Jueves, 05 Mayo 2016 00:00

Degollina de los misioneros del Caroní

 
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Degollina de los misioneros del Caroní Foto Juan Bautista/panoramio.com

Cuando se creía que los misioneros no pasarían de ser meros presos políticos a los que finalmente se castigarían poniéndolos de vuelta a España, aparecen degollados en masa sobre una laja cercana al pueblo de la Misión de San Ramón de Caruachi.

A2 AmericoEl 7 de mayo de 1817, 20 frailes capuchinos y dos legos presos en el Templo de San Ramón de Caruachi, al poniente de Upata, fueron degollados sobre una laja, quemados y lanzados al río Caroní. Con este hecho tan sanguinario como innecesario, quedaron liquidadas en Guayana las Misiones del Caroní durante más de una centuria y se propagó la leyenda del Tesoro fraileño.

A partir de 1817, cuando entró en Guayana el ejército patriota para restablecer la República, todos los pueblos misioneros tomados por las armas quedaron sin sus frailes protectores porque unos -la mayoría- resultaron presos y el resto se alejó de la persecución. Los presos fueron 20 religiosos y dos legos, todos trasladados y encerrados en el Templo de San Ramón de Caruachi, por considerar los patriotas que siempre estuvieron al lado de los realistas, eran sus principales proveedores y ejercían gran influencia sobre los puntos poblados más importantes del territorio.

Pero cuando se creía que los misioneros no pasarían de ser meros presos políticos a los que finalmente se castigarían poniéndolos de vuelta a España, aparecen degollados en masa sobre una laja cercana al pueblo de la Misión de San Ramón de Caruachi.

La degollina ocurrida el 7 de mayo de 1817, justamente al mes de los sucesos de la Casa Fuerte de Barcelona (7 de abril de 1817), ha sido considerada como venganza por lo que los realistas hicieron allí cuando asesinaron a ancianos, mujeres, niños y enfermos que en ese lugar se refugiaban. Venganza o no, lo cierto es que ha sido siempre condenado por la conciencia pública como un hecho tan sanguinario como innecesario, indigno de la causa republicana.

Relatan las crónicas que el primero de los misioneros en caer con la cabeza cercenada fue el padre Marino de Parafita, fundador de la misión de Nuestra Señora de Tumeremo; seguido de José Antonio de Barcelona, encargado de la misión de Santa Clara de Yavaragana; Diego de Palúa, de la iglesia Purísima Concepción de Caroní; Matías de Tibias, San Félix; Jerónimo de Badalona, Santa María de Yacuario; Luis de Cardedén, San Isidro de Barceloneta o La Paragua; Josef de Valls, San Francisco de Altagracia; Celso de Reus, Nuestra señora de los Dolores de Puedpa; Ramón de Villanueva, Divina Pastora del Yuruary; Miguel del Getru, Santa Elulalia de Merecuri; Ildefonso de Matero, San José de Leonisa de Ayma; Fidel de Hospitales, Nuestra Señora del Rosario de Guasipati; Joaquín de San Vicente de Llavanera, Barceloneta; Esteben de Sabadell, San Ramón de Caruachi; Ángel de Barcelona, San Antonio de Upata; Valentín de Tortosa, Upata, y Honorio de Barcelona, Santa Magdalena de Currucay, más los enfermeros Antonio de Say y Marian de Triana. Uno a uno dice que a la luz del día cayeron decapitados sobre la piedra caliente de Caruachi, incinerados luego y lanzados finalmente al río.

¿Cómo se llegó hasta este hecho realmente monstruoso? ¿Por orden de quién se ejecutó y hasta dónde la responsabilidad del padre José Félix Blanco, administrador de las misiones y del teniente coronel Jacinto Lara, quien un día antes del funesto suceso había sustituido al oficial piarista, capitán Juan Camero, del mando militar de las misiones?

     
 

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En su libro Orinoco, Río de Libertad, el escritor colombiano Rafael Gómez Picón, al referirse al hecho, expresa que lamentablemente fue parte del turbión de la guerra. No estaba la época ni para conservar prisioneros de tan evidente peligrosidad ni para entrar a discutir con la calma debida la suerte que debían correr. Además de que estaba muy fresca la feroz degollina de patriotas en la Casa Fuerte de Barcelona, ocurrida pocos días antes, en la que no sólo perecieron sus 700 defensores, sino más de un millar de personas que se habían refugiado allí, sin excluir mujeres, niños y ancianos. Por otra parte, la tenebrosa presencia de Morillo y la fama de que tan justamente estaba rodeado, como verdugo insaciable de los patriotas de la Nueva Granada, acrecentaron la exacerbación.

En el primer volumen de su libro Upata, el escritor y diplomático Carlos Rodríguez Jiménez califica la acción de armas contra los indefensos misioneros, como “acción lamentable, de una innecesaria crueldad de las muchas cometidas antes y después de ese día por patriotas y realistas. El caso de los misioneros capuchinos concentrados en Caruachi es uno de los tantos incidentes que hacen aborrecibles las guerras y claman por el reinado de la justicia y la concordia”.

Al historiador Manuel Alfredo Rodríguez no le cabe duda de que los misioneros capuchinos recluidos por los patriotas en el Templo de Caruachi, recibieron una muerte cruel y que la responsabilidad del degüello colectivo recae en el teniente coronel Jacinto Lara y el capitán Juan de Dios Monzón, quienes por disposición del Cuartel General reemplazaron el 6 de mayo al oficial piarista capitán Juan Camero en el mando militar y político de Caruachi.

En su libro Bolívar en Guayana, MAR señala que los religiosos fueron ejecutados a orillas del Caroní por la guarnición de indios armada para el caso con sables y lanzas. Posteriormente se incineraron los cadáveres y los restos calcinados fueron echados al río.

Visto 7564 veces Modificado por última vez en Martes, 10 Mayo 2016 01:11

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