Juan Guaidó es un paso fundamental en la recuperación de la república democrática, lo que no va a ser ni será la vara mágica sobre la que descargar el desastre que vivimos.

Sin que quede duda, nuestra nación está en un momento estelar en la cruzada  por la recuperación de la libertad, pero sobre todo de la mágica esencia democrática.

En esta cruzada, los partidos tradicionales han sufrido más allá de lo que han hecho. Hablamos de daños propios y extraños.

Todas las frustraciones y culpas de estas dos décadas se las han endosado con intereses y embargo de legitimidad a los partidos.

Nos hemos olvidado de que los partidos son conformados por humanos y que esos seres son proclives a perder los escrúpulos y caer en el juego hamponil de los cazarrentas de siempre. Acuérdense de que la habilidad y la inteligencia siempre han estado más al servicio de la oscuridad que del bien colectivo.

Sabemos del muñequeo y del lobby para lo consecución del poder. Muchos políticos andan en ese juego, y por supuesto tienen sus financistas. Por estos días he visto en TV a un Juan Guaidó flanqueado por un diputado de la banda de los gorriones, pero más atrás, en la pasada campaña electoral a gobernadores (2017), fue uña y sucio del  gobernador en función de nuestro sur, el  que dejó una amarga sensación de impotencia y frustración pues voló con las alforjas repletas a la tierra de los charros y dejó a sus adláteres operando su rentable franquicia.

Allí está el diputado, envalentonado porque su partido tiene la sartén por el mango y ya la gente en medio de la euforia que nace del triunfalismo se le olvidó su pasado gorrionero y sus alianzas estratégicas. Gracias a Dios pudimos parar sus andanzas en el estado Bolívar, pero ahora está cabeceando duro en el propio centro de nuestra vida política.

Todos andan sacando cuentas y sobre todo repartiendo lo que no tienen. Patético papel que la gente de a pie percibe y por supuesto en medio de tanto porrazos en el camino los sabe ubicar.

Los venezolanos hemos sufrido nuestra nación y sabemos a estas alturas que han sido cuatro bandas de delincuentes sobre las que recae la tristeza y tragedia de nuestra nación. Los que dieron paso al chavismo al destruir la república democrática, trepadores y cazarrentas hoy agazapados  dirigiendo el circo desde la oscuridad. Chávez y su invento del siglo XXI; sus herederos y los cohabitadores y sulfiadores electorales de oficio.

Volviendo a los  payasos del  circo: hay los envalentonados, sacando pedigrí y lomo perdigonero. Hay los incoherentes y estúpidos, parecidos a un gobiernero sin  cepillarse la jeta  mañanera. Pero hay los que empujan un carro de esperanzas vacías, y a esos hay que temerles porque son capaces de destruir sueños.

El Estado moderno que vivimos hasta finales de los 90 del siglo XX era una taza de oro. Sucia, empañada, pero de oro de alto kilate.

La taza la dejamos perder por frustraciones colectivas y por una dirigencia política irresponsable, pero sobre todo corrupta, consorciada con los operadores del cazarrentismo petrolero mimetizados en los negocios banqueros y de exportación, los que nunca han jugado limpio en la sustitución de importaciones y otras estafas bien articuladas para ellos quedar bien y descargar sobre los torpes políticos las culpas.

Pues bien, esas prácticas todavía persisten y la idea es decirle no al cazarrentismo.

No todo es tragedia. Hay algo saludable en el ambiente: los venezolanos de a pie empezamos  a diferenciar el polvo de la paja. Ya sabemos ubicar a los jodedores de la democracia y de la libertad, y sin que queden dudas, en estos momentos esos bagres boñigueros de siempre están revueltos con las guabinas, por lo tanto hay que ser implacables porque son los que destruyen los ejes políticos de edificación ciudadana. Echárselos a los buitres es lo ideal para limpiar el campo de la guerra.

Nuestro proceso político de construcción republicana desde 1830 hasta hoy ha sido accidentado, lleno de hoyos oscuros, lleno de sangre heroica e inocente. Somos una nación gloriosa, lo digo con responsabilidad histórica, que se levanta siempre sobre sus cenizas, como el Ave Fénix y sin que nos quede duda, estas dos décadas de desacomodo estructural nos está enseñando lo infinito y oscuro del error, pero sobre todo a tratar de conseguir el acierto en colectivo.

Esto quiere decir que avanzamos a una sociedad de responsabilidad ciudadana. El carro hay que llevarlo hasta allí después de triturar al engordado populismo centenario.

Para finalizar, es hora de dejar la cursilería  diseñada estúpidamente en los laboratorios de la perversión política. Juan Guaidó es un paso fundamental en la recuperación de la república democrática, lo que no va a ser ni será  la vara mágica sobre la que descargar el desastre que vivimos. El caos es tarea de todos resolverlo. Los hilos los sostiene Guaidó, pero los movimientos de abajo pertenecen al colectivo, a la sociedad. El coro mayor es de los ciudadanos, cero los pescuezo liso. Entendiéndose como la suma de voluntades y sobre todo de solidaridad, una cruzada de amor real es lo que necesita nuestra nación, no el cultivo de impulsos sin destino, cursilería estéril.

Nuestra nación está llamada a seguir marcando espacios en la pizarra de la historia. Siempre he visto las dos décadas pasadas como una equivocación de la que hay que aprender una dolorosa realidad: como destruir en 20 años una de las naciones más prósperas del planeta.

Ahora les toca a los ciudadanos. Fuera la cogollocracia. Fuera los cazarrentas. Hacia la construcción republicana.

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