La lección romana sigue: sin resguardo y coherencia de un sistema legal, no hay imperio, ni nación, ni nada que valga.

Además que una salida de la Unión Europea, brexit ha sido considerada una manifestación de la identidad inglesa. Brexit es el síntoma de las insatisfacciones de los electores en ciudades y regiones olvidadas, que han sido aprovechadas por una élite para proteger su poder financiero. Sin embargo, en ambos casos, provenga su votación de poblaciones pobres o de las élites, se trata de un escozor que agobia a la nación inglesa.

Según sus defensores, brexit significa la libertad, y lo dicen en una retórica que emula a la de los pueblos oprimidos. En la cámara de los comunes, los parlamentarios de la oposición se han cansado de decirle al partido del gobierno que en el presente no hay ninguna guerra con Europa, sino un mercado común cuyo objeto es preservar la paz. Pero el orgullo es visible y persistente. Ante cualquier situación, los defensores de la salida dejan colar la pasada confrontación de la segunda guerra y se niegan a verse como “pares” de países que fueron derrotados en 1945.

Como todas las revoluciones, con brexit también se desea regresar a una ilusión vaga de un pasado. Ha sido una acción política que interpreta la melancolía de las élites y de la clase media por una parte, y el fracaso económico en los más desfavorecidos por el otro. Inoperante como pueda parecer esta supuesta independencia, brexit ha logrado embarcar a los olvidados en ese tren que inculpa a los otrora enemigos europeos como causantes de sus males. Pero lo que realmente exuda brexit es una resaca post imperial, o post colonial, si se quiere. Hay una generación que contempla su historia pasada y se pregunta por qué ha llegado tarde a la fiesta, precisamente cuando las botellas están rodando por el piso.

De un tiempo para acá se había venido percibiendo un creciente aislamiento previo al muy discutido referéndum. Según el periodista irlandés Fintan O'Toole, a través de las encuestas se podía prever el perfilamiento de la identidad inglesa, en comparación con la galesa, escocesa o europea. Desde la lectura de esos resultados, él ha venido explicando la verdadera cara de brexit.

Así como hay un inglés que añora sus tiempos imperiales, hay otros que sienten culpa o algún conflicto a causa de ese mismo imperio. Sin embargo, mientras la cultura se repiensa, ya pueden verse las divisiones, y es responsabilidad de los políticos si la gente se une o se divide. En el siglo 17, el rey James I de Inglaterra propulsó la traducción de una biblia con su nombre, que permitió la paz entre distintas facciones religiosas. Pero no todos los políticos saben qué hacer con la historia frente a ellos. El hecho de que brexit ha sido polarizante indica mucha miopía y pobreza de espíritu de sus líderes. Tampoco ha ayudado mucho el discurso de la oposición, en su mayoría liberales, quienes ni siquiera han abordado el tema de la identidad. Están ellos comprensiblemente dedicados a los problemas de desigualdad y diferencia de clases, que no son pocos, pero están atascados: no logran ver más allá del habitual tema de las minorías y el victimismo.

Es una sociedad que tendrá que asumir las páginas venideras de la nación. A los orgullosos habría que recordarles sobre la guerra del opio, las masacres en la India y la creación de los campos de concentración por parte del imperio británico, no sin dejar de lado a los actuales círculos financieros. Como todos los imperios, deben parar cuando ya están acostumbrados a cometer crímenes. Por otra parte, a los ingleses en conflicto con su pasado imperial, tendrán que valorar aún más a esa Inglaterra que le lavó la cara al imperio. Muchos de ellos fueron y han sido gente sencilla, y es a ellos a quienes hay que tomarles la mano en estos días de sosiego para el país. Algunos más reconocidos, otros desconocidos, ellos erigieron esa cultura inglesa que le ha aportado bienestar y justicia al mundo. Uno de esos aportes, la joya de la corona, es su sistema legal, el mismo que ha estado en jaque a lo largo de estas semanas.

El palacio de Westminster es en este momento escenario de un choque de fuerzas. Hay quienes suponen que la actual crisis política y legal estriba en el hecho de que la constitución inglesa no es escrita. Sin embargo, ella ha funcionado por siglos, porque su premisa se basa en las costumbres y el sentido común de sus ciudadanos. Es decir, es un sistema que cuenta con la sincronía ciudadano-ley. Pero, a pesar de esas críticas, pienso que no hay constitución, ni escrita ni no escrita, que sea inmune a las maniobras de gobernantes capaces de torcerlas sin piedad.

Boris Johnson ha optado por prorrogar el Parlamento, es decir, paralizarlo por cinco semanas, cuando de acuerdo a la costumbre, ese es un evento inusual que no debe tomar más de 10 días. Está clara su intención de no rendir cuentas ni aclarar sus decisiones de gobierno. Se han iniciado ya consultas y querellas judiciales para cancelar esa prórroga, pero no hay casi posibilidades de éxito, y en todo caso sólo serviría como estrategia para informar al público. Incluso, hay quienes teorizan, que no hay nada en la ley inglesa que prohíba una paralización de meses o de años. Por supuesto, a ningún legislador sensato se le hubiese ocurrido normar cosa semejante. Por eso la necesidad de que las costumbres se impongan, lo que ha ocurrido en los últimos días. Las noticias de estos días reflejan esas demostraciones de fuerza de lado y lado.

La constitución romana también constituye un aporte para la humanidad. El emperador Calígula se burlaba del senado y amenazaba con nombrar a su caballo como cónsul. Quedó la leyenda como legado de la locura de un gobernante. Pero la lección romana sigue: sin resguardo y coherencia de un sistema legal, no hay imperio, ni nación, ni nada que valga.

Violetas imperiales

Al parecer hubo una impronta inglesa en la idea del Califato de los miembros de ISIS. Se dice que la idea fue iniciada por británicos árabes estudiados en las universidades de Londres. No es raro escuchar a los árabes decir que ellos iniciaron la civilización, y es ese su discurso post imperialista particular.

 

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