La ética nos lleva a la dimensión de la dignidad y el respeto por lo que uno hace, el respeto por el lector, por el medio y por uno mismo. Nos vuelve distintos de cualquiera que esté por ahí difundiendo información, nos vuelve periodistas.

@francescadiazm

Entre tanta jerigonza sobre la ética, esa virtud de la que tanto se dice que les falta a algunos políticos, funcionarios y quienes nos atañen, periodistas, bien valen las horas invertidas en la lectura de La constelación ética, de Javier Darío Restrepo (maestro colombiano del periodismo, fallecido, de repente y en pleno uso de sus facultades intelectuales, en octubre).

Allí sentencia que “la ética no puede ser una cátedra, un discurso o un sermón porque la ética no se enseña: es una decisión”. Esa sentencia la leí justo cuando estoy cursando la materia y estoy en la capacidad de entender por qué es difícil comprender el tema en la celeridad de un semestre y no terminar pensando que se trata de un determinismo maniqueo. Ante ese aforismo del padre de la ética periodística, autor de más de una decena de libros sobre ética y colaborador del portal web Código ético uno se pregunta: ¿cómo se decide ser ético?

Efectivamente la ética es una decisión. No puede obligarse, enseñarse o adoctrinarse porque si no se está convencido de ser ético uno se cansa de bregar contra los obstáculos de serlo en una sociedad que lo minusvalora. Pero ahí recae uno de los puntos más importantes: uno no es ético para los otros: se debe ser ético para uno mismo.

En consecuencia, no se negocia y no se aceptan términos medios: se es ético o no. Y Restrepo lo sintetizó así: “uno es ético porque le da la gana”. Esa irreverencia ante los juicios y las prohibiciones serán las bases de una lectura que escudriña la ética periodística desde la necesidad imperiosa de entregar un trabajo capaz de transformar realidades y no desde una letanía de mandatos que nos indican qué hacer y qué no.

El libro parece vituperar los códigos, pese a que el autor participó en la elaboración de muchos, lo cual puede resultar confuso antes de leer cómo se pasea por la filosofía sartreana que exalta la libertad y ese existencialismo que está en una constante búsqueda de respuestas. Ahí uno comprende no solo por qué los códigos son poca cosa ante lo que es la necesidad de ser ético, sino por qué la libertad estará siempre ligada al buen periodismo.

La respuesta es fácil: los códigos no disimulan su carácter imperativo y el periodismo es una constante práctica de libertad. Lo que diferencia la información periodística del sensacionalismo o de cualquier otro escrito vulgar es la decisión libre que tiene el comunicador de ser ético. Esto no lo enseñan los códigos ni el aprobar la cátedra en la universidad. Ese deseo vehemente de prestar un servicio, de ayudar a las personas a comprender su entorno y de indagar en una realidad cada vez más compleja, dando prioridad a los porqués, no se aprende ni se inculca: el deseo de alcanzar la excelencia no está en el Código ético del periodista venezolano, está en el compromiso que nace de la pasión por el oficio.

Esta fascinación por la información veraz es la esencia de la ética periodística. Es esa convicción la que no transa con gobiernos, no acepta sobornos, no manipula la información: nos hace distintos del común, nos hace valorar algo más allá de lo que es tangible. La ética nos lleva a la dimensión de la dignidad y el respeto por lo que uno hace, el respeto por el lector, por el medio y por uno mismo. Nos vuelve distintos de cualquiera que esté por ahí difundiendo información, nos vuelve periodistas.

Mi primera clase de Ética abrió sentenciando la materia como muy “utópica”. Y siempre tuve una connotación negativa de la utopía: para qué preocuparse por algo irrealizable, pero Restrepo tiene una visión más bondadosa con el término y lo define como “la certeza de que todas las realidades pueden ser cambiadas”. Añade que la utopía es una fuerza movilizadora de cambios y todo eso suena bonito, pero en una realidad como la de Venezuela es fácil preguntarse si vale la pena ser ético en un país donde se ha celebrado tanto la viveza criolla y donde hay tanta descomposición social en medio de una dictadura: ¿vale la pena trabajar por esa utopía de una realidad más ética?

No, no es pregunta retórica. Porque es la pregunta que se responden afirmativamente todos los periodistas que siguen luchando por unos ciudadanos más capaces de decidir, ya que la información es lo que nos da la facultad de tomar decisiones. En esa facultad habita la democracia. Periodistas que sufren la censura, que se arriesgan y enfrentan las consecuencias de desafiar, prácticamente sin armas, al régimen en defensa de una libertad de prensa que en este país ya no se les garantiza. El periodismo es uno de los gremios que mejor ha respondido ante la dictadura: porque no se calla. Entramos a Twitter y ahí están quienes tal vez ya perdieron un programa de radio o una columna escribiendo, informando, investigando y esa resiliencia tiene un solo nombre: compromiso.

Luego de leer La constelación ética es fácil encontrarse defendiendo la utopía de una realidad que necesita ser mejorada y convencido de que las cosas “son lo que son y lo que pueden ser”, pero es fácil abrumarse ante unas instituciones que se han corrompido, un régimen que nos priva del derecho que tenemos a estar informados, ciudadanos enajenados por los efectos del populismo… Es fácil sentir que uno no puede hacer la diferencia.

Se tienen dos alternativas, ya que la libertad es la posibilidad de elegir: responder a las trabas con ética profesional y tenacidad o volverse mediocre, indiferente, cómplice involuntario de las injusticias. La decisión que tomamos ya dice mucho y creo conveniente citar a Kapuscinski y una de sus declaraciones más contundentes: “Las malas personas no pueden ser periodistas”.

He ahí por qué no se enseña la ética: es un asunto de dignidad que nace de uno mismo. La cátedra nos da lineamientos, pero esos, sin convicción, no son más que palabrería. Es la persona quien toma la decisión, quien le da significado y hace estos lineamientos valiosos no por ser mandatos, sino porque en ellos está la intención de sembrar en los encargados de registrar la información, la responsabilidad de dignificar el oficio rindiendo cuentas únicamente al compromiso ético que tienen con la verdad y con ellos mismos.

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