Parece que todos los cuerpos de seguridad del Estado no están sino para reprimir las protestas legítimas, legales y constitucionales, no para ver cómo controlan la delincuencia desatada, a todo nivel, en este ruinoso país.

La impotencia que agobia a la inmensa mayoría de los venezolanos, (pleonasmo justificado), inclúyome, ha llegado a alcanzar niveles tan extremos de desesperación que no encuentro calificativo alguno para poder expresar todas las ideas sobre lo que ha hecho de Venezuela esta descomunal podredumbre llamada revolución-robolución dictatorial, latrocina, corrupta y maloliente. El asunto es grave, asquea, desconcierta, desespera. Lo que voy a relatar a continuación, en primera persona, no es un cuento, no es una historia novelada, me ocurrió, es un desgraciado hecho entre muchos.

A esta hora: nueve y pico de la mañana, en las que escribo estas líneas, aún no he podido dormir más de dos horas; ¿Por qué? Les cuento.

Cerca de las dos de la mañana decidí subir a mi habitación a tratar de conciliar el sueño. Uno se levanta esperanzado, pero no pasan muchos minutos cuando toda esperanza se vuelve añicos. Llegas a la hora en la que se supone que los seres normales se van a dormir, pero la carga de angustia es tal que, en tales condiciones, si logro conciliar el sueño, dormir las horas debidas, es todo un logro; un éxito digno de algún récord Guinness.

Luego de conseguir conciliar el sueño, lo cual es todo un éxito, fue interrumpido más o menos como a las tres y media de la mañana, unos disparos me sacaron a empujones de la cama sobresaltado. Por la ventana de una de las habitaciones de mis hijas, vacías porque afortunadamente están viviendo felices en países de verdad (este dejó de serlo hace muchos años; unos veinte más o menos) pude ver, en la oscuridad, las figuras de unos sujetos moviéndose por el techo de mi casa. Obviamente, mi esposa, la nana, mi perro Waldo y yo entramos en pánico. Llamamos al 1-7-1 para pedir ayuda urgente. ¿Urgente? Sí, como no. Desde esa hora, repito, más o menos a las 3:30 de la mañana, la única voz que se escucha en el auricular, como respuesta en el 1-7-1, es una voz femenina diciéndote, más o menos esto: “Usted se ha comunicado con el 171 Bolívar”, pero ¡zas! Acto seguido la llamada se interrumpe. Queda muda, silencio total; sonido que anuncia que la llamada se ha caído, que fue inútil el intento. ¿Cuántas veces repetí la llamada al 1-7-1? No sé, lo que si sé es que fueron cientos, pero todas fueron completamente inútiles. La misma vocecita te advierte que no hay nadie que atienda tu emergencia.

Continué llamando, llegada las 6:00 de la mañana, la respuesta cambió, se agrega otra vocecita repetitiva, que dice: “Su llamada de emergencia está en cola; cálmense, espere que pronto será atendido”. ¿Qué? ¿Se burlan de mí? Lo cual, en este país en completa anomia y anarquía desplegadas por los “cinco puntos cardinales” (sé que son cuatro), pero esta calamidad apocalíptica llamada robolución, sin duda que cambió y agregar el quinto que consiste en el total desastre, conmoción; ruina, ética y moral; de principios y valores; lo cual no me debería extrañar.

Yo insistí en llamar. No iba a dejar la cosa así. O me desahogaba poniendo la denuncia o me da un soponcio. ¡Por fin, pasada las 8:00 de la mañana -5 horas después de empezarlas a las tres y pico, la denuncia, me atiende lo que se identificó como “operador equis”. Mi primera pregunta obligatoria, lógica, fue: ¿A partir de qué hora el servicio de emergencia 171 está disponible para hacer denuncias, solicitar ayudas? El operador me contesta, debo decir, con toda amabilidad: “Señor, el servicio 171 está disponible las 24 horas del día”. Siento que se burla de mí, o aún cree estar y vivir en otro país, medianamente civilizado; cree que soy idiota; o todas las anteriores respuestas. Le conté la odisea por la que pasé desde las tres y pico de la mañana, sin éxito, Me informó que mi queja la pasaría a una supervisora, lo cual hizo, quien, a su vez me respondió que iba a hacer llegar mi queja a sus superiores. Yo le contesté que, aunque no albergaba ninguna esperanza de que mi queja prosperaría, ni creyera que se hicieran los correctivos necesarios, como ciudadano venezolano tengo el derecho a presentar mi queja. La conversación terminó allí, con mi esperanza hecha añicos. Si uno se defiende ante un malandro; esgrime un arma -la cual no poseo, no he poseído ni poseeré- y le vuela la tapa de los sesos a esos delincuentes, el detenido que a uno le espera, es quedar detenido junto a unos pranes, dizque, mientras se procede a las investigaciones, las cuales terminan engavetadas en el silencio eterno -a menos que se tengan muchos billetes verdes, de esos que tienen presidentes gringos muertos, para acelerar el proceso; si no, uno se expone a estar encerrado per secula saeculorum, hasta Dios sabrá cuando.

Concluyo diciendo que un piquete de unos 5 guardias nacionales, quienes habían acudido a un llamado de emergencia, estaban apostados a la entrada de la urbanización. ¿Quién fue el afortunado que se pudo comunicar con la GNB? No me consta, pero me dicen por ahí que fueron llamados por un alto oficial que reside en la urbanización. Si no, los ciudadanos, después de ciertas horas, o a toda, no tenemos a quién llamar por protección. No sé hasta cuándo este pueblo sufriente, y sufrido, va a seguir aguantando este huracán horroroso, rojo rojito de categoría de proporciones incalculables llamada dictadura; cruel, asesina y torturadora, además de hambreadora. Parece que todos los cuerpos de seguridad del Estado no están sino para reprimir las protestas legítimas, legales y constitucionales, no para ver cómo controlan la delincuencia desatada, a todo nivel, en este ruinoso país.

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