A nadie le extraña en Venezuela que la Universidad de Guayana (UNEG), que en sus inicios de los años 80 y 90 se propuso educar para la libertad y la excelencia, ahora esté cerrada por “falta de presupuesto”.

En una ocasión un buen señor padre de familia me aseveró que a los adolescentes había que cuidarlos porque la de ellos era una edad “muy peligrosa”. No me decía nada nuevo, salvo que sus palabras resonaban: el señor en cuestión era experto en seguridad y, junto con su esposa, eran estudiantes de una maestría en gestión pública.

Cuidar a los adolescentes de sus propias decisiones, ese es el dilema. Los expertos saben que por allí ocurren muchos quiebres de esos en que se “muere en el intento”. Las muchachitas musulmanas británicas que huyeron rumbo a Siria seguían un sueño de crear otro mundo o de desposarse o volverse las esclavas de un combatiente del llamado Estado Islámico. Después algunas de las sobrevivientes intentaron regresarse, pero ya era muy tarde, porque ya las habían despojado de su nacionalidad. Quedaron varadas. Pero una cosa es cierta, la publicidad y mercadeo político de ISIS vendió su proyecto porque supo aprovecharse, no sólo de la debilidad humana, sino también de la pata por donde cojean los estados democráticos.

La política de la violencia requiere de sangre joven e inmadura para lanzar a adolescentes o a incautos al vacío. No es muy distinta la estrategia de la del tráfico de drogas, las trampas asociadas al tráfico humano o cualquier otro proyecto infame. Como buenos oportunistas, las tendencias tiránicas deben brindarle a sus reclutados, dicen ellos, “una esperanza que les ha sido arrebatada”. De allí en adelante se explaya la retórica del victimismo que ofrece la venganza. Esos fiascos calan en cierto público porque hay miedo, desencanto y mucha desesperanza.

Los demócratas flojos, sin querer les ponen la bandeja de plata a los estafadores. Si supiesen lo que tienen entre manos legislarían y trabajarían para ofrecer sueños cristalizables dentro del marco social y legal. Cuando no hay una educación que prepare para una economía diversa, o cuando la familia no puede costear los gastos de la educación, los sueños se van al trasto. O cuando tener un oficio o profesión no significa la posibilidad siquiera de vivir en pareja con cierta independencia, la gente razonablemente se pregunta qué sentido tiene confiar en las autoridades de una nación. Cuando las cosas llegan a ese estado, la mesa está servida para toda suerte de vampiros.

En las recientes manifestaciones ocurridas en varias partes de la América Latina, esa ansiedad de la desesperanza debe estar en el tuétano de quienes protestan. Como es relativamente fácil oponerse a las democracias, se envalentonan con todo. Andan muchos jóvenes en la región, creyendo que en un régimen como el venezolano podrían educarse y manifestar con garantías constitucionales, pues no.

Hay muchas diferencias entre una democracia y una dictadura. La democracia tiene como misión educar para que el individuo pueda tomar decisiones en libertad, en cambio la dictadura tiene que adoctrinar porque no puede promover ni tolerar la libertad. No toleran las dictaduras que nadie resalte, por eso no toleran el éxito empresarial ni al ciudadano que pueda ser económicamente independiente. Sólo ellos pueden ser ricos mediante la corrupción desmedida. No soportan nunca a un ciudadano capaz de pensar por su cuenta, por el contrario, los quieren arrodillados. Como muestra de eso, solo basta conocer la mentalidad del chavismo. Por ejemplo, el ex ministro de Educación Héctor Rodríguez declaró en una oportunidad que era inconveniente educar a la gente porque después se metían a “escuálidos”, que es como el chavismo aún llama a lo que hoy es la mayoritaria y empobrecida población venezolana.

Por eso, a nadie le extraña en Venezuela que la Universidad de Guayana (UNEG), que en sus inicios de los años 80 y 90 se propuso educar para la libertad y la excelencia, ahora esté cerrada por “falta de presupuesto”. Y para nada sorprende que los estudiantes afectos al régimen estén saboteando la manifestación en protesta de la medida, les pagan para dividir. Afortunadamente, el genuino estudiante venezolano no se rinde. Esto lo deberían leer los jóvenes que andan creyendo cuentos de socialismo latinoamericano y pidiendo la renuncia de Piñera en Chile.

Pero hay algo aún peor: las dictaduras no toleran los sueños de la gente. Claro, es en los sueños donde una persona se siente libre, pero hasta para soñar hay que atreverse. Si los chilenos, peruanos, argentinos sueñan, es porque hay un sistema político o una sociedad que lo promueve. Que un recién graduado costarricense, por ejemplo, desee ser lo económicamente independiente como para casarse con la novia o la pavita, eso es un aspiración válida. Cuando dicha posibilidad no es viable, protestar es una vía reconocida por un sistema político que tiene el deber de responder.

El mejor mediador que tiene la democracia para hacerle frente a estos casos, son los partidos políticos, pero ya sabemos lo mucho que éstos han sido satanizados. Sea porque están debilitados por dentro o porque la opinión pública los condena casi sin pensar, es un reto levantarlos en estos momentos. Tener objetivos y estatutos claros, cumplir sus propias normas y mucha transparencia, eso podría ser un paso para fortalecer a los partidos. Pero también le toca a la sociedad no darles la espalda y entrar a sus filas.

El destino de los partidos no está hecho, se construye con la participación. A través del debate, la organización y las acciones, los partidos modelan la democracia y enseñan a vivir en ella. En su seno debe promoverse la mediación: por una parte vislumbrarse los intereses particulares y metas que más retratan a los representados, y por otra los intereses de la nación y sus leyes. Hay que recuperar a los partidos. Debe ser ese un espacio importante para ventilar las preocupaciones y proponer caminos de protesta dentro de un sistema de libertades.

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