Jueves, 12 Febrero 2015 00:00

12F 2015: una marcha de lecciones aprendidas (y otras que no tanto)

 
Las consignas siguen depurándose en la evolución del conflicto Las consignas siguen depurándose en la evolución del conflicto Foto William Urdaneta

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Hace un año había escasez, pero no tanta. Hace un año la inflación golpeaba los bolsillos, pero no tanto. La devaluación carcomía los salarios de todas las familias en todos los estratos, pero no tanto; y la inseguridad, esa que tantas hieles ha sembrado entre los guayacitanos, seguía tiñendo los hogares de sangre y luto… pero no tanto.

Hace un año el descontento de un país gritó al unísono en la voz de la irreverencia, la probidad y la iracundia de un movimiento estudiantil que lleva sobre sus hombros la herencia de los cambios políticos y sociales de Venezuela. Amén de su abolengo como líderes en La Victoria, protagonistas del ‘28 y copartícipes de la era que iniciaba en 1958, los estudiantes fueron, en 2014, los heraldos de una realidad nacional que bulló por sí sola sin importarles nada. Fue, sin más, el catalizador de un millar de frustraciones que apenas convergían en ese maremágnum llamado “La Salida”.

Pero este 2015 fue distinto. O mejor dicho: algo distinto. Los estudiantes volvieron a ser portavoces y dolientes del país; pero a pesar de que la crisis es mayor en 2015, a pesar de los embates de una economía en el lastre y una institucionalidad prostituida ante la corrupción, la iracundia y la irreverencia no fue la de 12 meses antes. Ya no hubo gritos desesperados ni el clamor por la cabeza del gobierno. Ya no hubo enfrentamiento ni grupos armados que justificaran fechorías en nombre de otro ideal político. El éxito de esta jornada de manifestaciones pacíficas demostró la madurez de una lucha política y un actor con conciencia sobre sus aciertos. Con lecciones aprendidas, pero con otras tantas que aún deben esperar por la vuelta de hoja.

Derecho a la protesta
Lo primero que destaca de la jornada de este 12F 2015 es la plena conciencia de los estudiantes sobre su derecho a la manifestación pacífica. Su participación sin complejos de una marcha con objetivos claros, sin improvisaciones y conductas temerarias, demuestran la claridad en el ejercicio de este derecho, muy a pesar de “permisos” y resoluciones que tratan de socavarlo.

Las causas de la protesta, si bien las mismas del año pasado, cobran ahora un cariz distinto por su recrudecimiento. La identificación de este caldo de descontento es otro de los puntos en los que el movimiento estudiantil tiene nota aprobatoria.

Pero, si semejante iracundia en 2014 fue alimentada por un descontento menor al de ahora, ¿por qué la respuesta no es más visceral esta vez? ¿por qué no más reacción ante una crisis mayor? Todo parece indicar que esa visceralidad, esa efervescencia, ese magma que supone la fase catártica de la protesta ya pasó. Que ya Venezuela drenó el mayor de sus malestares, y que si bien los problemas persisten, la profilaxis interna que hizo la sociedad le permite ahora actuar con más razón y menos vísceras para canalizar ese descontento en función de metas claras.

Aprendizaje a la fuerza
Toda gesta política debe tener un objetivo definido. O como diría el maestro Manuel García-Pelayo, “conciencia de finalidad”. A diferencia del año pasado, cuando las manifestaciones eran fuerza sin rumbo, en esa oportunidad se distingue un discurso mucho más homogéneo. Más reposado en el lecho de la razón que en el aventurerismo.

Las peticiones de “salidas” inmediatas del poder cedieron el espacio a voces que ante todo buscan soluciones. Ya el problema no parece radicar en quien gobierne, sino en cómo gobierne. El discurso del pragmatismo, de solventar la crisis país a toda costa, parece ganarle al de los colores políticos -cada vez más ausentes en este tipo de actos, por cierto-, aunque esto, a su vez, presente discrepancias a la postre.

¿Cómo solventar los problemas del país? Las voces se desgranan entre quienes piden el cambio de gobierno, los que piden rectificaciones en el mismo, o los que apuestan por voces salomónicas de medirse en una nueva y adelantada elección presidencial. La finalidad está clara; no así, los métodos.

Las lecciones aprendidas parecen incluir los instrumentos de lucha. Si bien la “guarimba” se erigió como el estándar de la presión política de otrora, esta vez se ve como pecado. La secuela de 43 muertes -la mayoría impunes hasta ahora-, el millar de detenciones arbitrarias, y los centenares de tratos crueles, torturas y casos abiertos por protestar dejaron un aprendizaje muy amargo: si mides tus fuerzas con la del Estado, muy probablemente salgas perdiendo.

Miedo
Quizás esto fue lo que produjo la desmovilización de los disidentes. La marcha del movimiento estudiantil, si bien tuvo convocatoria, jamás se igualó a la de un año antes, al menos en Guayana.

El duro aprendizaje de la represión, el temor a la resolución 8610 del Ministerio de Defensa, a los cuerpos de seguridad del Estado, a los grupos parapoliciales, y el recelo por la posible conducta de los marchantes, pudieron articularse como un monopolio del miedo acuciante de la desmovilización social. Otra lección aprendida.

La organización y planificación del evento, y la conciencia del objetivo a alcanzar con la misma, demostró la madurez del movimiento que prescindió del improviso. Su lista de tareas parece cumplir con los requisitos pero, mientras no haya una agenda definida, y mientras la movilización dependa de los avatares del tiempo, la lucha estará lejos de concretarse.

Al final el movimiento estudiantil demostró evolución en su conducta, sus lineamientos, en la noción de sus derechos, en la finalidad de su gesta y en la depuración de su mensaje. Aún queda definir su estrategia para lograr el cambio político, pulir el mensaje y afianzar una plataforma de lucha a corto, mediano y largo plazo para alcanzar metas concretas. De ello dependerá su éxito, pero será la historia quien se encargará de evaluarlos. Este es el examen de sus vidas.

Modificado por última vez en Jueves, 12 Febrero 2015 23:05