López Obrador, un bravucón comunista, abrió las puertas de par en par al narcotráfico, a la narcoguerrilla y a la subversión mundial como han hecho las tiranías de su mismo signo.

Andrés Manuel López Obrador hizo una de las suyas y sorprendió a tirios y troyanos. Pero, seguramente, aquello estaba en la agenda oculta que todo comunista tiene bajo la manga. Donde aparecen los puntos medulares de una gestión gubernamental en connivencia con aliados que no dan la cara, pero que son un verdadero poder tras bastidores, pues han financiado costosas campañas electorales, controlan instituciones del Estado a través de la compra de voluntades en todas las instancias, cuentan con un poder de fuego superior al del gobierno y la lealtad -de lo que para ellos es una simple tropa- está sellada con sangre. Son organizaciones mafiosas como la cosa nostra, la camorra, la ndrangheta, la sacra corona todas italianas, o la tríada china, la yacutza japonesa o la bratva rusa, solo por nombrar algunas de las más conocidas.

Son organizaciones al margen de la ley. Se mueven en la clandestinidad y han conformado un microcosmo oscuro y sumergido, con una rígida estructura militar de carácter jerárquico. Están en todas partes y sus negocios son muy variados: desde la industria textil, pasando por la droga, reciclaje de residuos o la especulación urbanística, como lo demuestra Roberto Saviano en su libro Gomorra. Quien, por cierto, está sentenciado a muerte por la Camorra napolitana, por haber expuesto su entramado criminal.

Su poder económico es enorme, pues han penetrado todo aquello que garantiza estabilidad y gigantescas ganancias, exentas de impuestos y obtenidas gracias al trabajo esclavo. Con esta holgura crematística son un supra poder absolutamente blindado, cuyos tentáculos lo abarcan todo, y claro la política es demasiado importante como para dejarla a su aire. Sin mayores reparos van por lo suyo, esto es comprar lo que es comprable y arrebatar aquello que no pueden adquirir con el dinero, mediante las estrategias violentas del crimen organizado. En realidad, desde nuestra posición periférica y de simple observadora, es fácil concluir que la fuerza y capacidad de la mafia domina en los ámbitos de lo económico y de lo político, en cualquier recóndito lugar del planeta.

Latinoamérica es un territorio apetecido por las mafias consolidadas y por las que se han formado alrededor de las fragilidades de nuestro continente. Imagino que los saberes y el afán de expansión de estas organizaciones propician los intercambios, indispensables para que las primeras amplíen su radio de acción y para que las segundas aprendan lo esencial de los que conocen el negocio.

Nuestro continente es un mercado con todas las potencialidades y falencias para que las mafias, nuevas y viejas, hagan su agosto. Lo ocurrido en México el pasado 17 de octubre ha sido una de las más flagrantes demostraciones del poder que estos grupos han acumulado en América Latina. El mismo que le ha permitido al Chapo Guzmán -preso en Estados Unidos en una cárcel de máxima seguridad- dejar constancia que ni las rejas del imperio le impiden ejercer su inmenso poderío contra el Estado azteca et al. Y, de paso, dejarle un mensajito a Trump, de cuál es el chivo que más micciona en estos predios y parajes, donde las fronteras se difuminan cuando la mafia hace que el poder instituido se baje los pantalones.

La verdad es que México, al lado del imperio gringo, es un codiciado bocatto di cardinale para la delincuencia en todas sus ramificaciones, pero lo más rentable es el tráfico de cocaína, debido al creciente número de consumidores. Aunque también es un gran mercado para las anfetaminas, el éxtasis, la heroína y todas las nuevas drogas de última generación, de las que no retengo su nombre.

De Culiacán conservo la sonoridad del vocablo por la canción del Caballo Blanco, que “por Culiacán ya se andaba quedando”. Letra y música del gran José Alfredo Jiménez, quien nos regalaba una clase de geografía mexicana EN sus inolvidables rancheras. Por eso, ahora que veo a la capital de Sinaloa envuelta en el torbellino criminal de las drogas y bajo el dominio de un cartel, siento una variedad de sensaciones: miedo, angustia, vergüenza y preocupación por ese país y por nuestro continente.

López Obrador, un bravucón comunista, abrió las puertas de par en par al narcotráfico, a la narcoguerrilla y a la subversión mundial como han hecho las tiranías de su mismo signo, enseñoreadas en otras naciones de Latinoamérica. Pero AMLO ha dado un paso del que no hay regreso: como ha sido mostrar, orbi et orbi, una enorme debilidad institucional frente al crimen organizado. Sus fuerzas armadas fueron humilladas -en vivo y en directo- por un reo conocido como el Chapo Guzmán.

Agridulces

Un año sin Teodoro Petkoff es mucho para un país que necesita su valentía como ciudadano y la contundencia de su verbo, que no dejaba indiferente ni siquiera a los indolentes y corruptos que se han adueñado de Venezuela. Su voz y su palabra fueron fundamentales para nuestra democracia y se convirtieron en esenciales en estos tiempos de dictadura.

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