El acto bestial de la patada contra unas flores me obliga a pensar en la desensibilización acumulada de los guardias venezolanos. Siempre dispuestos a cualquier acción de extrema crueldad.

Pocas veces visto tan salvaje y brutal espectáculo, que convierte a las flores en objeto de una descomunal furia verde oliva. Creo que a las damas de blanco les han arrebatado las gladiolas en varias oportunidades y los esbirros locales no dudan en copiarlo. Y es que los cuerpos represivos de los regímenes comunistas tampoco soportan la fuerza simbólica de las flores, en cuya naturaleza está la fugacidad de las cosas, incluidas las tiranías, porque nada es para siempre como dice la canción.

Desde la óptica militar hasta un ramo de flores puede ser visto como una afrenta, una provocación o una conspiración, por lo cual puede ser pateado con toda la ira y el odio que acumulan estos miembros de los órganos represivos bolivarianos. Solo faltó el tiro de gracia en los pétalos, carpelos, estambres y pistilos para que los dolientes vieran hasta dónde están dispuestos a llegar estos sujetos con armas, para hacer respetar las órdenes de sus superiores. A quienes obedecen ciegamente, y de paso se hacen visibles a los ojos de esos que perpetran las listas de ascensos y homenajes por los servicios recibidos.

Todos hemos visto cómo la sensibilidad de ese ser social que es el humano se expresa con el simbolismo de las flores. Por eso en cualquier parte de este planeta la gente se siente en libertad de dejar testimonio de su dolor, frente a la muerte de sus congéneres. Con más razón si se trata de crímenes que siempre son injustificados, inexplicables e inesperados, como ocurre casi a diario, allí donde el terrorismo islámico despliega sus acciones criminales. Los ramos son dejados en el lugar de la tragedia por seres anónimos, y hasta ahora no he visto que ningún uniformado las patee con tanta fiereza. Y es que hasta en eso la calculada “originalidad” de los uniformados vernáculos resulta insólita.

El acto bestial de la patada contra unas flores me obliga a pensar en la desensibilización acumulada de los guardias venezolanos. Siempre dispuestos a cualquier acción de extrema crueldad, cuyo objeto pueden ser un ramo de rosas o un documento que también recibe brutales coces, una vez que ha sido destruido -sin leerlo- por parte de estos uniformados a quienes se les han confiado las armas de la patria.

La verdad no me parece algo menor. Lejos de eso resulta sintomático, primero de la condición humana de los sujetos que ingresan a estas instituciones, y segundo, dice mucho de la ¿formación? a la que los someten en esas academias militares. Me pregunto si hay vocación en los individuos que ingresan, voluntariamente, a estas organizaciones tan corporativistas, incluso, en democracia. Los códigos en sistemas dictatoriales son diferentes, porque es obligatorio alinearse ideológicamente y mostrar absoluta lealtad a la élite dominante.

En este caso alinearse es alienarse y mucho más cuando se trata de un Estado policial, con su consabido “estado general de sospecha”. Obvio, reina la paranoia entre los enchufados cupulares, y la desconfianza y el sigilo son un lugar común en sus peligrosas y amenazantes relaciones. Ya quisiera ver por un huequito cómo se cuidan y resguardan -nos de los otros- los cabecillas de esta tiranía. Juegos de trono en vivo y en directo, que desbancaría a la mejor serie de Netflix.

Pienso en todo esto mientras trato de explicarme, también, cómo la maldad puede propinar tanto dolor -mediante la tortura- a otro ser humano, Hasta dónde llega la indolencia ligada con el cumplimiento del deber, y cuándo se traspasa ese umbral para internarse en los fangosos terrenos del sadismo más abyecto: que golpea, azota, hiere, flagela, varea, sacude al infringir todo el martirio posible contra la humanidad de un individuo, seguramente, amordazado y amarrado.

Para tratar de entender lo anterior recurro al doctor Michael Stone de la Universidad de Columbia, quien creó la “escala o índice de maldad”. Ha descrito 22 tipos de criminales. Los ubicados en los últimos lugares -por ser los más crueles y letales- tienen a la tortura como su elemento esencial. Me pregunto ¿dónde situaremos a los asesinos del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo?

Agridulces

No dejo de pensar en la puntería de quienes hicieron de la cara de Rufo Chacón un blanco, impactada por 52 perdigones que lo desfiguraron y dejaron ciego, No quedó un milímetro de su rostro sin la huella de la represión desplegada por estos esbirros.

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