Ser maestro en la Venezuela de hoy es firmar una sentencia de morirse de hambre. “El primer ciudadano de la nación”, como pedía Simón Rodríguez, es hoy el último y por largo trecho.

@cjaimesb

Los países más desarrollados del mundo tienen entre sus profesionales mejor pagados a los médicos, los maestros y los policías: la salud, la educación y la seguridad. En Venezuela es vergonzoso lo que gana un maestro, y no ahora, sino desde hace muchos años. La diáspora de maestros es una de las más dolorosas y la que más caro nos costará como nación. Porque lejos de lo que cree Maduro -que no sabe nada porque no estudió- un maestro no se improvisa. Un maestro, además de años de estudio y preparación, tiene que llevar consigo largo tiempo de educación en valores y una mística incomparable.

El magisterio ha venido sufriendo una degradación incomparable a cualquier otra profesión. De hecho, ya nadie quiere estudiar educación. Hasta hace unos veinticinco años ya era una carrera “para el repele” como me comentó la madre de una bachiller recién graduada, quien quería estudiar Comunicación Social, pero su promedio era 11 puntos. “Estudiará educación”, sentenció la madre. “Es la única carrera donde la aceptan con esas notas”.

Pero ahora nadie quiere estudiar educación. Ni que los bequen. Porque ser maestro en la Venezuela de hoy es firmar una sentencia de morirse de hambre. “El primer ciudadano de la nación”, como pedía Simón Rodríguez, es hoy el último y por largo trecho.

Circulan rumores de que incorporarán a los participantes de la Misión Chamba Juvenil como maestros. No sé si será verdad, pero no me extrañaría, a la luz del deterioro del país. Los padres de los niños que asisten a las escuelas en barrios populares no tienen medida para comparar si un maestro sabe o no, si sirve o no, si educa o no. Los niños que aún asisten a las escuelas serán los conejillos de indias de esta historia, una nueva historia de dolor dentro del viacrucis nacional. En cualquier caso, aun no siendo cierto, la mayoría de los maestros buenos se han ido del país. Los buenos que quedan tienen dos, tres o más trabajos paralelos que les permitan sobrevivir, de manera que ocuparse de cuarenta o cincuenta alumnos se les hará cada vez más cuesta arriba y las víctimas -además de ellos- serán los niños, a quienes se les cercena el futuro de un solo guamazo.

Ya empezará el año escolar. Ojalá y por el bien de los niños -hacedores del futuro del país- salgamos pronto de esta pesadilla.

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