Miércoles, 21 Diciembre 2016 00:00

“El daño que le hicieron a Ciudad Bolívar es imperdonable”

 
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El silencio impera en los negocios saqueados El silencio impera en los negocios saqueados Fotos William Urdaneta

El sentimiento de los bolivarenses trasciende la frustración; frustración legítima del esfuerzo familiar por levantar y mantener negocios por generaciones. Al bolivarense (y a muchos venezolanos) les causa impotencia que incluso vecinos hayan destrozaron y robado, sacaron lo peor naturaleza hasta rayar en lo absurdo: “¿Ahora dónde vamos a comprar comida?”, preguntan comerciantes y habitantes de la otrora Angostura.

Los que nos saquearon son nuestros vecinos”
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En este momento, la noche del martes, Rosa García está “aquí, haciendo unos papeles”. “Hace” esos papeles por ímpetu. “Hace” esos papeles para levantarse. “Hace” esos papeles para comenzar el trámite burocrático por una ayuda para levantar su ferretería, Ferremax, uno de los 400 negocios que saquearon en Ciudad Bolívar durante el fin de semana.

Están frescos los recuerdos. Bullen tres días después. Del sábado, “como a las 10:00 de la mañana”. El miedo no venía desde entonces, sino desde la noche anterior, cuando comenzó el arrase en el barrio El Corito.

“Lo de nosotros fue el sábado, pero todo comenzó el viernes. Primero fue a varios comerciantes chinos y varios negocios y estuvimos custodiando. Esa noche nos quedamos nosotros en vigilia. La gente jugó al cansancio con la Guardia Nacional”, cuenta.

Ferremax estaba intacta. Hasta que en la mañana alguien, uno de los saqueadores, se percató de que el negocio estaba intacto. Luego otro. Y después otros: todos, como una manada de hienas alrededor de una gacela.

“Mi esposo custodiaba desde la platabanda, pero eso se salió de control. Fue un negocio atrás de otro y era demasiada gente. Era una turba como de 300 personas. Se acomodaban en la acera del frente: esperaban que abriera y toda la comunidad concurría a acabar con todo. Abrieron la reja, la halaron y la santamaría la abrieron con facilidad. La destaparon como lata de refresco. La misma policía sintió miedo ante ese poco de gente”.

El local quedó vacío. 18 años de esfuerzos se fueron por un desaguadero en minutos: en minutos. Unos 200 millones de bolívares que se levantaron a partir de “un estantico con el que comenzamos mi esposo y yo. Siento como si me hubiese muerto alguien. Hoy, ellos (los saqueadores) no tienen dónde comprar lo que necesitan. Nunca nos pusimos en esa posición de arriesgarnos. No se dan cuenta del esfuerzo. No hubo distinción, había gente adulta, niños, saqueando. Hoy, entre los detenidos vimos que había secretarios del tribunal. La miseria no va en el bolsillo, solo en la mente y en el corazón. El daño que le hicieron a Ciudad Bolívar es imperdonable. ¿Usted vio la película El día después de mañana? Bueno, así está la ciudad”.

“¿Ahora a dónde vamos a comprar comida?”
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Tiene cuatro horas en la cola y en el solazo. Son las 2:00 de la tarde del lunes 19 de diciembre. Douglas Tamaronis (un short, una franela amarilla desgastada, unas cholas, una gorra, bigotes incipientes, la mano apoyada en la cadera) sale un momento y mira la fila de la que es parte. Avanza más lentamente que otras que le ha tocado hacer. La recorre con la vista. Horizontalmente. Un paneo amplísimo.

Avanza lentamente. Mientras observa, reflexiona. Lo hace en frente de El Diamante, uno de los pocos locales de Ciudad Bolívar que no fueron saqueados (90 por ciento de los negocios de alimentos, según la Cámara de Comercio del estado Bolívar). Lo poco que ahora tienen los bolivarenses para comprar comida.

“Yo no participé en los saqueos. Los vi todos por el celular. Eso fue una torpeza de la gente, eso de salir a saquear. ¿Ahora dónde vamos a comprar comida? Pese a todo, los chinos eran los que nos daban el sustento del día”.

No está alejado de la puerta. Es uno de los que está más cerca. Pero se ralentiza. Nadie tiene efectivo, todo se paga por punto de venta y no funcionan de manera idónea. Añádale las ¿300?, ¿400?, ¿500? personas que ahora están acá. Solo en este momento. Más temprano hubo más. Más tarde habrá más. Y lo peor: la comida pronto se acabará.

