El Principito no es solo una obra para niños. Es un relato lleno de sabias preguntas que pueden servir de estímulo, a cualquier edad y etapa de la existencia.

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Si El Príncipe de Nicolás Maquiavelo es el clásico manual de teoría política para el gobierno de los otros, El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es el perfecto manual para el gobierno de uno mismo. Más que un asunto de tamaños y diminutivos, la diferencia entre un príncipe y un principito se centra en la perspectiva desde la cual entender al mundo. Un príncipe más chico, según la ya clásica obra francesa, logra ver lo que no puede el príncipe más grande: lo esencial sin ayuda de los ojos.

Recuerdo un texto de Manuel García Morente, Lecciones preliminares de filosofía, de 1938, en el cual el autor enfatizaba la necesidad de la mirada infantil como condición imprescindible para ejercer la práctica de la búsqueda de la verdad. Decía García Morente:

      Para abordar la filosofía, para entrar en el territorio de la filosofía, una primera disposición de ánimo es absolutamente indispensable. Es absolutamente indispensable que el aspirante a filósofo se haga bien cargo de llevar a su estado una disposición infantil. El que quiere ser filósofo necesitará puerilizarse, infantilizarse, hacerse como el niño pequeño”.

 

 

 

El que quiera comprender el mundo, el que quiera hallar algún sentido a la realidad y a las acciones, según García Morente, debe hacer como el niño pequeño que dice no entender nada y por ello pregunta incansablemente, pues para él todo es un misterioso problema que asombra y que merece ser develado.

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) hace suya esta idea en El Principito y la convierte en línea temática que se destaca a lo largo de la breve obra: la oposición adulto-niño. Con este argumento, presente desde la dedicatoria hasta la última página, se nos invita a ser espectadores de un fascinante relato que juega con la posibilidad de ser el delirio de una insolación, la imaginación desbordada de una persona ante una situación límite o el inexplicable contacto con un ser de otro mundo. Precisamente, tan disímiles son los mundos del adulto y los del niño que la unión entre uno y otro se representa como un relato de encuentro extraterrestre.

Publicado en 1943, El Principito es la exaltación de la mirada infantil por sobre la del adulto. Pero, ¿qué significa mirar al mundo desde los ojos de un niño? ¿Qué privilegios y ventajas lleva esto en un mundo que constantemente nos recomienda crecer y madurar para poder enfrentar las calamidades de la vida? Por si lo hemos olvidado, asumir la perspectiva de un niño es recuperar el asombro, la pregunta que cuestiona incesantemente y desestabiliza lo instituido, la curiosidad que nos hace encontrar lo inesperado sin poner en peligro de muerte a gato alguno.

Cuando un niño mira al mundo encuentra que lo importante para un adulto es en realidad algo banal y lo intrascendente encierra lo más importante. Esta suerte de inversión de valores nos hace caer en cuenta que lo considerado natural y obvio no es más que una convención que la tradición, la familia, las instituciones, los prejuicios y las ideologías han forjado sobre nuestra manera de ser y hacer en el mundo. Cuando la nueva perspectiva inocente y cuestionadora del pequeño príncipe aparece, esta termina convirtiendo la normalidad y los prejuicios en un abismo de incertidumbre. Así, El Principito hace que pensemos nuevamente acerca del poder, de la amistad, del amor, de la identidad, del cuerpo y del espíritu, del conocimiento, del trabajo, de las ganancias, de los peligros representados en los baobabs, de la vida y la muerte y de todo aquello que en el mundo de los adultos creemos tener muy bien definido, medido y pensado.

El Principito no es solo una obra para niños. Es un relato lleno de sabias preguntas que pueden servir de estímulo, a cualquier edad y etapa de la existencia, para hacer un alto y reflexionar acerca de aquello que hemos hecho con nuestras vidas. En manos de un apasionado maestro, profesor o coordinador de club de lectura, este pequeño libro puede servir para lograr lo que se desea con toda lectura: conocer a los otros y a nosotros mismos.

“La cotidianidad nos teje telarañas en los ojos”, llegó a decir alguna vez el poeta argentino Oliverio Girondo. El pequeño príncipe nos ayuda, así como lo hace con los diminutos volcanes de su planeta, a despejar la vista de las telarañas de los prejuicios y las convenciones para recuperar así la perfecta visión del perdido reino de la infancia.

Otras páginas

- Andrés Mariño Palacio. Fue un escritor de enigmática y curiosa vida que nació en Maracaibo el 3 de noviembre de 1927. Cultivó el cuento, la novela y el periodismo, y dejó publicado tres libros que son hoy rarezas de la bibliografía venezolana. Esos tres libros son: El límite del hastío (1946, cuentos), Los alegres desahuciados (1948, novela) y Batalla hacia la aurora (1958, novela). Era un lector voraz y sus compañeros de generación admiraban su capacidad para conocer acerca de infinidad de obras y de autores. En 1948, a sus 21 años, perdió sus facultades mentales y fue recluido en un sanatorio. Murió de un infarto el 30 de octubre de 1966. Rafael Pineda compiló algunos de sus ensayos, dispersos en revistas y en otras publicaciones periódicas, y editó con ellos en 1967 en el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes el libro titulado Ensayos. Este libro contiene unas impresionantes muestras de crítica y de reflexión acerca de las letras nacionales y del mundo y, como un obsequio para los lectores, incluye además una reproducción facsímil de sus apuntes en el sanatorio. Es una hermosa edición que bien vale la pena revisar.

- Buscando sosiego. “He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos”. Tomás de Kempis.

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