Estamos sujetos a una malévola ecuación de la destrucción de la lógica, es allí que nos enseña su cuerpo de gorila la incertidumbre, la que alimenta con buenas dosis el miedo.

Miedo: del término latino metus, se trata de una alteración del ánimo que produce angustia.

Un amigo, de los escasos que tengo, me abordó con cara de preocupación y me dijo “estamos viviendo en una sociedad del miedo”.

Mi amigo tiene mucha razón. Quien diseñó esta máquina terrorífica que nos tiene encerrado en nuestras casas evitando ser parte de las estadísticas.

La calle ya no es el escenario natural que nos hace ciudadanos. Estamos convertidos en animalitos confinados. Estamos aplastados en una brutal deconstrucción social que cada día nos enseñas sus dientes húmedos de sangre.

Ir a un mercado en procura de alimentos se ha convertido en un doloroso recorrido por la brutal pobreza que nos mete en la pensante más ingredientes, más condimentos para sazonar nuestro miedo. Estamos sujetos a una malévola ecuación de la destrucción de la lógica y es allí que nos enseña su cuerpo de gorila la incertidumbre, la que alimenta con buenas dosis el miedo. El metus latino. Eso que alimenta y mantiene gordos y rozagantes a los dueños de nuestro país. Este país es de los que alimentan el metus y nosotros tan solo somos pisatarios.

Es una aventura salir con vehículo propio. Nos tenemos que someter a esa dama negra llamada angustia, la que nos da su dosis que nos marchita el ánimo.

Lo cierto que hay que estar pendiente de la batería, de los cauchos, de las tapas, de la antena, del aceite... sí: increíble. Están sacándole el aceite a los carros.

Cómo guinda del pastel, por un celular, la vida.

Lo otro, lo institucional, ir a un taller es un ejercicio de terror. La avería es cuantificada. Allí las fuentes negativas se unen con los ojos y los dientes en espera del zarpazo que destrozará sus ingresos por unas cuantas lunas.

Es angustia que se mete en el cuerpo. El terror más incertidumbre.

Lo poco que te pueden esquilmar difícilmente lo puedes reponer. Ese es el estado del cuento doloroso. Nos han empobrecido brutalmente.

Este país llegó a ser grandioso y hasta irresponsablemente alegre. Anótese: llegamos a ser para finales de la década de los años 70 el país con más crecimiento económico del mundo, después de que saltamos el charco de la miseria. Fuimos uno de los 3 más miserables y pobres del hemisferio entrando el siglo XX. Tanto nadar para llegar a la orilla de la oscuridad, a la orilla del miedo. En esto hay varios factores en juego. No es que lo que está con su máquina de confinamiento vino en un boleto de lotería manipulado por Leviatán. La modernidad ganada no las quitaron también los cazarrentas, quienes no tienen otra ideología sino la del dinero. Son tan enfermedad como lo que nos gobiernan ahora.

Los anatemas les quedan cortos como le escuché decir a un sacerdote por estos días.

Ahora, en este preciso momento es difícil decir que tenemos ciudad, calle o país libre del metus. La impotencia, los rostros sombríos, cuando no famélicos, de nosotros. Seres en busca de algo cierto o palpable en medio de una gran maquinaria hacedora de embustes con medidas y a la talla.

Es allí que la tristeza engorda y no es difícil conseguir un tonto, un disociado, hablando por estos días de hallacas, pernil, pan de jamón, como si aquí no ha pasado nada y la alegría, la que era parte de nuestros días, la han encerrado en el cuarto abundante de tenebra y resentimiento.

Tanto dolor ya no entra, dejamos para después el restante, el de la fila de enfrente.

Tanto dolor, tanto miedo.

Template by JoomlaShine