Hay quienes miden la salud de un Estado por cuán frecuentes son las bodas. Dicho de otro modo, por cuánto se apuesta a la felicidad. Estos han sido días aciagos para las bodas. En otros escenarios, es una situación causada por razones distintas a las que nos ha tocado en este país, pero hay algo de lo que se debe estar claro: las bodas tienen un código, hablan, dicen cosas, por eso medirlas es de importancia.

 “La vida es así, no la he inventado yo”,
de Jardín Prohibido, por Eddie Santiago

“Quizás sea pronto, pero yo me quiero casar”.
de Matrimonio, por Los Tres Tristes Tigres

Hay quienes miden la salud de un Estado por cuán frecuentes son las bodas. Dicho de otro modo, por cuánto se apuesta a la felicidad.

Claro, es una óptica debatible. Porque desde antaño, por ejemplo, el prestigio de las bodas había estado asociado a promover familias numerosas y unidas, sea para juntar fortunas, crear alianzas, labrar la tierra o enviar soldados a la guerra.

Estos han sido días aciagos para las bodas. En otros escenarios, es una situación causada por razones distintas a las que nos ha tocado en este país, pero hay algo de lo que se debe estar claro: las bodas tienen un código, hablan, dicen cosas, por eso medirlas es de importancia. Recuerdo a un investigador de la ingeniería diciéndole a otro: “no se apresure en modelar, mida, mida, mida”.

Medir las bodas no es fácil, pero es motivador buscar sus sorpresas. Por ejemplo, hasta el béisbol ha engañado a más de uno. Por mucho tiempo sus estadísticas no concordaron con el juego puertas adentro. En un entendido similar, medir la decisión de unirse en matrimonio, puede concebirse como juego. Cuenta también, escuchar unos cuantos boleros y leer muchas historias de alegrías y sinsabores. Después de todo, son elecciones, que desde los sueños, gustos, miedos, prioridades o precariedades que las animan, ocurre al final lo que a veces es, simplemente destino. Ahora bien, medir qué nos dice la boda o su ausencia, sobre la ciudad, eso es un trabajo que exige una especial contemplación.

La boda como ritual le hace saber a la comunidad sobre la unión de pareja, y cuando es notoria su ausencia, es de rigor una lectura económica. Todas esas invitaciones, celebraciones eclesiásticas, cantos de Ave María y el paseo de los novios por las mesas con centros florales, todo eso ya ha sido sustituido en Venezuela con una invitación a irse a vivir para Chile, Perú o Argentina. No pierden algunos jóvenes la esperanza de que los cantos celebratorios vengan en un futuro cercano, porque lo que es el aquí y el ahora, las botellas de whisky no están en el presupuesto. Quisieran muchos padres poder costear una larga lista de invitados. Una forma de medir una boda sería encontrarse con un coleado en la fiesta. El llamado arrocero, es ahorita un personaje desaparecido, como lo también es el arroz en tanto símbolo de prosperidad real.

En tiempos como estos, de verdaderas tragedias políticas y sociales, la población le hace frente y se aboca a determinados blancos y estrategias que orientarán el todo. Cuando la libertad está comprometida hasta para sembrar, también puede afectar el amor, y así todo lo demás.

La ciudad es el teatro de las historias de amor. Ella es siempre El Personaje por excelencia, y es quien alivia o parte los corazones. En el filme Casablanca (1942), el protagonista Rick Blaine, personificado por Humphrey Bogart, debe entender que el lugar de su amada Ilsa Lund es al lado de su esposo, Víctor Laszlo, líder de la resistencia checa. Ilsa renuncia a su amor por Rick, para preservar a Víctor, y con ello al éxito de su movimiento. Es un caso comprensible, pero la realidad no siempre es tan noble. Dicho lo anterior, se deduce que no hay decisión, ni siquiera la del amor, que no sea marcada por la comunidad.

La libertad es entonces poder abrirse paso en medio de la ciudad, de sus muros, calles y estructuras. A cada generación le toca un color, un ritmo, un paisaje, un puente, un laberinto: una historia.

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