Martes, 23 Enero 2018 00:00

Hace 20 años alguien advirtió que la democracia no se rescataba con caudillos

 
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La conquista del 23 de enero fue de las más significativas de la historia nacional: la democracia La conquista del 23 de enero fue de las más significativas de la historia nacional: la democracia Foto cortesía

@marcosdavidv

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Tipo listo al fin y al cabo, ya olisqueaba Luis Castro Leiva lo que había en el ambiente en 1998: la necesidad colectiva de un caudillo y un caudillo que se nutría de esa necesidad. Hambre y ganas de comer.

Por eso, invitado como orador de orden para la conmemoración de los 40 años del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez (hasta entonces el último dictador que tuvo Venezuela), el abogado, historiador y filósofo afiló sus palabras para lo que podía ocurrir.

Hacía más o menos una década que en Venezuela se maceraba la antipolítica, aquella idea sin sustento de que la política es sucia por su propia naturaleza y no porque ciertos individuos la mancillan.

Esa idea fue la que le desmalezó el camino a la idea de un rescatista. Los vericuetos de la historia determinaron que un tipo famoso desde el 4 de febrero de 1992 se erigiera, seis años después, como la encarnación del caudillo que reclamaba la sociedad venezolana.

Y vaya paradojas: ese caudillo llegó al poder gracias al sistema democrático que él mismo denostó abiertamente en la campaña. Pero el 23 de enero de 1998, hace 20 años, ese sujeto no tenía el poder. Castro Leiva advirtió lo que podía venir. Y ese día, en una tribuna de oradores del extinto Congreso y ante el presidente de entonces, Rafael Caldera, se adelantó a lo que vendría, como lo sabemos dos décadas luego.

“Tal parece haber llegado a ser la percepción moral de la política como oficio y de los políticos como sus profesionales que muchos piensan que a pesar de todo lo que aquí humanamente se pueda hacer para expresar la soberanía legalmente -que es bastante e importante- ya no vale la pena que se siga haciendo. Estos pensamientos desdeñosos de la democracia representativa, hechos por la alquimia levantisca y demagógica de caudillejos, nos dicen que es necesario reinventar una democracia directa de las masas. Y nos dicen, además, que hay hacerlo fuera de este lugar. Este sueño anarquista consiste en que cada quien lleve su silla de congresista -su curul- como quien lleva una loncherita para manducarse la república y formar, en un acto de participación política instantánea, una especie de guarapita cívica, la voluntad general de todos”, dijo, casi de entrada.

Punto Fijo en la memoria

Hubo una enfermedad que describió Castro Leiva: la enfermedad de la irresponsabilidad cívica de delegar soluciones en una sola persona. Nuevamente, la necesidad del rescatista.

“La sociedad ha entronizado como creencia para caracterizar, denigrando, la idea de la política y la seriedad de su práctica. Digo que es la sociedad la que los ha creado porque es esta sociedad -la que tenemos- la que concibió estos prejuicios, la que los ha hecho propios y ajenos, la que tira la piedra de su moralismo y esconde la mano de su responsabilidad (…) Y es que el desprecio de la política es un hecho social demasiado grueso y negligente como para pasarlo por alto; demasiado ominoso para no verlo a la cara”.

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Castro Leiva: la voz de aquella advertencia desesperada
 

La condena de la democracia, para el orador de esa mañana, fue, más que reflejo de resentimientos e inconformidades, manifestación de la inusitada pereza ciudadana para la comprensión del entorno y, por tanto, negación de sí.

¿Cuál fue la consecuencia? Nada menos que la desvalorización del poder real de la expresión mediante el voto y el principio de la debacle de una república que avanzaba, pese a los errores, hacia la civilidad de un sistema descentralizado y, por lo tanto, garantizador del ejercicio real de ese poder ciudadano.

