La verdad es que uno no sabe si reír o llorar; o ambas cosas. Lo que sí se sabe es que si la hegemonía no se supera, ahora, en enero o cuando más pronto sea mejor, el país seguirá en agonía y el fin definitivo de su viabilidad no se podrá conjurar.

El diccionario trae una acepción de la palabra agonía que se aviene con el sentido de estas breves líneas: el estado que precede a la muerte. Un estado, por lo general, caracterizado por una angustia o una aflicción extrema. De acuerdo con ello, Venezuela se encuentra en agonía desde hace mucho tiempo. Y la muerte de un país no significa que el país deje de existir, sea sepultado o cremado, y se convierta en polvo... No. La muerte de un país se da, así mismo, cuando pierde de manera irreversible su viabilidad como entidad independiente, capaz de ofrecer un presente y un futuro humano y digno a la población.

La paradoja es que la agonía de Venezuela, causada por el despotismo y la depredación de la hegemonía roja, ha sido el fundamento de su continuismo. Mientras el país iba para peor, la hegemonía continuaba en lo suyo: despotizando y depredando. No obstante, ahora, la situación de agonía se está extendiendo a la hegemonía como tal. La catástrofe humanitaria en la que está sumida Venezuela -en medio de una bonanza de precios petroleros- es de tal hondura y gravedad, que amenaza con llevarse por delante a la propia hegemonía. De allí su agonía.

El factor determinante está siendo el naufragio del llamado programa de recuperación económica, crecimiento y prosperidad. Una mezcolanza de improvisación, delirio y corrupción, que ya no deja hueso sano en ninguna parte, y que está despeñando al conjunto del país por un abismo cuyo único fondo podría ser la violencia generalizada, la desintegración definitiva del orden público, la vandalización anárquica de la vida venezolana. Eso pasa cuando la gente ya no tiene ni para comer, ni para transportarse, ni para nada. Y eso se está viendo con creciente dramatismo, gracias al referido “programa” del señor Maduro.

Mientras tanto, para intentar ganar tiempo, Maduro y los suyos proclaman que todo lo malo que pasa -que es, en realidad, todo- es culpa exclusiva del “modelo de guerra económica imperial”... Y no pocos se confunden ante el avasallamiento de la propaganda. Ni él, ni sus “brillantes colaboradores” tienen un ápice de responsabilidad en la catástrofe... Nada que ver. Al contrario, se ufanan de ser una especie de salvadores de la patria, legatarios esforzados del predecesor. La verdad es que uno no sabe si reír o llorar; o ambas cosas. Lo que sí se sabe es que si la hegemonía no se supera, ahora, en enero o cuando más pronto sea mejor, el país seguirá en agonía y el fin definitivo de su viabilidad no se podrá conjurar. Esperemos o más bien luchemos para que ello no ocurra.

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