El cierre de librerías nos condena al silencio y nos aísla en la sola angustia de satisfacer nuestras necesidades básicas.

Hay hecatombes cotidianas que pasan inadvertidas, sobrepasadas por las tragedias del hambre, la violencia, la falta de medicinas y la pobreza, pero que tienen por igual un impacto profundo en las almas de los hombres. Una de ellas es el cierre de librerías.

Recuerdo cuando llegué a la ciudad hace ya casi veinte años. Venía de otras regiones del país donde la cantidad de libros y librerías, en relación con el número de habitantes, superaba el promedio. Una de las primeras tareas que me impuse para conocer la ciudad, mi nuevo hogar, fue visitar sus librerías: Astrom, Las Novedades, La Latina, Las Paulinas, Pablo Papeles y una vieja y pequeña ubicada en el Centro Cívico fueron las que me dieron la bienvenida a esta urbe marcada por la industria y el comercio. No eran muchas, pero con ellas lograba saciar mi hambre de lector empedernido.

Luego, con los años, fueron abriendo nuevos establecimientos para la venta de libros: Tecniciencias, Librerías del Sur (antes Kuaimare) y muchos otros, brotaban por la ciudad como pasto luego de una abundante temporada de lluvia. Sin embargo, desde hace algún tiempo la sequía económica, alentada por la desidia moral y la corrupción de nuestros gobernantes, provocó que muchos de aquellos establecimientos cerraran sus puertas.

Hoy resisten unas pocas librerías, menos de las que encontré cuando era un recién llegado, y esta disminución es una tragedia que no se registra en los medios, ni convoca declaraciones ni marchas. Esta situación se nos ha convertido en algo normal en medio del caos de la hiperinflación y hay quienes califican como una estupidez el preocuparse por este asunto, cuando hay otros “más importantes”. La constancia de la desventura, la rutina del infortunio, ha hecho que normalicemos la crisis de las librerías, haciéndonos olvidar la íntima relación que existe entre el libro y el desarrollo social.

A más libros per capita impresos, vendidos y leídos, mayor es el nivel de desarrollo económico, social y cultural. Los libros amplían y densifican el caudal de nuestro lenguaje y este a su vez acrecienta vertiginosamente nuestros pensamientos. He ahí una de las maravillas del libro y la lectura, prodigio que ya había descubierto la psicolingüística, a saber que el lenguaje y el pensamiento son una misma cosa. Así como sea nuestro lenguaje, así será nuestro pensamiento. Y con un lenguaje pobre, deficiente, solo podemos tener un pensamiento pobre y deficiente.

Es tan cierta la relación entre el lenguaje y el pensamiento, avizorada ya por Kraus, Wittgenstein o nuestro Rafael Cadenas, que la preocupación constante por el fomento de la lectura llega hasta la medición de las palabras que puede dominar un ser humano. En el contexto de un hablante español, se ha determinado que una persona que no tiene el hábito de la lectura, que a duras penas lee solo los mensajes de las redes sociales y algunas breves notas de la prensa, puede dominar entre 300 y 500 palabras de las más de 300 mil aproximadamente que constituyen el universo de nuestro idioma español. Una persona que lee mucho, cotidianamente, puede dominar entre 2 y 4 mil palabras.

La psicolingüística ha ahondado en la cantidad de palabras que pueden aprender los animales. Un experimento peculiar, descrito magníficamente por Carl Sagan en su libro Los dragones del Edén, demostró que un chimpancé, a través de la lengua de señas, podía llegar a dominar entre 300 y 400 palabras, con la posibilidad además de crear nuevos vocablos, frases y significaciones. Es decir, el chimpancé empleó la misma cantidad de palabras que el no lector. Ahí radica una de los beneficios de la lectura y los libros: nos hacen más humanos y nos aleja de la animalidad pura. A mayor cantidad de palabras, mayores y mejores pensamientos y por ende, más humanos.

Por esta razón en México y en Brasil se ensayaron hace muchos años ya algunos ingeniosos proyectos de alfabetización y fomento de la lectura, en los cuales los policías solo podían ascender en sus cargos si demostraban haber leído algunas obras de la literatura universal, y los presos podían disminuir su condena si leían varios libros al año. Si se cree en realidad en los beneficios de la lectura, si de verdad se acepta que el libro redime, entonces hay que sopesar seriamente estas propuestas.

El cierre de librerías nos condena al silencio y nos aísla en la sola angustia de satisfacer nuestras necesidades básicas. Para decirlo con palabras prestadas, cada librería que cierra representa uno de aquellos males sordos que Emil Cioran denunciaba como la insistente e invisible gota que cae sobre nuestras cabezas y se convierte, sin avisarnos, en una demoledora tortura:

“No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el tiempo”.

Cuando la tragedia nacional sea un amargo recuerdo -espero que sea pronto- quizás echemos de menos las librerías y nos pongamos a la tarea de abrir nuevos caminos a los libros. Por lo pronto, intentemos quitar la sordina a todos nuestros males.

Otras páginas

- La maleta de mi padre. Así se titula el libro de Orhan Pamuk que reúne tres de sus discursos: La maleta de mi padre (pronunciado al recibir el Nobel en el 2006), El autor implícito (leído en el 2006 por haber ganado el premio Puterbaugh y En Kars y en Frankfurt (del 2005, al recibir el premio de la Paz de la Unión de Libreros Alemanes). Estos textos, amenos y profundos, hablan de las ideas que el autor turco tiene acerca de la literatura, de su amor por los libros y del oficio de la escritura y de sus consecuencias políticas. Editado por Mondadori en el 2007, La maleta de mi padre es una indispensable lectura para quienes tienen a los libros y a la literatura como parte fundamental de sus vidas.

- El polvo sobre los libros. “Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo”. John Steinbeck.