Domingo, 09 Noviembre 2014 00:00

“No me toca a mí juzgar al asesino de mi hermano”

 
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“No me toca a mí juzgar al asesino de mi hermano” Fotos Marcos Valverde

Lo que comenzó a partir de entonces no fue la búsqueda de justicia, pues está convencida de que no habrá, sino lidiar con el dolor y, sobre todo, superar el rencor. Con eso prefiere vivir para promover la reconciliación en su barrio, Brisas del Sur, lo que considera el mejor tributo para el hermano que crió como a un hijo. Blasina Cordero integra la Fundación por la Dignidad Sagrada de la Persona, donde un grupo de familiares víctimas de la impunidad en el estado Bolívar planifican actividades que trascienden el dolor del ser perdido.

¿Por qué Ramón Arturo Cordero Cordero fue para ese velorio aquella tarde de julio de 2008? Él, que ni por error podía ver una urna, y menos a un cadáver, ese día decidió presentar sus respetos a los familiares de un sindicalista vecino que había sido asesinado.

A8Secuelas1ISu miedo, quizás por el resquicio de cierto presentimiento, estuvo bien infundado, pues cuando estaba allí, en pleno funeral en una casa del sector I de Brisas del Sur, ocurrió: un carro que pasó, una ráfaga de balas, varios heridos y un muerto: Ramón Arturo.

Horas antes, algo en su cara había intrigado a su hermana. Algo distinto, recuerda, principalmente “esa sonrisa con esos dientes muy blancos ofreciéndome una taza de café con leche. Yo le había encomendado una tarea de la casa, algo que se estaba dañando. Un color muy blanco tenía esa mañana en su rostro”.

Esa blancura que destaca Blasina Lourdes Cordero Cordero fue la que, unas horas después, vería cuando se asomó en la urna de su hermano, al que crió como hijo, el que le decía “negrita”, al que todos en Brisas del Sur llamaban “sonrisa”. Hasta esa noche de julio de 2008, cuando murió horas después de que le dispararon en un velorio, poco antes del suyo.

Instinto materno
Blasina Lourdes es la mayor de ocho hermanos. Todos nacieron en El Roble,  y como sus padres trabajaban, a ella le tocó, prácticamente, fungir como una segunda madre.

“Soy la mayor de ocho hermanos, y la mayor se encarga de los menores. Con ellos aprendí a cambiar un pañal, a dar un tetero. Nacimos en El Roble y luego nos vinimos para acá”, cuenta.

A Ramón Arturo, o simplemente Arturo, como lo llama, lo recuerda como un niño obediente y “temeroso de Dios”, aunque no tan practicante como lo es ella.

Un año antes del asesinato, la madre de todos ellos murió. Su padre, entonces, decidió pasar “aquella pena” en un pequeño campo familiar, ubicado en Las Josefinas. La casa familiar quedó en manos de Ramón Arturo.

“Mi hermano estaba soltero y vivía solo allí, porque los demás estábamos en nuestras casas. Él trabajaba con albañilería (…) fíjate que las familias tendemos a decir: no, que mi hermano era bueno, pero mejor que no lo diga yo, que lo digan los vecinos”, arguye.

Para dar más certezas a sus afirmaciones, pone como ejemplo las filas que pasaron delante del ataúd de Ramón Arturo, algo que ella “solo había visto con artistas, pero no con una persona común”.

Pero para que esa fila se formara, tuvo que haber una urna, y para que en esa urna estuviese el cadáver de su hermano, tuvo que haber muerto. Y murió porque una bala en la cabeza lo desangró internamente.

“Resulta que fue una balacera que hubo en el barrio en ese velorio. Yo no me imaginaba que mi hermano estaba allí, sino en la casa. Me dicen: a Arturo le dieron dos tiros en la cabeza. ¡Muchacho!, ¿pero cómo va a ser? Cuando salgo a la calle, a buscar un carro que me lleve, porque no sabía qué pensar ni qué hacer, viene mi hermana llorando y me dice: a Arturo le dieron un tiro”, narra.

A8Secuelas2I“Fue una balacera que hubo en el barrio en ese velorio. Yo no me imaginaba que mi hermano estaba allí, sino en la casa”

¿Y después?
La conjetura que teje Blasina es que las guerras entre sindicatos (no sabe cuáles, pero sí sabe otras cosas), durante aquellos días, tuvieron un punto de clímax.

Lo resume señalando que “hubo problemas con sindicalistas en el barrio San José y con este muchacho que estaban velando. Se lanzaron al suelo cuando dispararon, y justamente el tonto se quedó de pie. Todos se lanzaron y él fue el único muerto. Tres heridos y mi hermano, que murió”.

A8Secuelas3IA Ramón Arturo, vivo, lo llevaron al Hospital Dr. Raúl Leoni, de Guaiparo. Cuando Blasina llegó, vio que lo bajaban de una ambulancia. De la escena, recuerda la cara del herido empegostada con lágrimas, saliva y mocos. Pero nada de sangre.

“Nunca abrió los ojos (…) y a las 11:00 me dicen que había  muerto. Yo no tenía fuerza para muchas cosas. Los vecinos se hicieron cargo de todo. Pagaron, sacaron la urna”, comenta.

A raíz de todo, comenzó otra debacle familiar. No era para menos, cuando, en menos de un año, había enterrado a su madre y, ahora, a su hermano.

“Mi papá no se había repuesto de la muerte de mi mamá, y ese día yo no quise que le dijeran nada. Al día siguiente, a la seis de la mañana, mi hijo fue a buscarlo en el campo. Les dijo: ¿de dónde vienen ustedes? De beber ron en Upata, seguro. Y mi hijo, en el carro: abuelo, mira, quiero decirte esto… Al año mi papá sufrió un cáncer, yo digo que a raíz de eso, y murió. Y otro de mis hermanos murió hace un mes”, detalla.

Capacidad de perdón
La misma situación y su proximidad con la parroquia San Martín de Porres llevaron a Blasina a la Fundación por la Dignidad Sagrada de la Persona, cuyos integrantes comparten denominador común: algún familiar caído a manos de la violencia criminal en Ciudad Guayana. Allí, además, ha aprendido acerca de una palabra clave: perdón.

“Yo sé quién mató a mi hermano. Son hijos de nuestros mismos vecinos que han incurrido en eso. Sé que él no quiso matar a Arturo. Más bien, me cuentan que, luego de que lo mató, lo lamentaba y me mandaba a pedir disculpas. Yo lo perdoné. A su mamá ni le pregunto nada. No me toca a mí juzgarlo. El rencor no nos lleva a nada”, argumenta.

La impunidad en el caso de Ramón Arturo, tiene la certeza, prevalecerá. Quién sabe si para siempre. Pero está tranquila, asegura, porque no alberga rencores. Prefiere ocuparse de otros asuntos, como trabajar para que llegue el día en el que “no exista la fundación. Hace poco, un amigo que vive en España me preguntó cómo estaba la fundación, y yo le dije que, lamentablemente, estaba bien. Queremos que esté mal, que no exista, porque ese será el día en que no habrá más asesinatos en el país”. Así lo piensa. Así lo ha digerido. Y así le gustaría que fuese. Después de todo, nada tiene que perder.
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Las cifras de la violencia en Guayana

592 homicidios se cometieron en Ciudad Guayana en 2013.

454 asesinatos se han registrado en Ciudad Guayana en 2014.

10 personas ultimadas en lo que va de noviembre de 2014.

49 fueron los asesinatos en noviembre de 2013.

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