Una iglesia es una iglesia. Según las escrituras, si un templo llegara a derrumbarse, en tres días se podría levantar. Eso lo sabe cualquier cristiano. Porque pasa que una iglesia está hecha del espíritu de los feligreses, y así lo entendió Jesús, quien era de Galilea y por eso hablaba con propiedad.

Una iglesia es una iglesia. Según las escrituras, si un templo llegara a derrumbarse, en tres días se podría levantar. Eso lo sabe cualquier cristiano. Porque pasa que una iglesia está hecha del espíritu de los feligreses, y así lo entendió Jesús, quien era de Galilea y por eso hablaba con propiedad. A diferencia de la ciudad de Jerusalén donde si existía un templo, no se podía decir lo mismo de Galilea ni de otras regiones de la Israel de su tiempo. Los hallazgos arqueológicos han determinado que el pueblo galileo en tiempos de la ocupación romana, era sencillo, muy oprimido, trabajaba casi todo el día, pagaba tres impuestos, y era en la plaza pública donde se congregaba para sus devociones.

Todo lo anterior viene al caso porque el concepto de templo está muy claro en el cristianismo como ciudadanía. La gente que aparece acercándose a la catedral de Notre Dame con sus rosarios en mano, debe haber tenido eso en mente cuando presenciaban el incendio. Saben, que quienes construyeron esa iglesia lo hicieron con devoción y guiándose por planos que conocían de memoria pues venían desde muy adentro de su visión del mundo y su cultura medieval.

Que después del siglo 19 haya sido tratada la catedral como monumento nacional y se le hayan hecho trabajos arquitectónicos de valor, como el de la aguja, ya eso habla de ella como escenario excepcional de la historia de Francia. Había servido su prestigio como palestra para el poder y desde esa doble función se explican las previsibles contradicciones.

La polémica alrededor de las donaciones y las declaraciones del presidente francés Emmanuel Macron pueden entenderse si se parte de esa dualidad inherente a la catedral. Quizás abriéndose paso contra los discursos estruendosos sobre los pecados y el fin de los tiempos, el señor Macron responde con el lenguaje técnico científico sobre la propiedad de los materiales y la entropía, para espantar cualquier manejo político contrario a su gestión. En su llamado a la unión de los franceses, su concepto de Notre Dame es el de un monumento, no una iglesia. Y pasa, que eso último tampoco se puede borrar de un plumazo.

El problema político estriba en que Notre Dame es una iglesia, ella representa también a una comunidad que se debe a una tradición ética y de creencias religiosas. Y en eso, no se diferencia de la iglesia de los pemones de San Rafael de Kamoirán, ni de ninguna otra iglesia.

Polémicas por las donaciones multimillonarias siempre las va a haber, son inevitables. El lanzamiento de una sonda o un satélite para un planeta, un asteroide, los costosos esfuerzos por salvar una obra de arte, siempre esas empresas van a tener detractores. No hay forma de persuadir a cierto público. Pero lo de Notre Dame es distinto porque, aunque no se pueda negar la importancia de reconstruirla como Patrimonio, es una iglesia. Y la gente si no sabe, sospecha, que la moral cristiana está fuera de la ecuación.

Hay opiniones variadísimas en la prensa internacional sobre los astronómicos aportes para la restauración de la catedral. Hay quienes se han referido a ella como “ese edificio” para marcar un contraste con lo que consideran una exagerada erogación de dinero de unos millonarios a quienes les importa poco casi nada la salud social y política de su país.

Si esas fabulosas fibras provienen de tesoros escondidos en paradisíacas islas fiscales, hay que considerar la donación de estos multimillonarios como reconocimiento. Por cierto ¿cómo queda esta gente en comparación con otros “multimillonarios”? Porque en esos mismos paraísos fiscales donde se ampara la evasión fiscal, también se esconde la más nefasta corrupción del planeta.

Sin embargo, pienso que ante esa celeridad de escribir sobre la noticia, se pueden perder de vista algunas aristas. La prensa responsable debería aprovechar la oportunidad para presionar a las autoridades y dirigir la atención hacia los espacios olvidados. Ya que el gobierno va a contar con ingentes cantidades para la catedral, puede ahora, por ejemplo, hacer lo suyo e invertir en Marsella donde creció Zinedine Zidane. Se ha criticado que Marsella ha estado en las mismas condiciones desde que su hijo dilecto apareciera en el estrellato. O ayudar a niños en vecindarios como aquellos donde vivió Kylian Mbappé.

No se puede tener todo. Debería el gobierno de Francia, como otros gobiernos democráticos, recibir más dinero por los impuestos de los multimillonarios en general. Sería eso más sano en vez de aparecer subordinados, agradeciéndoles tanto por sus donaciones electorales y sus chequeras resueltas para la causa patriótica.

Pero que no le quede la menor duda a cualquier crítico de esta jornada francesa: cuando Notre Dame abra nuevamente sus puertas, anoten esto en la agenda, entrarán en ella Francois-Henri Pinault junto a su esposa Salma Hayek; Antoine Arnault con Natalia Vodianova. Porque la bendición de la Catedral de Notre Dame no es cualquier cosa. De ella bebió Napoleón.

Ocurrirá, aunque la gente sencilla siga pagando impuestos de los que sabe y los que no sabe para mantener a poderosos y mafiosos de todo orden. Por eso vale alzar una oración a Jesús de Nazareth: “Está fuerte esta perdedera, señor, ilumina mi camino”.