“Nos saqueamos para que no nos saquearan”
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ComillasAMARILLASEl 27 de febrero (de 1989) Venezuela vivió un colapso ético, es una explosión que se traduce en un saqueo, pero no es un saqueo revolucionario, no hay una consigna, es un saqueo dramático, las personas asaltaron locales en medio de una delirante alegría, no hay tragedia, al iniciarse el proceso. A mí me quedó la imagen de un caraqueño alegre cargando media res en su hombro, pero no era un tipo famélico buscando el pan, era un ‘jodedor’ venezolano”. 
José Ignacio Cabrujas
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Frank Mendoza carga unas cajas de ron blanco. Allá, cerca, están unas de sangría. Pese a todo, respira. Uf: es un alivio. Lo que lo ocupa está en la calle Colón, cerca de la avenida Perimetral y más cerca de la avenida España. Allí vio los saqueos a ferreterías, a abastos de chinos, a bodegas.

El sábado regresaba de reponer gasolina para su carro. Un amigo, dueño de una bloquería, le gritó para pedirle ayuda: saqueaban su negocio. Y el de al lado. Y el de más allá. Mendoza dejó, entonces, de ayudar a su amigo. Tuvo que hacerlo: “Le dije: compadre, aquí no hay de otra. Cada quien tiene que resguardar su broma”.

“No hubo ni una patrulla. Después de resguardarnos en la zona, los barrios iban subiendo: Nazareth, Los Olivos… empezamos a sacar licor y a sacar licor y a sacar licor. Toda esa noche, porque había gente que llegaba con carruchas y todo”.

Como el asalto masivo continuaba, él y su familia decidieron armar la utilería completa. Así que destrozaron el local. Lo simularon. Tumbaron las neveras. Rompieron algunos vidrios. Abrieron boquetes en la pared. El simulacro perfecto. Porque les funcionó: “Fue poco a poco, con mucho cuidado”.

Su valoración de lo que ocurrió es que “la gente fue muy mala. Nunca habíamos tenido que hacer estas cosas. Lo que pasó fue algo vandálico y no se dio la ayuda del gobierno”.

“Sí es seguro que se acabe la comida”
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Supervisa la cola. Supervisa el inventario. Supervisa los anaqueles. Jaime Betancourt, precisamente, supervisor de piso de venta de El Diamante, aunque esté aliviado, no está satisfecho: el hecho de que el supermercado sea de los pocos para una ciudad de 600 mil personas es la vivificación del estrés.

“A nosotros nos llegaron rumores en toda la ciudad, pero aquí se mantuvo la calma. Eso es por todas partes un despelote. Con todo y todo, gracias a eso no pasó de allí. Los guardias se apostaron e hicieron su trabajo. Por lo menos de parte del personal se trabajó”.

Traga grueso. Suda. Teme. Si se acaba la comida, los muchos que se quedaron sin comprar seguramente se van a amotinar. Pero está allí, en frente de la puerta de El Diamante. Bajo el sol y entre el calor.

relato2Comer solo se logra después de horas de cola

“Había gente de dinero que saqueaba”
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Ángel Ávila supervisa ahora a los que trabajan en el negocio de su amigo: la carnicería El tesoro del llano. Este negocio, al lado del Súper Baratón, fue de los más afectados. No solo fueron los 28 cochinos y las ocho reses que se llevaron. O las botellas de ron. También fue el destrozo. La saña. Todo lo que vio parado en la redoma del Hospital Psiquiátrico.

“Nosotros estábamos en la plaza por la muchedumbre que estaba allí. La Policía llegaba, los arremetía, echaban bombas. Vimos una persona cargando media res. Vimos los vehículos Toyota de gente que tenía dinero y estaban saqueando: gente con capacidad de dinero, saqueando”.

En 2002, él vio el saqueo de una joyería de sus padres, en el barrio Catia, de Caracas. 14 años después, fue testigo del espectáculo carroñero. De lo que, durante un fin de semana navideño, fue Ciudad Bolívar.

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Desaforado coleccionista de discos y melómano empedernido encapsulado durante las 24 horas del día en su pasión, sale cada domingo de la burbuja para compartir opiniones sobre novedades y clásicos en Ecléctico.

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