Doña Bárbara tiene aún mucho por decir, y allí radica su condición de obra clásica. Cada vez que un lector pasa sus ojos por las líneas de un libro, en ese instante reelabora la obra que ha abandonado el primer autor.

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Durante mis años de bachillerato llegué a oír por casualidad acerca de una tal doña Bárbara; pero, para qué negarlo, eran más importantes para mí en aquel entonces los partidos de fútbol, las canciones de Charly García y la forma de hacer que Hermelinda, la de cuarto B, se fijara en mi existencia. Y si hago memoria de las obras literarias sufridas en el colegio, las que van de la Ilíada a Cien años de soledad, pasando por el Quijote y el Popol vuh, el saldo resultante no termina siendo alentador para la pedagogía. Este fugaz recuerdo del bachillerato y mi relación con la literatura hace emerger en mí algunas preguntas, quizás sin solución inmediata, que me cuestionan hasta el sufrimiento: ¿ayuda la educación en el fomento y gusto por la lectura? ¿Tiene sentido estudiar literatura en el bachillerato? ¿Qué significa estudiar literatura? ¿Para qué leer Doña Bárbara? ¿Puede Doña Bárbara decir algo a los jóvenes de hoy?

Doña Bárbara tiene aún mucho por decir, y allí radica su condición de obra clásica. Cada vez que un lector pasa sus ojos por las líneas de un libro, en ese instante reelabora la obra que ha abandonado el primer autor. La literatura se reescribe permanentemente y quizás por eso Doña Bárbara aún no lo ha dicho todo. No existe, por lo visto, obra definitiva... “Los clásicos, diría Fernand Braudel, no son clásicos sino a este precio: ser capaces de hablarnos de nosotros mismos, de obligarnos a pensar en nosotros mismos, no importa lo lejos que se encuentren del tiempo y las tempestades que vivimos”.

Doña Bárbara tiene aún mucho por decir, pero fue convertida en lectura obligatoria, y no hay peor error educativo que juntar esas dos palabras en una misma frase. Los profesores, todos aquellos quienes tenemos por oficio el hablar de libros ante otras personas, deberíamos abandonar el trabajo de embalsamadores, de taxidermistas de lo literario, y poner el empeño en dar vida a los vínculos que pudieran nacer entre los deseos e intereses de los jóvenes y las palabras que les aguardan en las obras. Lamentablemente, con sus honrosas y escasas excepciones, la educación no ha ayudado en este punto. Un breve paseo por los manuales de literatura utilizados en el bachillerato nos dará la razón. Si revisamos el libro Lengua y Literatura de Raúl Peña Hurtado y Luis Rafael Yépez, o Información y muestras de literatura de Izquierdo y García, o cualquier otro manual del mismo pelaje, conseguiremos a Doña Bárbara despachada en 6 o 10 preguntas que vencen el ánimo de cualquier joven lector:

1. Señale las características de la novela regionalista.

2. Señale personajes principales y secundarios.

3. ¿Qué significa la expresión: “¡Alazano tostao, primero muerto que cansao!”…

Luego de semejante interrogatorio sobre aspectos accesorios, ajenos a lo que hace de Doña Bárbara una obra del arte literario, la novela de Gallegos queda indemne, virgen, como si más importante que leer la obra fuese el responder las preguntas del tedioso cuestionario del manual. Tan cierto es que me atrevería a afirmar que la mayoría de los bachilleres que pasamos por la aulas venezolanas recordamos haber oído de ella pero, leído completa, nunca. Respondimos las preguntas, pero no conocimos la novela.

Si el profesor del bachillerato hubiese tomado la valiente actitud de dejar a un lado el manual y hubiese prestado más atención a sus estudiantes, seguramente las preguntas habrían sido otras:

1. Reescribe la historia de Doña Bárbara. Puedes incluir zombis, vampiros o contextualizarla en el espacio exterior o en la Venezuela de hoy.

2. ¿Cuál de los personajes de la novela te gustaría ser?

3. ¿Cómo te imaginas que son los rebullones? Haz un dibujo de ellos…

Cuando ya estuve a salvo del bachillerato y divagaba ahora entre las opciones que tomaría para mis estudios universitarios, Doña Bárbara apareció libre de la carga de tarea escolar y comencé su lectura sin cuestionarios, ni guías, ni manuales. La experiencia fue maravillosa. Logré reconocer en ella mi realidad, y algunos de sus personajes, ahora de carne y hueso, los veía cotidianamente deambulando por las calles y dando declaraciones por la prensa y la televisión. Hoy, Doña Bárbara ocupa un lugar entre mis libros favoritos. Recurrentemente vuelvo a sus páginas buscando imágenes, valores, actitudes y juicios que puedan guiar mi presente.

La historia de un ser humano que mantiene su integridad ante la desgracia; un sujeto que defiende familia, honor y leyes por encima de toda apetencia personal es lo que Doña Bárbara nos ofrece. Qué bueno sería que los maestros abandonen su tarea de embalsamadores y hagan que la literatura sea la materia más interesante y útil de todas. Que logren ahuyentar a los rebullones terribles del fastidio por la lectura.

Otras páginas

- El primer libro en la Luna. En la columna de la semana pasada pregunté a mis lectores acerca cuál había sido el primer libro en llegar al espacio exterior. La profesora Nellys Medina Castillo, de la Universidad de Guayana, me hizo llegar este enlace (http://esmateria.com/2013/02/24/el-hombre-que-llevo-la-biblia-a-la-luna/) que cuenta la historia de John Scout, reverendo y científico de la NASA quien microfilmó la Biblia para que uno de los astronautas del Apollo XIV, en 1971, pudiera llevar en su equipaje más de cien ejemplares en un pequeño paquete del tamaño de una caja de cigarrillos. Dicen que estas biblias lunares son muy valiosas y se subastan por más de cincuenta mil dólares. Gracias por el dato, profesora Nellys.

- El libro de la semana. En el conjunto de voces que forman parte de la joven poesía venezolana, la de José Miguel Navas es un delicado susurro al que hay que prestar atención. Autor de varios poemarios, este valerano nacido en 1992 atesora la valiosa virtud del esmero en el trabajo con la palabra y la búsqueda de la profundidad en la idea. En el poemario La rosa abstracta, publicado en el 2015 por el grupo editorial Negro Sobre Blanco, Navas trasvasa al lenguaje poético el drama de una mujer que ha sido diagnosticada con cáncer de mama. Una representación poética de la mujer enferma y las transformaciones en sus roles de madre, esposa y amiga. Esto es lo que le aguarda al lector en este valiente y hondo poemario.

- La soledad que acompaña. “La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación profunda entre los seres humanos”. Paul Auster.

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