Opinión

A nadie le extraña en Venezuela que la Universidad de Guayana (UNEG), que en sus inicios de los años 80 y 90 se propuso educar para la libertad y la excelencia, ahora esté cerrada por “falta de presupuesto”.
Cuando veo lo que han tenido que soportar estos parlamentarios siento un gran respeto por ellos. Me enorgullece ser venezolana y recobro la esperanza que zigzaguea en mi emocionalidad golpeada y adolorida.
Este mes se cumplen 30 años de haberse promulgado la Convención Internacional de Derechos del Niño (CDN). Una buena oportunidad para detenernos y ver cómo estamos en relación a esos compromisos que el Estado venezolano contrajo cuando se adhirió al tratado.
El muro de Berlín, esa mole de 3,6 metros de altura hecha de hormigón armado y que se extendía como una profunda herida de 155 kilómetros a lo largo de la ciudad, cobró la vida de más de 270 personas en los 28 años de su vergonzosa existencia, llegándose a convertir en el símbolo de lo que más nunca debe volver a repetirse.
Y se tardará menos o más en llegar a ese final de la catástrofe para comenzar, de nuevo, a subir la cuesta, en la medida que sepamos que los derechos se conquistan, se mantienen y se despliegan, con una perseverancia a toda prueba.
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