“Poesía que nace cantada” es también la de Yordano. Impregnada de temas y motivos de la calle nocturna, del amor en sus múltiples matices, de la alegría y la tristeza del vivir.

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A riesgo de terminar siendo víctima de algunas de las hordas de escritores y críticos que defienden enfebrecidamente su tradición, yo le daría el premio nacional de Literatura al cantautor Yordano di Marzo.

Aún puede olerse en el ambiente la pólvora quemada por el Nobel de Literatura otorgado al músico estadounidense Bob Dylan, discusión que iba de la pugnaz afrenta a las instituciones, como síntoma del declive de los valores del gran arte -decían–, al chiste fácil de un posible galardón a Ricardo Arjona o a Juan Gabriel. Sin embargo, la nuez del asunto había quedado indemne.

La posibilidad de entender a la literatura como un discurso que puede adoptar diversos medios para su difusión, más allá de la página impresa, de la sola letra despojada de otro tipo de signo, es un argumento que en los últimos años ha venido tomando fuerza gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías y al acceso instantáneo hacia las diversas manifestaciones culturales del mundo. Auscultar lo propio desde la diferencia nos ha servido para ampliar los límites de nuestro quehacer.

Esta idea de entender las canciones como parte del repertorio de la literatura no es reciente. Ya en 1965 Idea Vilariño, crítica y escritora uruguaya, publicó un libro titulado Las letras de tango, donde analizó, como si se tratara de textos poéticos, la estructura, el lenguaje, los temas y motivos de este género musical sudamericano. Destacaba Vilariño, en alguna de las casi trescientas páginas del libro, la relación entre la letra y la melodía, que no se puede soslayar si se desea comprender a plenitud la intención estética de la canción: “No está demás prevenir al lector acerca de la desventaja en que se ven estas letras al presentarse separadas, despojadas, de su música. Falta aquí esa complicidad esencial que las une indisolublemente. Se dirá que si fueran muy buenas lucirían de todos modos. Y no; ésta es poesía que nace cantada, al servicio de una música y contando con esa música. En todos los casos se puede estar seguro de que la canción real es mucho mejor que su descarnada palabra en el papel”.

Poesía que nace cantada es también la de Yordano. Impregnada de temas y motivos de la calle nocturna, del amor en sus múltiples matices, de la alegría y la tristeza del vivir, en la obra de Yordano se hace patente una nueva versión del amor urbano que recuerda en parte la renovación poética que propuso “Tráfico” y “Guaire”, grupos literarios caraqueños de la década de los años ochenta y del cual formaron parte escritores como Rafael Castillo Zapata, Miguel Márquez, Yolanda Pantin, Igor Barreto, Alberto Márquez, Rafael Arráiz Lucca, Armando Rojas Guardia, Alberto Barrera Tyszka, Armando Coll, entre otros, y que buscaban nuevas palabras y temas más cercanos al sentir de nuestros tiempos, una poesía que viniese de la calle y fuese hacia la calle. Para decirlo de otra manera, actualizaron el software artístico de la sensibilidad.

Quizás Colina, otro de los cantantes de esa generación a la que pertenece Yordano, podría explicarnos mejor esa puesta al día del decir poético que ocurrió durante los años ochenta: “Yo no podría cantarle a una vaca, como Simón Díaz, porque las vacas solamente las veo en documentales por la televisión, en películas del Oeste o en alguna cuña de leche en polvo, y eso no puede inspirarme una canción. En cambio el tránsito, las calles, el desempleo y la angustia me pertenecen totalmente”. Esta confesión de Colina, tomada del libro de entrevistas de Néstor Francia y Alfredo Cabrera, publicado en 1986 y que lleva por título Déjame que te cuente... Conversaciones con Yordano, Colina, Franco de Vita e Ilan, es suficientemente elocuente para entender las razones del intento de sincronización del discurso poético a las preocupaciones y dilemas de las nuevas generaciones.

Lo que trata de decirnos Yordano, y que ningún otro cantautor había dicho antes con tal belleza y sencillez, es que el discurso amoroso cortés, el que nos acompañó con el bolero durante décadas, ya no servía para registrar las vivencias ocurridas en el nuevo contexto urbano. La imagen empleada en la canción Vivir en Caracas, acerca de una pareja de enamorados que lucha contra las adversidades de una ciudad violenta y desalmada, resulta terrible y luminosa:

“Dame un cuchillo para cortar el aire y besarte

Si me siento pesado es por el plomo que llevo en la sangre

En ríos de fuego, de acero, de vida y de tiempo

Que van sin remedio a tumbas que llegan al cielo

Donde se brinda, con llanto de miles sin ira

Como la vida, les pasa de largo y nos deja ir

No me importará morir

No me importará morir”

       

 

 

 

 

 

 

 

 

La naturalidad de sus canciones, que lo emparenta con la poesía conversacional, y la ráfaga de imágenes y melodías que describen con originalidad el despecho, la felicidad del amor, el erotismo y la nocturnidad de los bares en canciones como Hoy vamos a salir, Manantial de corazón, Días de junio, Perla negra o Aquel lugar secreto, son una muestra más que suficiente para que Yordano sea candidato al premio nacional de Literatura.

Después de Yordano, el amor y la literatura no fueron lo mismo.

Otras páginas

- Otras últimas palabras. La semana pasada transcribí algunos epitafios de escritores. La curiosidad por conocer aquel último texto que pensaron los autores para adornar sus propias lápidas puede resultar en un interesante tema de investigación. Hoy les muestro otros epitafios. Virginia Wolf (1882-1941), la reconocida escritora inglesa, se suicidó llenando con piedras los bolsillos de su vestido para luego arrojarse al río. Antes de hacerlo dejó escrito el siguiente texto, que puede leerse hoy en su tumba: “En contra tuyo volaré / con mi cuerpo invencible e inamovible, / ¡oh muerte!”. El poeta inglés John Keats (1795-1821) pidió que se agregará una sola frase a su lápida, pero sus amigos añadieron una nota explicativa: “Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: ‘Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua”. El autor del poema El cuervo, el estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), dejó esta breve frase que lo resume todo: “Dijo el cuervo: nunca más”.

- El título más largo. Hay escritores que gustan de los títulos extensos, desmesurados, y optan por llenar de palabras y más palabras las carátulas de los libros, para desgracia de bibliotecarios y diseñadores. El escritor que ha logrado emplear más palabras como título de un libro ha sido, por los momentos, S. Subramonian, quien el año 2007 publicó un libro sobre la vida de Daniel Radcliffe, el actor que interpretó el papel de Harry Potter. El título contiene 1.022 palabras, comienza con “Daniel Radcliffe, la historia de un niño no tan común elegido de entre miles de aspirantes” y termina con “quien dejó que muchos más laureles fueran bendecidos con su corona real de la fama”.

- Escribir sobre cabeza de alfiler. “Yo siempre he hecho mía una frase muy bonita de William Faulkner, creo que en aquella conferencia a los cadetes de West Point, donde les decía que lo que pasaba era que él era un mal novelista y por eso escribía tan largo; si fuera mejor novelista escribiría mucho más corto; si fuera muy, muy buen novelista, escribiría relatos de veinte páginas; y si fuera extraordinario escribiría cuatro versos sobre una cabeza de alfiler”. Ángel Rama.

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