“Se nos devolvió, el 23 de enero de 1958, el sentido de nuestra vergüenza hasta entonces perdida en la indignidad de una dictadura más. Nos vino devuelta a través del poder del sufragio y de los partidos”.

Rodaba por esos días, en el discurso del caudillo de marras, la necedad discursiva de que el Pacto de Punto Fijo fue el secuestro de la soberanía por parte de tres monstruos y no la base de la estabilidad política de los 40 años siguientes. A ello, Castro Leiva le puso también el ojo.

“(Fue) el Pacto de Punto Fijo la decisión política y moralmente más constructiva de toda nuestra historia: no un “festín de Baltazar”, ni un pacto entre mafiosos. Fue la construcción racional del camino para pasar de un voluntarismo político sectario a la realidad de la división del poder político como condición necesaria, nunca suficiente, para el funcionamiento de la democracia representativa consagrada en la Constitución de 1961”.

Estaba el país a tiempo

Habló Luis Castro Leiva sobre la amenaza. Tal amenaza venía envuelta en el bonito papel de regalo de la tentación: “La tentación más grande que nos acecha es que por no hacerla tan próspera y productiva como debiéramos venga la creencia autoritaria montada en el caballo de un gendarme necesario a ponernos de rodillas para darnos de comer (…)¿Qué celebramos hoy entonces? Mi respuesta es simple y mi dolor grande: celebramos el olvido”.

Recalcó y machacó que los 40 años de democracia, tan vapuleados entonces, tan añorados ahora, habían tenido un denominador común: los gobiernos de los civiles.

“¿Es que acaso, carajo, no vamos a respetar algún día el significado de nuestros muertos civiles? ¿Es que no hay manera de gritar que sí hay y tiene que hacerse patente a la conciencia cívica la diferencia moral y política, de naturaleza sustantiva, que hay entre la paz de Páez, de Monagas, de Guzmán Blanco, de Crespo, de Castro y Gómez, de Pérez Jiménez y esta otra paz que comenzamos a labrarnos hace cuarenta años aquel 23 de enero de 1958? ¿No nos hemos ahorrado acaso la tragedia y comedia a la que ha llegado la Cuba revolucionaria, esa Esparta tropical cultora de su comandante? ¿De cuál redención hablará ahora el hombre nuevo de la revolución cubana cuando lo que queda de él, cercado, escucha el evangelio de la idea de hombre más vieja de la tierra, vestida de santidad y prendida al trueno de una voz que parece un suspiro y que le enseña a todos los cubanos -y también a los norteamericanos- que los valores de la paz y del espíritu son los de la esperanza?”.

Lamentó que el “espíritu del 23 de enero lo guardábamos demasiado bien en la desmemoria (…) odiar la fuente de nuestra identidad política colectiva, odiar nuestra república como forma de vida en común y escupir la democracia, que es metafóricamente su espíritu, es infligirle afrenta a nuestra propia identidad personal”.

A Castro Leiva no se le escuchó. Más bien, 11 meses después, en elecciones, se celebró con desvergüenza la vuelta al caudillismo. Hoy, 20 años después, la democracia, ese esfuerzo que costó muertos por millares, ha quedado reducida a nada. Y ya Pérez Jiménez no es el último dictador.

“La democracia es algo positivo, pero que por ello se permita uno denigrarla es más que una afrenta, es sencillamente una imbecilidad. Y es que esa misma cultura política que produce el desprecio de la democracia cultiva una pareja adoración por la personalidad autoritaria y por el romanticismo de asonada, real o imaginario, que luego arrima mansamente a la sombra de un paternalismo de Estado”.

Concluía, no sin cierto desespero: “La paz de la democracia es un bien inestimablemente mejor que el de cualquier forma de opresión organizada… Evitemos que otra vez tengamos que celebrar el olvido”.

No se evitó. Castro Leiva murió al año siguiente. No alcanzó a ver que aquello que alertó en su discurso fue realidad en cuestión de poco tiempo.

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