Hay quienes hablan de una virtuosa memoria de los pueblos y la exaltan como un bien incuestionable. Sin embargo, las sociedades olvidan, más de lo que deberían, y terminan por tropezar irremediable con las mismas piedras.

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La memoria tiene algo de colcha de retazos. Un trozo de tela que se cose a otra, de distinto tamaño y color, hasta formar un homogéneo relato de lo que somos. Una pequeña tela que se une a otra, a otra y a otra…

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La antigüedad grecolatina dio una gran importancia al tema de la memoria. En la Odisea, por ejemplo, se cuenta la historia de los comedores de loto. Odiseo y su tripulación, en su regreso a Ítaca, fueron arrastrados a un desconocido territorio donde habitaban los lotófagos. Estos curiosos seres dieron de comer loto a los viajeros, planta que se dice tiene la propiedad de hacer perder la memoria. Al olvidar su patria, los compañeros de Odiseo decidieron quedarse y no continuar el viaje. A la fuerza, y llorosos, fueron arrastrados de vuelta a las naves. Recordemos también la historia de Mnemosina, diosa de la memoria, quien se dice además madre de las Musas. El que las artes sean hijas de la memoria quizás sea el antídoto para nuestros males de lotófagos: la literatura, la música, la pintura, el teatro, la danza, el arte todo, señalan el camino para huir de la nación de la desmemoria.

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Sigmund Freud, Henri Bergson Gustav Mahler, Marcel Proust, Ítalo Svevo, entre otros, desde el psicoanálisis, la filosofía, la música y la literatura, emprendieron una reflexión acerca de la memoria y sus efectos en el destino del individuo y la humanidad. Este auge del tema de la memoria que se llevó a cabo entre 1880 y 1914 sirvió de preludio a las guerras mundiales, como una advertencia acerca de lo que podría ocurrir si cortamos los hilos que nos atan con lo que somos. Quizás las guerras sean producto del olvido y la preocupación por la memoria no sea más que un anuncio inconsciente de un peligro por venir.

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En 1925 Maurice Halbwachs, sociólogo y psicólogo francés, acuñó el término “marco social de la memoria” para referirse a las condiciones que facilitan los contextos para recuperar ciertos contenidos y formas del pasado. La memoria, para Halbwachs, no es nunca una reconstrucción fiel y exacta del ayer. Al contrario, siempre es un relato, una construcción que se amolda a las exigencias del presente y cuenta una versión parcial de la realidad. Es como el mapa y el territorio: el mapa, una representación del espacio, es siempre una trama reducida de lo circundante. La memoria, mapa del ayer, simboliza un punto de vista que silencia o relega al olvido las otras posibles perspectivas. Para minimizar los conflictos entre las versiones, los miembros de una sociedad se ponen de acuerdo, quiéranlo o no, en esos relatos comunes de la historia, relatos a los que llamamos identidad y cultura.

Halbwachs murió a los 66 años, confinado en un campo de concentración alemán. ¿Cuál habrá sido el signo de sus últimos recuerdos?

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Por estos días Alternativa Para Alemania (AfD, según sus siglas en alemán) ha hecho una propuesta al Parlamento para que se reduzcan los contenidos sobre el exterminio nazi en los planes de estudio. Argumenta el partido populista de derecha que el constante trabajo de construcción de imagen negativa sobre el pasado hace que los jóvenes sientan vergüenza y culpa por su propio país. No conforme con ello, la AfD ha propuesto además reducir los presupuestos para memoriales y museos que muestran, según afirman los miembros y seguidores de este partido, el “supuesto” horror del holocausto. La propuesta es hacer del olvido una política.

Museos, monumentos, memoriales, libros, documentales, películas, entrevistas… Cada pequeña acción cuenta para que no repitamos los mismos errores.

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Hay quienes hablan de una virtuosa memoria de los pueblos y la exaltan como un bien incuestionable. Sin embargo, las sociedades olvidan, más de lo que deberían, y terminan por tropezar irremediable con las mismas piedras. Basta con un ejemplo de nuestra historia: el dictador Marcos Pérez Jiménez, quien huyó de Venezuela el 23 de enero de 1958 por las valientes protestas de la sociedad venezolana, y quien dejó tras de sí una sangrienta estela de muertes, torturas y corrupción, fue elegido nuevamente senador de la república por votación popular a tan solo diez años de haber sido derrocado. Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia de esos años invalidó su elección. Pero la historia no termina ahí. En las elecciones presidenciales de 1973 el dictador Marcos Pérez Jiménez fue candidato, aupado por una considerable popularidad. Solo la intervención del Congreso Nacional, que tuvo que hacer una enmienda a la Constitución para inhabilitar políticamente a las personas juzgadas con más de tres años de pena, logró sacar a Pérez Jiménez de un posible triunfo electoral.

No; los pueblos no tienen una memoria prodigiosa.

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Los expertos hablan de una especie de memoria selectiva para explicar la idea de que hay cosas que se recuerdan nítidamente y otras que son desechadas a la papelera del olvido. Dicen que recordamos fácilmente las experiencias que han sido significativas y eliminamos los recuerdos de los episodios violentos y negativos con la intención de resguardar nuestra salud. Tal vez eso no sea suficiente para explicar lo sucedido al escritor José Vicente Abreu. En sus novelas testimoniales Se llamaba S.N. (1964) y Guasina (1968), Abreu denuncia los años de tortura y represión de la dictadura perezjimenista y el infierno vivido en los campos de concentración de Venezuela. La respuesta de los jóvenes lectores venezolanos de esos años fue la de la incredulidad. Afirmaban que los campos de concentración venezolanos eran producto de la fantasía de viejos soñadores que buscaban fama y reconocimiento: “Los camaradas jóvenes no quieren creer que Guasina existió y que yo estuve allí… No creen ni en mis cicatrices”. Los jóvenes de los años 70 no creyeron en Guasina.

¿Los jóvenes de las próximas décadas serán cautelosos para mantener el recuerdo del Sebin y el Helicoide?

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Una colcha de retazos. Una pequeña tela que se une a otra, a otra y a otra…

Otras páginas

- En la maleta del astronauta. Mucho se ha hablado acerca de los objetos que han acompañado a los astronautas en sus viajes espaciales. Se dice, por ejemplo, que han llevado juguetes, instrumentos musicales, amuletos para la buena suerte… pero nada he oído acerca de libros en la maleta del viajero espacial. Un interesante tema para un artículo sería acerca del primer libro que ha traspasado las fronteras del espacio exterior. Si alguien sabe, le agradecería el dato.

- El libro de la semana. La descomposición social venezolana ha sido tema común en la literatura de las últimas décadas. Autores como Alberto Barrera Tyszka, Eduardo Sánchez Rugeles, Héctor Torres, Miguel Gomes, entre muchos otros, han representado la debacle social, cultural, económica y política de nuestro país como un argumento imposible de ignorar. Soy de los que creen que la ficcionalización permite observar los problemas desde otros ángulos para intentar superarlos, así como lo ha hecho la literatura colombiana con el narcotráfico y la violencia. Además de los autores antes mencionados, José Miguel Roig vendría a formar parte de este grupo de escritores venezolanos que representan la anomia social de nuestros tiempos. Su libro Demencia (qué mejor título para estos años), es un interesante compendio de dos novelas y cuatro cuentos donde los individuos son endebles hojas a merced del caos y la corrupción. Publicado en el 2015 por Oscar Todtmann Editores, es una interesante lectura que de seguro llenará de asombro y angustia a quienes se atrevan a acercarse a sus páginas.

- El lenguaje erotizado. «Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje». Octavio Paz.