Es hora de curarnos de espantos y espantapájaros. En la revolución, el hierro, el aluminio, el oro, la gasolina, el efectivo, la comida, las medicinas, han pasado a ser parte del manejo ilícito.

“Los domingos amanecen muertos”. La frase del reconocido periodista Alonso Moleiro me parece da en el clavo en la descripción que hace de la querida capital de la república en su texto: “Caracas ha muerto”, que causó un cierto revuelo por su singular crudeza y que puede, en la percepción que tenemos, convertirse en una especie de franquicia de relatos -de la pasantía del curso revolucionario- sobre las ciudades venezolanas.

“Caracas es pasado. Nos recuerda momentos. En sus urbanizaciones, en sus panaderías, plazas, clubes, parques y bulevares se escucha, sobre todo, el eco de los que ya no están con nosotros”. Escribe Moleiro, a quien valoramos su agudeza, su precisión en las palabras; el criterio certero del análisis político de otros escritos cuando ha reseñado la debacle causada por la dictadura, proponiendo caminos sin estridencias, ni sinuosidades. Ahora, el enfoque de la ciudad desolada en sus apreciados detalles, adoración histórica vale decir del conjunto de los venezolanos, que centra atención en la recreación y múltiples posibilidades laborales, tiene de contraparte en una población como Ciudad Guayana o Ciudad Bolívar, que nos afectan por ser nuestros terruños directos, que estas poblaciones más que nichos para la diversidad de faenas, desarrollaron exclusivamente el espacio para la labor pesada, el trabajo que desapareció hoy como un todo de la narrativa cotidiana y de la incidencia económica. Para decirlo más claro: la zona del hierro siempre fue lugar para el esfuerzo obrero sin que mediara -fue su criticado defecto- espacio y momentos para el entretenimiento. Ciudad Bolívar, por su parte, siempre fue muy reducida en la actividad organizada de aprovechamiento de sus sitios para el recurso cultural, por ejemplo, o sus posibilidades turísticas.

Cuando los sidoristas ya no cantan

Así que la pesadilla actual para lo que fue contingentes de trabajadores de las empresas, mayoría amplia que aplaudió con total ingenuidad, por decir lo menos, los proyectos de la Guayana socialista, es encontrarse todos los días con el tobogán de la inercia que recrea ruinas de instalaciones, desaparición de la flota de autobuses que transportaban a la ruidosa masa de hombres y mujeres, la miseria individual y colectiva acelerada (que intentan ignorar, los que aún justifican el proceso, con gastadas consignas socialistas) además de tener en la memoria debido al hueco de sus bolsillos, los exabruptos de la “borrachera” revolucionaria (“así, así es que se gobierna”, mientras el ido para siempre comandante galáctico decretaba la estatización), alertada por muchas voces y que lógicamente dieron con la quiebra y la paralización de la industria y la vida -próspera, risueña y funcional- de la Guayana de años no tan lejanos.

La zona del hierro que se abría pasos para otorgarse los encantos urbanos con los añadidos de la naturaleza, fue arrasada. Y ahora es una ciudad paralizada, no tanto como la capital de Venezuela (el detalle es que a falta de servicio eléctrico en el país, el gobierno usurpador, la dirección del PSUV y sus aliados cubanos se vinieron a refugiar desde la ciudad de los techos rojos a la zona del hierro en búsqueda del confort que residualmente queda en Guayana a pesar de las penurias), pero es una población que da tropiezos con urbanizaciones, centros comerciales vacíos y barriadas hundidas en pobreza, conformándose como le permite el realismo de la resistencia y la porfía democrática, en otra identidad poblacional. De esta manera la industria pesada es casi un museo que sirve para el debate voluntarioso: ¡Recuperación ya! del proyecto de las empresas del hierro y aluminio en Bolívar, dicen unos, y otros, remachan discursos con la emoción que hace 30 años anunciaban liderazgos sociales novedosos, que ya de tanto uso (y congelamiento) se rompieron, dijera Roció Jurado. Es como lo afirma, interpreto, Alonso Moleiro sobre la capital: “Caracas pierde su hemodinamia. Se desconfigura su furia. Se achatan sus signos vitales. Se le van las vitaminas. Se extinguieron sus defensas”. Aquí, los sidoristas y el resto de los trabajadores no cantan; casi no comen.

El vaivén del final

Y claro si existe una región en Venezuela que conoce y ha sufrido la corrupción, el derroche y las mafias del poder político, es el estado Bolívar. Antes y en los últimos veinte años. Es hora de curarnos de espantos y espantapájaros. En la revolución, el hierro, el aluminio, el oro, la gasolina, el efectivo, la comida, las medicinas, han pasado a ser parte del manejo ilícito y de componendas que ha involucrado a funcionarios civiles y militares, a pequeños y grandes. La corrupción roja dejó sin hospitales a la región, sin materiales a las misiones de auto construcción y nuevas viviendas, sin acueductos y sin vialidad a los municipios. Las mafias han cobrado en posiciones políticas y en negocios donde parte del empresariado, representantes sindicales y partidos políticos han gozado de prebendas. El caso de Correo del Caroní, acusado y sentenciado en acción judicial por difundir, en obligación del periodismo crítico e independiente, información sobre operaciones ilegales de montos de millones de dólares para grupos de la sociedad regional y nacional. Es vivo ejemplo de los círculos del poder que luego han devenido en guerras y persecuciones entre ellos mismos. Todo es historia y esos cuentos retumban desde Los Pijiguaos, hasta Santa Elena de Uairén, comunidades que han visto desfilar chorros de dinero, mientras la pobreza es la constante de sus vidas. Basta, entonces, con el vaivén del cuento rojo de la “intervención imperialista”. El bloqueo, a estas alturas, es premeditadamente mental en afán de justificar la indecencia de no asumir la retirada que todos piden. Es ausencia de coraje en la que se esconden algunos todavía, para no acompañar el sentimiento mayoritario de iniciar el capítulo de la civilidad, propias en las sociedades de progreso que ahora nos parecen extrañas.

En Venezuela, con los días que pasan sin soluciones democráticas, todo se está convirtiendo en un panorama comatoso y cadavérico. No son los domingos como en Caracas, ni lunes o toda la semana como Bolívar o Zulia; son los años en pena con el vacío de los que ya se han ido o han muerto como lo expresa bien el periodista de nuestra cita. De allí el imperativo de la lucha sostenida. Para que renazca la vida, la libertad, la democracia y para que aprovechemos ahora la enorme oportunidad de empezar a superar el bloqueo de nuestras taras culturales e históricas.

Trocitos…

- En Maripa, capital del municipio Sucre, en el occidente del estado Bolívar -nos cuenta un vecino de los predios- ante la deformación de la economía, la ausencia de entidades bancarias y la dispersión de las cuantiosas comunidades de este abandonado más que ningún otro municipio guayanés, siempre se hizo el esfuerzo por contar con el efectivo que le permitiera las transacciones de la comida y las operaciones más sencillas. ¿Cómo lo lograban? Es de preguntar. Pero el efectivo se acabó y ahora cada quien carga su “grama” de oro en el bolsillo para comprar sus productos. ¿Cómo hacen para obtener las gramas y cómo se defiende el poblador que no las tiene? Vaya usted a saber.

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