Pensar y estudiar las literaturas regionales, para los defensores de la literatura universal, es una pérdida de tiempo que termina por fragmentar la totalidad del arte.

A veces me da por pensar que habito un universo paralelo, una realidad alterna de esas que nos describen los físicos y las películas de ciencia ficción, y supongo que en mi país hay democracia, prosperidad, se castiga a la corrupción, los servicios básicos funcionan, se respetan las libertades y solo las ganas de hacer y la educación son suficientes para emprender cualquier proyecto. Aunque la realidad me recuerde constantemente lo contrario y ponga obstáculos a la esperanza, trato de imaginar algunos trabajos que haría de vivir en ese país de fantasía. Dos de esos proyectos serían crear una colección de libros de autores y temas guayaneses y, el otro, redactar una historia de la literatura regional.

Una tarea depende de la otra y por ello ambas deben pensarse simultáneamente. No es posible escribir una historia sin una selección previa de obras y tampoco es imaginable compendiar obras sin criterios axiológicos, epistemológicos e históricos que guíen esta labor. Dicho de otra manera: ¿cómo redactar una historia de la literatura guayanesa sin tener un inventario de las obras y, a su vez, cómo compilar las obras de la literatura regional sin reflexionar acerca de lo que los habitantes de la región Guayana han entendido a lo largo de los siglos por literatura?

Sé que el término “literatura regional” tiene algunos detractores. Quienes así piensan, se sienten más atraídos por una idea universal de la literatura, a la manera del Weltliteratur de Goethe, y argumentan que los escritores se nutren del amplio repertorio de obras del mundo, sin discriminar geográficamente sus lecturas, emocionándose por igual de una obra japonesa, rusa o hispanoamericana. Pensar y estudiar las literaturas regionales, para los defensores de la literatura universal, es una pérdida de tiempo que termina por fragmentar la totalidad del arte.

Pero la literatura no funciona desde esa idílica y artificial perspectiva. Una obra solo se realiza desde un autor y lector concretos, arraigada a una lengua y a un territorio, elementos que le dan sentido particular. Édouard Glissant, el teórico soñador del Caribe, ya lo había advertido: “Nunca debemos hablar de literatura universal. De existir, sería abstracta y sin contenido, a fuerza de querer desprenderse de todo arraigo territorial, de todas sus particularidades. Lo universal es, en realidad, una sublimación de lo particular”.

He oído decir a algunos estudiosos de la gastronomía que la cocina venezolana es la sumatoria de las cocinas o despensas regionales. Quizás no podamos decir lo mismo de la literatura. Pareciera que en esta polémica entre una perspectiva regional, nacional y universal de lo literario, la reflexión y recuento de lo local no ha tenido la atención requerida. Empañadas por los brillos y oropeles de la capital, los estudios sobre literatura regional no han logrado superar la imagen de ser curiosidad de cronistas y faena de inconformes quienes ven en el canon cultural nacional una incompleta lista de obras y autores.

A pesar de ello, variadas tentativas por historiar la literatura de las regiones han visto luz en nuestros predios. Así, la mayoría de los estados del país cuenta con un estudio que ordena su producción literaria y, en el caso específico del estado Bolívar, uno de los primeros fue el realizado por José Manuel Agosto Méndez en 1936 con un ensayo titulado Letras vernáculas, en el cual se propuso, según dice el mismo autor en el subtítulo de la obra, una “rápida ojeada sobre la literatura en Bolívar, los prosadores, los poetas, la mujer guayanesa escritora, periodismo y centros literarios, recitales poéticos”, y culmina con una pregunta que nos remite de nuevo al tema de este artículo: “¿ha contribuido la literatura regional al esplendor de la venezolana?”.

Aunque muchos de esos recuentos de la literatura regional no llegan a ser propiamente una historia, sirven de peldaño para otear el pasado de nuestra literatura y, además, con sus ausencias y olvidos, permiten imaginar hoy día una posible y necesaria historia de la literatura regional, acorde con las nuevas perspectivas de la ciencia histórica y de los estudios literarios.

Realmente las historias de la literatura regional son necesarias y sirven de complemento a las miradas más amplias de la literatura nacional y universal, cuales matrioskas de la literatura, sirviendo así de piedra de toque para que lo local no se desvanezca ante las ofertas uniformizantes de una cultura global. Nos hace falta una historia de la literatura regional que sea espejo de nuestros sueños y angustias, de nuestros cantos y diatribas, consciente de los vaivenes del país y del mundo, para poder afirmar, como lo hizo José Manuel Agosto Méndez, que “entonces sí se habrá escrito con legítima propiedad la historia de nuestras bellas letras”. Una ingente y necesaria tarea por realizar.

Tal vez no haya que esperar a ser miembros de una mejor sociedad para emprender estos proyectos; al contrario, quizás estos trabajos formen parte de los caminos que nos conduzcan a aquel deseado país de fantasía.

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 -¿Cuál es el libro más caro? Es el llamado Codex Leicester o Codex Hammer, un manuscrito de 72 páginas elaborado por Leonardo Da Vinci entre los años 1508 y 1510 que contiene diversos apuntes y dibujos sobre astronomía, hidráulica, geología, meteorología, paleontología, notas autobiográficas, relatos de viajes, entre otros. Su último comprador fue el conocido desarrollador informático y empresario Bill Gates, quien el año de 1994 adquirió el libro en una subasta por el monto de 30.802.500 dólares.

-El libro de la semana. El escritor venezolano Ednodio Quintero publicó en el 2013, bajo el sello de la editorial Bid & co, un estudio sobre la literatura japonesa, en especial de la obra de Junichiro Tanizaki, que lleva el atractivo título de Tanizaki, el paradigma, En este texto, producto de un proyecto de investigación realizado en Japón entre los años 2006 y 2007, busca destacar la relevancia de la obra de Tanizaki dentro de la literatura nipona. Explica el propio Quintero la intención de este ensayo: “El dilema que quisiera plantear es el siguiente: si un ser inteligente venido de otro planeta quisiera saber qué narrador japonés le puede dar la imagen más completa, rica, acabada y compleja de la sociedad japonesa del siglo XX, ¿qué le responderíamos? Yo, dentro de lo limitado de mis conocimientos, no tendría ninguna duda. Colocaría a Junichiro Tanizaki en un primerísimo lugar”. Un valioso ensayo que sirve de amena introducción a la literatura japonesa.

 -La peor de las opciones. “Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos”. Ray Bradbury.

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