En 20 años de socialismo revolucionario el derecho penal ha sido la guillotina y el cadalso para silenciar a cualquiera que moleste, perturbe, incomode, irrite o impaciente a la casta privilegiada, dueña de un botín llamado Venezuela.

El caso Afiuni es la demostración de cómo se cuecen las habas en la (in)justicia comunista. Lo primero es dejar sentado, con meridiana claridad, que la justicia es la que dicta el déspota, y los jueces solo cumplen las órdenes provenientes de Miraflores, que a su vez obedece el designio imperial que se impone desde La Habana. El cuerpo de leyes que aparece en libritos y folletos con sus -capítulos y artículos- y que son estudiados en las facultades de derechos de las universidades son rigurosamente inútiles, cuando un tirano es quien decide todo, siempre de acuerdo con lo que le salga de las entretelas de sus bajas pasiones.

En dictadura estudiar derecho carece de sentido. Lo recomendable es bajarle la santamaría a todas esas facultades que enseñan derecho romano, civil, constitucional, mercantil, et al. Quizás solo sea necesario el derecho penal para los jueces-esbirros, cuya tarea esencial es encarcelar a todo aquel que se atreva a rozar la delicada sensibilidad del tirano, Porque estos tipos tienen una piel muy tierna, audición selectiva y visión aguda, como la de las aves rapaces, para abalanzarse sobre la presa y convertirla en papilla con una rapidez inusitada.

En 20 años de socialismo revolucionario el derecho penal ha sido la guillotina y el cadalso para silenciar a cualquiera que moleste, perturbe, incomode, irrite o impaciente a la casta privilegiada, dueña de un botín llamado Venezuela, lo que incluye la vida y la muerte de quienes habitan en ella.

Por eso, cuando la jueza 31 de control dictó una sentencia que turbó al tirano de Sabaneta, este en cadena nacional le impuso treinta años de cárcel a María Lourdes Afiuni, Esa que cometió el delito capital de liberar al banquero Eligio Cedeño, encanado por mandato real del difunto eterno. Cedeño, hay que decirlo, no era un preso cualquiera. No sé si lo de banquero es un oficio o una profesión, en todo caso él era dueño de una entidad bancaria. Esto es el símbolo más representativo del capitalismo salvaje, enclavado en el socialismo del siglo XXI.

No dudo que Cedeño, de los primeros enchufados, hizo sus negocios con la macolla en el poder. Este joven y apuesto banquero se codeó con la realeza socialista -recién instalada en palacios, mansiones y casonas- después de ganar las elecciones de 1998. No tardó en enredarse, en relaciones peligrosas, con una de las princesas y allí empezó su desgracia. La ruptura de la pareja fue el punto de partida de su descenso a los infiernos, pues lo hizo pasar de exitoso banquero a reo del comunismo.

El expediente de Eligio Cedeño cae en manos de la jueza M.L. Afiuni, quien estudia el caso y decide darle libertad bajo fianza. Este, una vez libre huye de Venezuela, porque conoce muy bien a quien fue su suegro y sabe que lo perseguirá hasta enchironarlo nuevamente. En este momento empieza el viacrucis de la doctora Afiuni. Cedeño queda libre y ella es señalada y sometida a los más terribles vejámenes. Todo está documentado en el libro del periodista Francisco Olivares La Presa del Comandante.

Eso que llaman poder judicial convirtió a la jueza Afiuni en víctima para complacer a su verdugo. Dentro de la cárcel fue maltratada, vejada, humillada, ultrajada, violada y despreciada como ser humano y como mujer. Dudo que a un juez de sexo masculino le hubiese ocurrido algo semejante. Su testimonio muestra hasta dónde puede llegar la miseria humana para satisfacer la sed de venganza de un poderoso. Mientras en el calabozo se ejecutaba un plan cruel y macabro contra el cuerpo, el alma y el espíritu de esta jueza, sus colegas posponían con total impiedad un juicio que no se iniciaba nunca. Esta tortura empezó en 2003 y estamos en 2019, y es ahora cuando se dicta la sentencia, con los argumentos más revolucionariamente rocambolescos que, sin duda, quedarán para la historia de esta tragicomedia socialista.

Los esbirros, incluidos en la nómina del aparataje judicial del régimen, no pudieron probar delitos pecuniarios, por lo que recurrieron a la inventiva de la Fiscalía, que desde los tiempos de Luisa Ortega Díaz ya había bautizado el crimen cometido por Afiuni. Corrupción espiritual fue llamado por la exfiscal y así lo confirmaron los jueces del horror. Ahora bien, hasta las piedras del campo saben que aquel delito no existe en el código penal, pero en revolución eso es lo que menos importa.

Agridulces

Las palabras cambian, se empobrecen y devalúan en revolución. Terrorista no significa lo mismo para un europeo que para la macolla castrocomunista. Para los primeros, ETA, el Chacal y el estado islámico son terroristas, porque asesinan a inocentes en cualquier lugar. En tanto, que para la cúpula que destruye a Venezuela todo disidente o adversario es terrorista, pero la FARC, Hezbolla o el ELN son aliados y se les protege.

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