Viernes, 18 Marzo 2016 00:00

‘Aquí ocurrió una monstruosidad y no es la primera vez que pasa’

 
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Las familias esperan que el caso no solo quede con el hallazgo de los cadáveres, sino que capturen al autor material Las familias esperan que el caso no solo quede con el hallazgo de los cadáveres, sino que capturen al autor material Foto William Urdaneta

15 de los 17 cuerpos fueron entregados el miércoles, mientras que dos se mantienen a la espera de ser identificados. 12 de los fallecidos fueron enterrados en Tumeremo, dos en Ciudad Guayana y uno en Carúpano.

     
 

Dos flores
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“Mi mamá lo que me pedía era que al menos le llevara el cuerpo de él. Esa señora no dormía de la angustia”, cuenta un hermano de José Gregorio Nieves Aguinagalde, un mototaxista ultimado junto con los mineros.

José Gregorio tenía 25 años, él fue el segundo en ser enterrado el miércoles en el cementerio municipal de Sifontes. Su esposa llevaba en sus manos la foto de él y dos flores. Entre lágrimas pidió recibir justicia por la muerte del hombre.

 
     

El sábado 4 de marzo en la noche uno de sus hijos lo llamó para avisarle lo que sucedía: José Gregorio Nieves, otro de sus hijos, tenía más de 10 horas desaparecido.

Cuando lo llamaron estaba en Maracaibo por ello desconocía todo lo que pasaba en el municipio Sifontes; el domingo llegó al estado Bolívar.

José Gregorio no era minero. Según sus familiares era mototaxista desde enero y hacía carreras a la mina Atenas: el costo oscila entre 10 y 15 mil bolívares. El joven de 25 años era nacido en Tumeremo y vivía junto a su pareja.

“Mi hijo es uno de los caídos en esta monstruosa masacre que tiene como quien dice muchas manos este monstruo y manos poderosas. Yo espero de los próximos días que empiecen a investigar más a fondo y recuperar esos otros cadáveres que están en otras fosas. Porque no son solo esos que se encontraron”, fueron las primeras palabras del papá de José Gregorio al enterrarlo.

“Era un muchacho que no se metía con nadie. A mí me dio toda la alegría, toda la confianza y no me causó ningún dolor de cabeza”, describió a su hijo.

- ¿Cree usted que lo sucedido cambia la perspectiva de cómo vivían en Tumeremo y en su gente? 

- Esto no es ningún cambio, esto es una cuestión de apoderamiento de las minas y desde hace varios años. Se deben tomar medidas como legalizar las minas, porque casi todas han sido ilegales toda la vida.

Según lo relatado por el papá de José Gregorio, hay un testigo clave “que está custodiado ahorita y el miércoles, en presencia del defensor del Pueblo, Tarek William Saab, y delante de mí, este señor relató que lo pusieron a cargar muertos y él solamente llevó 25, pero indica que había más personas cargando en el camión. Estas no son todas las víctimas”.

- ¿Considera que el caso ya está cerrado? 

- No, ese caso aún no está cerrado. Ahora es que deben venir más averiguaciones e investigaciones. Al menos a las personas ya no les está dando miedo declarar y denunciar. Esto fue una monstruosa masacre y hay que investigar las que han hecho anteriormente, porque esta no es la primera.

El papá de José Gregorio agrega que delante de él una mujer denunció que el Topo había matado a su hijo hacía dos años y que ella sabía dónde estaba el cuerpo de su familiar. “Esto le dio más fuerza a las personas para denunciar, porque esto se pasó de los límites, tanto como de el Topo como los que están con él. Ahí hay muchas manos metidas, casi todas ellas ensangrentadas y eso tiene un límite”.

“Nosotros les dijimos a los funcionarios el miércoles en el Fuerte Tarabay que por qué no van a la mina Hoja de Lata a buscar más fosas, porque ahí hay más de 2 mil muertos sembrados en esa zona”, recriminó.

El infierno 

     
 

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Sin ver los cuerpos

Los dolientes aseguran que solo vieron a sus familiares del cuello hacia abajo, ya que todos tenían la cara tapada. El miércoles cuando fueron nuevamente al Fuerte Tarabay ya los cadáveres estaban dentro de las urnas selladas, “solo nos queda confiar en las pruebas de que realmente se trate de ellos”, sostienen los parientes de los mineros.

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Las familias de estos mineros quedaron marcadas por la desgracia. Antes de que el Ministerio Público (y la Gobernación) lo reconociera, las familias estaban claras de la masacre. A pesar de ello, los parientes dan gracias a Dios, porque aparecieron los cuerpos.

Cristóbal José Heredia Caña, uno de los masacrados, iba a cumplir 25 años en mayo. Bajo una mata de mango, a la espera de que le dieran el cuerpo de su hijo, su mamá comentó que él fue asesinado cuando iba entrando en la mina Atenas, en el sector Los Peregrinos.

“Todo el dinero que él hacía era para ayudarme a mí. Iba en su moto, la cual no apareció”, agrega su madre. El joven era el menor de siete hermanos y sus hermanas lo describen como un muchacho tímido, que le daba pena quedarse en casa ajena a dormir, y sin importar la hora se iba a la de él.

Relatan que ese día Cristóbal salió en la mañana. A más tardar, a las 2:00 o 3:00 de la tarde estaba de regreso. Ese viernes fue distinto. Eran las 6:00 de la tarde y no sabían el paradero del joven minero.

Ya en el pueblo estaba el rumor de la bulla que hubo en la mina donde laboraba desde hacía unos cinco meses. “Yo le dije a una de sus hermanas: ‘llamen al niño para saber dónde está’. El teléfono sonaba como que estaba fuera de cobertura. Desde el sábado empezamos apoyar al resto de las familias en busca de justicia”.

Como un infierno definen la angustia de no saber dónde estaban los cuerpos.

“Este pueblo le pregunta al gobernador ¿por qué no nos da la cara?”, es una de las preguntas que se hacen los habitantes del municipio Sifontes y en especial las 32 familias que representan a las 17 víctimas, en las que hay mineros, cocineras, dueños de molinos y mototaxistas. “Deje de hablan embustes. Venga a darle la cara al pueblo”.

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