Domingo, 30 Noviembre 2014 00:00

“Confío en la justicia divina, porque no tengo real para pagar abogados”

 
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“Confío en la justicia divina, porque no tengo real para pagar abogados” Fotos Marcos Valverde

Lo que Rosa Alfonzo tenía previsto de manera impertérrita era morir al lado de Leoncito Castro, su pareja durante más de 30 años, el mismo que crio a sus hijos como si fueran de él.

En cierta medida, así ocurrió, aunque de forma alegórica: el 14 de agosto, a Leoncito le dispararon delante de ella, y el 1 de octubre, murió. A partir de allí, para Rosa todo ha sido muerte: en la vida, ésta a la que no se acostumbra, no hay más que un sinsabor. Tanto por Leoncito como por la ausencia de justicia.

No queda más que imaginar el susto, la angustia, el miedo. Porque no esperaba que eso le ocurriera a Leoncito, con quien tenía un plan así como novelesco: morir de viejos, uno al lado del otro, tomados de las manos.

Pero el romanticismo sucumbió y hubo susto, angustia y miedo durante ese mediodía del 14 de agosto, en frente del módulo de Vista al Sol. Cómo pasó, se pregunta. Y por qué, se pregunta mil veces. Porque nada de eso debía ocurrir, todo debía ser como todos los días: rutinario, para volver juntos a la casa, en San José de Cacahual, y seguir la vida de sexagenarios enamorados hasta que la muerte los separara.

Resultó que todo lo redujo ese hombre, el que se bajó de la camioneta amarilla, apuntó a Leoncito y le dijo que entregara las llaves. Pero Leoncito, de 69 años, no se inmutó y peleó. Y como ella entró en pánico y comenzó a gritar, el hombre la atajó por el cuello y la apuntó. Y Leoncito, cómo no, respondió, y en ese instante, ocurrió: el balazo. Y así comenzó la agonía de Leoncito Castro, un dominicano de nacimiento que compartió sus últimos 30 años de vida con Rosa Alfonzo, y que el 1 de octubre, luego de mes y medio de batallar en una cama, murió por no inmutarse ante un atracador. Y dejó a Rosa viuda, tal y como se asume, aunque nunca se casaron.

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“Nunca pensé que iban a trastocarle la vida. No me he recuperado”

Romance tardío y franco
Rosa Alfonzo tiene cuatro hijos, todos de su primer matrimonio. A todos los tomó como propios Leoncito, quien conoció a Rosa en Caracas cuando ésta ya se había divorciado.

“Él llegó cuando (el primer gobierno de) Carlos Andrés (Pérez). Lo conocí como en el (año) 80 y nos enamoramos. Él no tenía otros hijos”, dice Rosa, sentada en el porche de su casa, en San José de Cacahual.

En 1996 decidieron emprender un proyecto que les permitiera vivir de manera más holgada: montar un abasto pero, eso sí, lejos de Caracas. Ciudad Guayana fue el lugar que escogieron.

“Yo hice el negocio de esta casita. Atrás, mi papá tenía su casita y escogimos este lugar porque mi mamá es fundadora de Cacahual y montamos la bodega”, explica.

De hecho, la entrevista se interrumpe más de una vez porque uno de sus hijos, Marco José Bello, pregunta algo a cada rato: que si el precio de la cinta con bordes dorados, que si por la media caja de cigarrillos, que si no tienes cartulina. Y ella, a veces, y solo a veces, pierde la paciencia: “¡Ay, Marco, pero ve a atendé: ponte tú las pilas!”.

¿Premonición?
Ahora que lo piensa con detenimiento, Rosa cree que hubo algo que les advirtió a ambos lo que estaba por suceder. ¿Premoniciones? Quién sabe, responde.

“Una semana antes me dijo: ay, vieja, me siento cansado, enfermo, no quiero trabajar, no sé qué me pasa. Y yo le había dicho: viejo, nosotros tenemos tanto tiempo juntos, y si me pasa algo a mí, no tenemos un papel para dejarte las cosas, y si te pasa algo a ti, no hay un papel para que me las dejes”, recuerda.

Dicho y hecho: ese 14 de agosto, Rosa y Leoncito se montaron en su camioneta Ford, modelo 1986, para ir al módulo de Vista al Sol. Ella tenía que someterse a unos exámenes médicos.

Lo que pasó después lo reconstruye en la misma medida que se lo permite el shock que sufrió: “El tipo le dijo que le entregara la camioneta y lo bajó. Tuvieron una discusión. Yo estoy dentro de la camioneta y le digo al vigilante bolivariano (se refiere a un integrante de la Milicia Bolivariana), pero lo que hizo fue cerrar la puerta. Después, el malandro me agarra por aquí y sacó una bicha bien pesada. Creo que era una 45. Le disparó a Leoncito y se llevó la camioneta”.

Las cifras de la violencia en Guayana

- 592 homicidios se cometieron en Ciudad Guayana en el 2013.

- 482 asesinatos se han registrado en Ciudad Guayana durante el 2014.

- 34 personas ultimadas en lo que va de noviembre de 2014.

- 49 fueron los asesinatos en noviembre de 2013.

Sin dilación, reconoce, a Leoncito lo trasladaron hasta el hospital de Guaiparo en una ambulancia que recuerda como del Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar 1-7-1. Marco, durante una pausa en la bodega, ahonda en los pormenores médicos.

“Yo hablé con él y le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien, que agarrara la cartera y sus cosas que estaban allí. Le dispararon por aquí (se toca el costado izquierdo) y le dañaron cinco órganos. La herida sanó por fuera pero por dentro no, porque él era diabético. Todo se complicó y le dio peritonitis”, detalla.

A partir de allí, todo fue declive en Leoncito. No hablaba: balbuceaba. Y lloraba. Rosa no hacía más que estar a su lado. Eso era lo que quería: lo daba a entender mediante señas. Hasta el 1 de octubre, fecha de su deceso.

La vida que no sigue
No deja de martirizarse: esto no era lo que estaba previsto, piensa Rosa, porque lo previsto era continuar con su “viejo”. Sin muchas pretensiones: simplemente, seguir con la bodega y vivir dignamente. Pero ahora su vida es sufrimiento y nada más.

“Pa' enterrarlo tenía unos ahorritos. Y lo enterré. Pero para lo demás tuve que sacar real de donde no tenía. Mi vida ha cambiado drásticamente. Ese era mi compañero y ahora me toca dormir sola. Nunca pensé que iban a trastocarle la vida. No me he recuperado”, manifiesta.

Lo que más la mortifica, como expresa, “es que económicamente, juntos hacíamos los realitos. Pero ahora, ¿qué puedo esperar yo? Le pido a Dios que haya más seguridad, más estabilidad, y sobre todo que le cambie la mente al asesino. De lo demás no espero nada: solo confío en la justicia divina, porque no tengo real para pagar abogados”.

La tarde fenece en San José de Cacahual. No así, la desesperanza de Rosa Alfonzo, la sexagenaria a la que una bala le arrebató a su compañía, el dominicano Leoncito Castro: su “viejo”.

Visto 7956 veces Modificado por última vez en Martes, 16 Diciembre 2014 18:08

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