aragua de Maturín-, servir el jugo con mucho cariño, atender bien al cliente es encomendarse a Dios cuando sale de su casa para que nada le pase a ella y al resto de vendedores de la calle, por los que también pide al cielo.

Zapata ha logrado hacerse un camino, que si bien no está lleno de abundancia sí le ha permitido mantenerse y sostener a su familia en Valparaíso, en el departamento Antioquia, en la hermana Colombia.

Es allá donde están sus tres hijos y su madre, a quien mantiene un tiempo allá y otro tiempo en Venezuela. “Fanny” como le dicen muchos por cariño sólo tiene en Puerto Ordaz a dos hermanos, está “solita” y se levanta todos los días antes de las 4:00 de la mañana para estar a las 5:30 en el centro de Puerto Ordaz ofreciendo zumo.

Constancia
Su rutina siempre es la misma, pero antes había más negocio. Recuerda que en años anteriores vendía hasta 11 sacos diarios de naranjas, ahora apenas tres o cuatro. “La cosa ha bajado, como todo, pero vivo de esto y seguiré trabajando. Gracias a Dios siempre me ha ido muy bien, pero ahora todo depende de cómo esté el bolsillo de la gente”.

Confiesa que si bien ama esta ciudad estaría dispuesta algún día, que por su tono parece remoto, a regresar a su natal Colombia. Y es que a Zapata no le ha tocado fácil y ella misma lo dice “aquí se guerrea mucho, he pasado muchas cosas, se trabaja fuerte”.

A raíz de la inseguridad que hay en la calle esta vendedora siempre se hace acompañar de un ayudante. Usualmente hay un indígena que está con ella en el puesto, otras ocasiones como ayer, está un sobrino que corta las naranjas, sirve el hielo y lleva el jugo a los clientes.

“Siempre tengo a alguien. Mi ayudante -este sábado- estaba borracho así que lo devolví y me traje a mi sobrinito. Nunca me gusta estar sola porque la calle es peligrosa, y se pasan muchas cosas, por eso siempre hay quien me acompañe”.

Zapata es muy religiosa y antes de salir de casa pide a Dios por ella y por quienes salen de madrugada a vender. “Gracias a Dios nunca, nunca me ha pasado nada, yo me encomiendo siempre por mí y por todos. Le tengo mucho miedo a la inseguridad, por eso pido, pido mucho a Dios”.

Sonriéndole a la vida          

Como todo el que atiende al público Zapata ha tenido sus encontronazos con los compradores. Una vez -recuerda ella- un señor le preguntó de dónde sacaba las naranjas. Ese día ella no andaba de buenas y le respondió “de Afganistán”. Aquel cliente “le mentó la madre” y salió diciendo groserías, mientras ella se reía a carcajada limpia de lo que acababa de pasarle. Con la misma picardía se acuerda que cuando eso ocurrió había comenzado la guerra contra los talibanes en Afganistán.

Las huellas del esfuerzo de esta luchadora informal se notan en su rostro quemado por el sol. En la mañana el astro rey le calienta la espalda y en la tarde golpea de frente el carrito con el que vende los jugos. Por mucho protector solar que use su cara no puede esconder el trabajo que pasa a diario para vivir.

Esas marcas insoslayables no merman en su sentido del humor y su cariño. Alegre, y ágil para atender al cliente, procura que quien pida un jugo no demore en tenerlo en sus manos.

 






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