Opinión

El quehacer en política tiene sus momentos útiles, sus oportunidades, sus instantes de pertinencia que no se repiten y contrastan con la impertinencia, la imprudencia, la inoportunidad, la importunidad de quienes no calzan como líderes, y acaso sirven como candidatos sempiternos. El tiempo dilapidado, que es el tiempo de la ciudad, no del político, en efecto, deja a la vera buenas intenciones y “cadáveres insepultos”.
La tiranía cubana no hace concesiones en sus dominios y lo ha demostrado. El locatario miraflorino es su capataz, encargado de cuidar los intereses del castrismo en esta ribera del Arauca vibrador.
Mucho se ha dicho que en nuestra ciudad no es posible que prenda la poesía por ser esta un territorio de empresas, comercio y hormigón, pero ello no es argumento ni excusa.
La destrucción es mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya hay momentos en los que dudamos de que Venezuela tenga salvación. Somos una tierra en la que toda maldad tiene su asiento.
Me encantaría ser narradora deportiva de una Venezuela convertida en un campo de fútbol.
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