Puede decirse que en las zonas mineras de Guayana existe una minoría de desalmados explotadores, y una mayoría explotada de manera inmisericorde. Conformada por un inmenso contingente de pobres, que el socialismo del siglo XXI expulsa todos los días de las ciudades.

La fiebre del oro se ceba en los cuerpos sociales con una economía inmunodeprimida, pues este metal se transforma en casi el único recurso al que acude tanto una población menesterosa como las mafias corruptas, que siguen engordando sus alforjas con la sangre y el sudor de un pueblo empobrecido, que es cómplice sin saberlo, y claro, con la connivencia criminal de las cúpulas podridas. El oro destapa las insaciables agallas de poderosos, cortesanos, rastreros y lacayos, al tiempo que aniquila la vida de millones de seres humanos que ven en algunas gramas la comida y la medicina para sus familias.

El oro siempre ha subido la temperatura de la ambición en cualquier momento de la historia. Poseerlo es un indicador de poder. Ha alimentado y sostenido imperios y potencias en todos los lugares del planeta. Al Tahuantinsuyo no tuvo que llegar el conquistador español para mostrarle el valor del oro, pues ya lo sabían. Los incas se bañaban con el metal amarillo para brillar tanto como el sol. La leyenda negra de la conquista abunda en detalles de cómo se erigió el imperio hispano, sostenido en las remesas de metales preciosos que llegaban desde el nuevo continente.

La fiebre del oro -como locución- nos ubica en San Francisco. Fue un periodo de masiva y apresurada migración hacia aquella zona de California, adonde llegó gente de Europa, América Latina, Australia y de Asia. También se produjo un enorme desplazamiento de nativos de otros estados de Norteamérica hacia la bulla minera, que no dejaba de convocar con sus promesas de súbito enriquecimiento, cuya veta se escondía en la roca, pero que también podía aparecer en las formas caprichosas que toma el cochano en la suruca del gambusino, que con trabajar seis meses podía vivir, tranquilamente, durante seis años.

San Francisco pasó de ser una minúscula aldea a convertirse en una ciudad con escuelas, carreteras e iglesias, con un sistema legal y de gobierno. Esta urbe es hoy una de las más importantes de USA con su monumental Golden Gate. Es también uno de los mayores puertos del Pacifico. Es un centro industrial y financiero, sede de la Universidad de Berkeley. Con el descubrimiento del oro (1848) experimentó un espectacular crecimiento urbano, que fue destruido casi en su totalidad por el terremoto de 1906.

Esta metrópoli que superó su febricitante condición se mantiene, y siempre va más allá, gracias a que ha sido capaz de reinventarse y adecuarse a las exigencias más punteras de la modernidad. Tengo la impresión que San Francisco es un caso excepcional, si lo comparo con lo que ha ocurrido en Venezuela, en particular en el estado Bolívar, donde la fiebre del oro ha traído desgracias al grueso de nuestros sufridos habitantes.

El oro puede ser una maldición cuando es solo codicia y avaricia. Esta última se manifiesta con variadas intensidades de acuerdo con el grado, las charreteras o la cercanía a la cúpula. Los que tiene más soles cuentan con licencia total para enriquecerse hasta la obscenidad, usando los recursos del Estado. Estos privilegios les permiten esclavizar a mineros pobres, destruir los ecosistemas donde se explota el oro, expulsar a los aborígenes de las tierras que les pertenecen y mercadear con las necesidades de quienes viven o llegan a esos territorios.

Puede decirse que en las zonas mineras de Guayana existe una minoría de desalmados explotadores, y una mayoría explotada de manera inmisericorde. Conformada por un inmenso contingente de pobres, que el socialismo del siglo XXI expulsa todos los días de las ciudades, de sus trabajos, de sus casas para que vayan a servirles a los dueños y señores de la corrupción, a los que la dictadura les ha abierto las puertas de la riqueza y de la opulencia.

Además de la mano de obra esclava, allí se han instalado organizaciones paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y terroristas, que intercambian servicios de seguridad y beneficios pecuniarios con los que, oficialmente, son los amos de estas tierras, donde la única ley huele a pólvora. Selva adentro se impone el miedo y el terror, pero muchos venezolanos no tienen otra salida que someterse a la explotación de la élite, que se ha adueñado del oro y de otros minerales que se encuentran en la corteza terrestre de esa zona de Guayana.

Agridulces

Las alcantarillas se han convertido en minas para garimpeiros citadinos, quienes se internan en esos albañales en busca de oro u otros tesoros en cualquier calle o avenida de la ciudad. Colocan un morralito tricolor para indicar que “mineros trabajan” en las cloacas, donde consiguen prendas que navegan por los desagües de aguas negras.

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