Opinión
Rafael Marrón González

Rafael Marrón González

Coteja los errores de la historia nacional con lo que considera los descalabros de hoy en día en Venezolanidad.

El Día de la Mujer es una risueña farsa que en nada incide sobre la realidad de millones de mujeres que en el planeta sufren la discriminación y la “violencia de género”.

El entrañable poeta argentino Alma Fuerte le dedicó, parece que así fuera, a la sociedad democrática venezolana el poema que forma el título de este escrito.

La magia del fanatismo político que prohíjan líderes de inspiración antidemocrática, y la ignorancia de la cual se alimenta, es capaz de obnubilar el pensamiento hasta creer en un desarrollo sin trabajo, en un que nunca llega, y de seguir creyendo aunque la realidad los mate de hambre en la involución de un sistema creado solo para ensalzar nuevos mesías.

El afán por la silla de Miraflores han llevado a la oposición a perder visión y asertividad en el fin último de la lucha por la defensa de la democracia.

El rescate de la democracia en Venezuela incluye una condición sine qua non: la participación protagónica del ciudadano y una nueva constitución, resalta Marrón.

Rafael Marrón critica “el dilema”: ser etiquetados como violentos o ser partidario del diálogo, “otra farsa como tantas otras veces en las cuales la oposición y el empresariado han sido sentados a dialogar, tanto con Chávez como con Maduro”.

El autor recuerda los 200 años de la llegada del general Piar a San Antonio de Upata, con lo que se inicia la Campaña de Guayana, clave en la gesta independentista.

La hecatombe nacional ha hecho que más de un millón de venezolanos hayan mirado su futuro fuera de esta tierra, en un acto que, si bien por una parte es un acto libre de esperanza, por otro se ha convertido en un esnobismo que maldice a la tierra propia, se deslastra de ella para vivir de mengua en países donde el gentilicio venezolano se ha venido a menos.

Cincuenta y nueve 23 de eneros después, Rafael Marrón González reivindica aquella gesta de la Junta Patriótica, reforzada por la fuerza militar y la Iglesia como punto de quiebre entre aquellos dolores de parto de la democracia y el final alumbramiento de una era de 40 años, marcada por el protagonismo ciudadano que solo es posible en democracia.

 |  Miércoles, 18 Enero 2017 00:00

Los líderes de esta podredumbre prepolítica corrupta han logrado, por la codicia del incondicional, lanzar al pueblo contra el pueblo.



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