Lo están haciendo por esos periodistas que han muerto asesinados, por los que están presos y secuestrados, pero por sobre todas las cosas, las campanas están doblando por la democracia, por la libertad de expresión, sin la que, como es sabido, aquella no existe.

Un año mortal para los periodistas. Según el Comité de Protección de Periodistas (CPJ) en este año, hasta el día 14 de diciembre, en el mundo por lo menos “53 periodistas murieron en el ejercicio de la profesión y 34 de ellos fueron blanco selectivo de asesinato en represalia por su trabajo”. El CPJ dice que se trata de la mayor cifra de muertos de los últimos tres años. Reporteros Sin Fronteras (RSF) en su informe anual difundido hace unas horas en Paris consigna que 63 periodistas fueron asesinados en el mundo, un 8% más que en el 2017. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en las conclusiones de su reciente Asamblea de Salta, destaca que hasta octubre del presente año habían sido asesinados en el continente 26 periodistas, que es la cifra más alta desde hace 8 años. En solo seis meses -de abril a octubre- mataron a 20 periodistas dijo la SIP.

A estos números, que asustan, hay que añadir los de periodistas secuestrados, presos y los de atentados contra medios y la represión y persecución oficial de todo tipo contra la prensa, lo que suma centenas y asusta más.

La revista Time eligió a periodistas como “personas del año” y les llamó “guardianes de la libertad”. Justo homenaje y reconocimiento. Ello no resucita a los muertos ni borra las marcas, pero sí es harto importante para señalar el gran peligro: este mayor empuje contra el derecho de los ciudadanos a estar informados, a saber lo que hacen los gobernantes, a ejercer su legítimo derecho a la libre expresión.

Yo qué sé. Donald Trump dice y repite que la prensa y los periodistas son los mayores enemigos del pueblo, por lo que uno debería suponer que se puso contento con las cifras divulgadas. Lo mismo debe pasarle a Nicolás Maduro, a Daniel Ortega, muy activo en estos días en su represión directa a periodistas y medios y quizás a Jair Bolsonaro si nos atenemos a algunas de sus declaraciones y actitudes de hace unas semanas.

Se dirá que no es lo mismo lo de EE UU y lo de Brasil que lo de Venezuela y Nicaragua. Y es así. En muchos aspectos no son comparables: en aquellos países funcionan las instituciones y hay garantías y en Nicaragua y Venezuela no, como todo el mundo sabe. Ortega o Maduro dan la orden y marchan tras ellas jueces y fiscales y avanzan soldados y Policía, más grupos de choque fascistas, contra los que se atreven a disentir o quieren mantenerse independientes.

No es lo mismo, es cierto, pero tienen alguna cosa en común: se trata de gobernantes a los que no les gusta que la prensa de cuenta de lo que ocurre, de lo que hacen y de cómo se comportan. Y esa es la raíz del mal.

No termina de sorprender esta actitud virulenta de presidentes que insultan y calumnian a medios y periodistas. Rafael Correa, guarecido en Bélgica, se debe sentir algo precursor. Esto no se trata de libre debate, ni de libertad de expresión. Se trata de abuso de poder y de irresponsabilidad, de llamado desde el gobierno al “escrache”, a la lapidación pública, a la justicia de la turba, al veredicto del circo. Es grave, y mucho más grave si el que practica este jueguito es el presidente de los Estados Unidos.

A todos ellos les rechina la información periodística, chequeada, manejada profesionalmente y con ausencia de malicia, haciéndose responsable y dando cara y nombre, y cuyo objetivo es el interés del público. Prefieren las redes, que son infinitas, con sus ejércitos de anónimos, de “trolles”, de bulos, de “fake news” y por las que se puede decir lo que se quiera, mentir a gusto, “reventar” al vecino, a los jefes, a la persona que lo despecha y a toda aquella a la que se le tiene envidia o celos. (Dicen que también con las redes hasta se pueden ganar elecciones, pero eso son cosas que se están investigando).

Cuando se habla de periodistas muertos no debe solo mirarse los números. La de periodista es, desde siempre, una profesión de riesgo, pero que las cifras crezcan obligan a mirar más allá; a definir cuál es el objetivo final. Preguntarse ¿por quién doblan las campanas?

Estas, sí, lo están haciendo por esos periodistas que han muerto asesinados, por los que están presos y secuestrados, pero por sobre todas las cosas, las campanas están doblando por la democracia, por la libertad de expresión, sin la que, como es sabido, aquella no existe.

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