Opinión

La cúpula militar, ni en el peor momento de esta pesadilla, ha sabido lo que es el hambre, pero los que están más abajo en la cadena de mando si sufren en carne propia lo que significa no poder darle de comer a su familia.
El despecho puede parecer anacrónico en estos días, y lo digo porque últimamente no he escuchado a nadie quejándose de mal-de-amores. Pareciera que el pragmatismo ha devenido en pastilla para prevenir el sufrimiento, y el amor idílico y eterno ha pasado a ser una exageración.
La urgencia de la ayuda humanitaria que reclaman y su acopio es el punto de unión entre las víctimas alrededor de Guaidó y es ese el único foco capaz de sostener la concertación internacional, alejando los territorios propicios para la cobardía o la neutralidad.
En cuestiones de Estado y de administración del poder es difícil hablar de moralidad y ética. Hay que tener en cuenta que para que los trámites de la vida pública funcionen no hay que hablar de honestidad de la boca para afuera.
El mundo nos observa con asombro y, en esta parte del planeta se añade la preocupación por las dificultades derivadas de la multitudinaria presencia de venezolanos en sus territorios. Sin embargo, al narcorégimen pareciera importarle poco o nada.
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