Esa incertidumbre espantosa va generando un estado de angustia que progresa a un estado de desesperanza acumulativa, que termina dañando tan intensa y gravemente la homeostasia sicológica hasta que la siquis no aguanta más.

El colega pediatra, Carlos Amundaray, especialista en terapia intensiva neonatal, según reseñaron las noticias que se regaron como la pólvora por todos los medios de comunicación sociales sobrevivientes a la “hegemonía comunicacional” propuesta por Andrés Izarra, decidió suicidarse. Lo que lo llevó a tomar tan drástica decisión, al parecer fue la impotencia de no poder seguir lidiando con un profundo estado depresivo, que no sólo aumentaba, sino que empeoraba, debido a que era protagonista de primer orden de las muertes de neonatos, recién nacidos quienes fallecen a diario en las unidades de pediatría, de las cuales en la que él prestaba sus servicios profesionales, no escapaba a esta cruda como dolorosa realidad. Es el drama espantoso que padecen todas las unidades de cuidados intensivos pediátricos y neonatales que aún quedan, de todos los centros hospitalarios públicos del país. La causa principal sigue siendo la misma: la falta de insumos médico-quirúrgicos.

No mucho tiempo después, otra noticia me activa más todos los estados de alarma mentales. Esta vez se trató del caso de un reputado cirujano bariátrico del HUC: doctor Carlos Bravo, quien también decidió quitarse la vida. Las causas que lo llevaron a tomar esta drástica decisión aún son parte de dimes y diretes. ¿Quién sabe por qué alguien decide acabar con su vida sino el mismo suicida? La razón final que los lleva a tomar tan drástica situación se las cargan consigo a sus tumbas.

En este sentido, el colega, doctor Jaime Lorenzo, director de Médicos Unidos por Venezuela, según reseña otra noticia, se refirió al problema, expresando: “la situación ha llegado al punto en el que el índice de suicidios de médicos venezolanos está aumentando”. En mi opinión, no se trata de la situación, así, en singular, sino las situaciones; en plural y con los superlativos que quepan: gravísimas; dolorosísimas, espeluznantísimas; y todas los adjetivos que quepan terminados en los sufijos: -ísimo, -ísima; porque, aunque ciertamente la situación país es de tal gravedad, de tal magnitud, la que no es sólo la evidente escasez de insumos médico-quirúrgicos que en los centros hospitalarios públicos de todo el país rondan más del 80%; en algunos es del 100%, sino que hay otros muchísimos problemas agobiantes y aterradores que se han ido sumando a esta espeluznante y dolorosa situación. En un tuit que me mandaron, una colega oncólogo cuyo nombre no recuerdo, expresaba algo más o menos así: “A mis pacientes oncológicos les informo que no tengo cómo calmarles el dolor, porque no hay analgésicos en el país”. ¡Hay que tener una piedra en la caja torácica en vez de corazón, como para no sucumbir de depresión, ante tanto paciente sufriente de cáncer padeciendo los terribles dolores de tan cruel enfermedad, sin poder hacer nada para ayudarlo; para calmar su intenso dolor! Conozco pacientes oncológicos que requieren mantener sus tratamientos; pero los medicamentos, a veces llegan, a veces no. Esa incertidumbre espantosa va generando un estado de angustia que progresa a un estado de desesperanza acumulativa, que termina dañando tan intensa y gravemente la homeostasia sicológica hasta que la siquis no aguanta más; el suicidio termina siendo la solución final ante el sufrimiento constante, extremo. No menos ocurre con otros pacientes, como es el caso de los renales. Un colega, excelente cirujano cardiovascular, cuyo nombre omito porque no sé si mencionarlo lo vaya a incomodar; trasplantado renal, tuvo que salir urgente del país porque los medicamentos necesarios para que su cuerpo no rechace el trasplante, simplemente no los conseguía. Su esposa, otra excelente colega, unos pocos meses después tuvo que marcharse también. Estar con su marido le impuso alejarse despavorida de este literal infierno terrenal llamado Venezuela.

Como si los casos como los antes mencionados, y muchos otros no fueran suficientes, los médicos que aún quedamos vivos en Venezuela, ejercemos bajo una intensísima presión. Así, en estas condiciones de precariedad: de insumos médico-quirúrgicos, de medicamentos, de instituciones de salud mínimamente aptas para ofrecer servicios de salud con dignidad, no podemos ejercer con tranquilidad porque el Estado venezolano no asume la responsabilidad que le toca, y ante el fallecimiento de alguien, lo primero a lo que el Estado apela es negar que hay ausencia de todo y culpa al médico por negligencia. Quienes seguimos ejerciendo en el país, sea cuales sean las razones para seguir aguantando esta pela, poco a poco nos sumimos en un estado depresivo.

Los que soportamos este desastre lo hacemos porque nuestro absoluto convencimiento cristiano nos impide tomar esa decisión que sólo es de Dios. Muchos no vamos a terminar quitándonos la vida. Ya quisiera yo tener, aunque sea diez años menos para mandar todo al mismísimo cipote, y dejar atrás este horror llamado Venezuela, y el ejercicio de la medicina, que, en este país cada día se nos hace insostenible. Es todo un ejercicio de coraje, de valor, o de estupidez. O todas las anteriores razones.

En otra próxima entrega, si Dios quiere, hablaré de la inseguridad, que, como todos los venezolanos, nos agobia a los médicos; de la paupérrima calidad de vida que tenemos, a pesar de los muchos esfuerzos académicos y profesionales hechos. 

Template by JoomlaShine