La diferencia ahora entre un Guaidó, ciertamente crecido, estriba que ni hay los saboteos internos, ni los obstáculos agresivos y sangrientos del Estado-partido-gobierno de la revolución.

Al salir del espacio de migración en Maiquetía, el pasado 4 de marzo el presidente de la Asamblea Nacional y presidente de la República (e.), Juan Guaidó, atravesó con las condiciones que imponen las naciones a las fronteras del siglo XXI, el límite de su Rubicón, que en el año 49 a.C., Roma con el cónsul Pompeyo le impuso a Julio César como restricción. ¿La suerte está echada? La respuesta desde la construcción del actual proceso de rescate del orden constitucional venezolano parece indicar con creces que sí. La constelación de acontecimientos diversos de veinte años de autoritarismo y persecución, de amargas caídas, errores, numerosas víctimas y recomposiciones de los factores opositores y la sociedad, va apuntalando a un no retorno claro. Visto lo acontecido con la entrada del diputado Guaidó, tiene que valorarse, que el presente momento de Venezuela teniendo el importante elemento del fervor popular no está atado para su éxito al torrente de la emocionalidad colectiva, ni a la disciplina de bajo perfil que han mostrado, gracias a Dios, nuestros desmejorados partidos políticos (con los devaneos de egos y afán de figuración) y aunque el elemento del respaldo de la comunidad internacional como se evidenció en el aeropuerto, con el significativo número de embajadores que se apersonaron, más la laboriosidad anónima presente en estos países, es fuerza significativa; lo determinante, el pilar fundamental, es el dominio del imperio de la ley (no imperial como lo vociferan los personeros congelados en los arcaicos manuales revolucionarios) que permite los énfasis jurídicos y políticos para que el poder legítimo (AN y presidente interino) ensanchen el alcance práctico en función de la operatividad democrática y de gestión, enrumbando al tejido social venezolano a la normalidad institucional que proporcione los pasos de soluciones concretas a la pesadilla que vivimos.

Ley del estatuto para la transición remoza ejercicio político

“Los venezolanos sufren graves carencias materiales y el cercenamiento radical de todos sus derechos, incluidos los políticos. El socialismo real los ha sometido a la persecución, al caos y a la miseria. Frente a esta situación emerge la necesidad urgente de regresar a la democracia constitucional. En este sentido los valores superiores que inspiran el presente estatuto ‘son la vida, la libertad, la justicia y la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social, la supremacía constitucional y, en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político’ (artículo 5)” ESTATUTO QUE RIGE LA TRANSICION A LA DEMOCRACIA PARA RESTABLECER LA VIGENCIA DE LA CONSTITUCION DE LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA. EXPOSICION DE MOTIVOS.

El vicerrector de la UCAB Guayana, Arturo Peraza, s.j., en interpretación acertada sobre este instrumento legislativo, lo calificó de acuerdo político similar al Pacto de Punto Fijo, por supuesto con los rasgos inherentes a la coyuntura y la realidad venezolana del presente. De allí parte la explicación del entramado de factores que hacen posible el desarrollo de los últimos acontecimientos y las acciones del liderazgo político desde la Asamblea Nacional y con Juan Guaidó en papel estelarísimo. Las líneas trazadas desde el espíritu del Estatuto para la Transición, condicionan los pasos claramente hacia la consecución de objetivos medibles, como se supone es el desarrollo de esta actividad, solo que en el burocratismo anquilosado de la vieja política, los vicios y distorsiones prematuras en que han caído las organizaciones más jóvenes, se olvidaron esos preceptos, estableciéndose el bochinche, causante de tantos fracasos. La diferencia ahora entre un Guaidó, ciertamente crecido y otros esfuerzos donde los venezolanos realizaron igualmente grandes movilizaciones nacionales, estriba que ni hay los saboteos internos (recordar iniciativa del siempre esforzado Henrique Capriles con el referéndum que de parte de los factores opositores mereció la suma de una gama de propuestas alternas, para ver cuál tendría aceptación), ni los obstáculos agresivos y sangrientos del Estado-partido-gobierno de la revolución.

Por los momentos, y esto a nuestro parecer consolida esperanzas y euforias en el ánimo popular, la conducta la ejemplariza este parlamentario joven, preparado, sin poses, como ya se ha apuntado en la observación de los analistas, que no muestra la imagen de CARGA, asociada al desfase gritón, la denuncia escandalosa o de aquellos otros especialistas en maniobras bajo las sombras para consustanciarse con el poder político socialista; o a los más innovadores que centran su dominio en mirar fijamente las cámaras para exhibir sonrisas de comercial dentífrico, diluyendo la justicia de necesidad del cambio. Agregándose, de tales características, la debilidad o inexistencia de un fundamento que como el Estatuto para la Transición Democrática, en esta coyuntura otorga una gran profundidad y consistencia. Por cierto que a propósito de modelos de líderes, por estos días, el joven periodista de Guayana, Germán Dam, hurgaba, con enorme razón, sobre las curiosas y recientes apariciones en momentos estelares de la exitosa ruta de la AN, de alguno de nuestros diputados por la región, que más que los otros es notorio, nunca ha tenido aporte significativo en tareas, planteamientos o logros en función de esta población. De allí que la estructura de un plan político e institucional sea hoy presagio de conductas más consustanciadas con el tiempo global; remozadas visiones de servicio público y de compromisos con luchas sociales para el logro de la libertad. Además, el pacto político se hace conciencia mayoritaria en la sociedad venezolana, que espera el desenlace de las tropelías revolucionarias teniendo presente con esmerada paciencia (que no es poca cosa) las apremiantes circunstancias económicas y sociales, y pendiente, por igual, de las convocatorias a las gigantescas movilizaciones.

Desafío ancho y grande

Hablamos del estado Bolívar. Contextualizar y hacer local el pacto político nacional a semejanza de la Ley del Estatuto para la Transición Democrática. Consensuar desde la diversidad y la presencia múltiple, ideas, propuestas y programas: Organizar el debate ancho y grande para la toma de decisiones, que por lo demás desde ámbitos académicos se cuentan con numerosos documentos (la larga trayectoria del Foro Guayana Sustentable de la UCAB Guayana, es recurso único en aportes). El rostro del estado Bolívar actual no es la fea presentación de ciudades abandonadas, con el desmantelamiento de logros alcanzados con la que se inauguró sobre todo la zona del hierro. La cara de Guayana no son nuestras poblaciones ahora trastocadas en campamentos y negocios mineros. Tampoco el rostro lo constituye el repetido discurso populista; el mensaje obrerista extraviado en la nostalgia del grito de portón, ni por supuesto el afán reivindicativista, como eje de propuestas. El rostro de Guayana entera proyectada al porvenir es esa expresión de una sociedad creativa, crítica y sin amarres con mitologías, extremismos y camisas ideológicas. Muy por demás, emparentada con el sentido de la modernidad, donde florecen opciones económicas grandes y pequeñas, condicionadas por el esfuerzo, la decencia y reconocimiento de la justicia que es patrón de las nuevas generaciones, levantadas en las últimas décadas. Sociedad plural de múltiples organizaciones ciudadanas y renovadas agrupaciones partidistas. Identidad del estado Bolívar, sin CARGAS de profundidad, nacida del entendimiento de la transición.

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