Victoria o nada

 
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Messi estuvo sólo que nunca en el partido final de la Copa América Centenario. Foto Conmebol.com Messi estuvo sólo que nunca en el partido final de la Copa América Centenario. Foto Conmebol.com

Vivimos en una sociedad donde se valora desmesuradamente el triunfo y cualquier derrota es criticada ferozmente, haciendo gala de duros calificativos, ya sea en las redes sociales-factótum del despellejamiento diario de las más connotadas figuras del deporte, la farándula y la política en general-, o en los medios de comunicación.

La semana pasada tuvimos una muestra de ello cuando en la final de la Copa América Centenario, el combinado argentino de Gerardo "Tata" Martino, sucumbió en la tanda de penales ante su similar de Chile, luego de haber empatado a cero en los 90 minutos reglamentarios y 30 de la prórroga.

En un partido cuyo único dominador y proponente fue la selección albiceleste, los australes se apoyaron en una buena defensa, comandada por el central Gary Medel, quien estuvo inmenso en el devenir del cotejo, y en las intervenciones felinas de uno de los mejores porteros del mundo Claudio Bravo. Gonzalo "Pipita" Higuaín tuvo un mano a mano, tras un error de Medel, ante Bravo, pero tal como le ocurrió en el mundial ante Neuer o en la pasada Copa América, también ante Bravo, marró la ocasión cuando lo más sencillo era marcar.

Además, ya en la prórroga un cabezazo acrobático del Kun Agüero fue rechazado con la yema de los dedos por el guardameta chileno, configurando la mejor parada de la copa.

En esas dos ocasiones Argentina tuvo el triunfo, pero como en la vida, el éxito y el fracaso caminan por una delgada cuerda, como la que transitan los trapecistas en sus números circenses.

Por eso el deporte despierta tanta admiración, ya que es una perfecta analogía de nuestro quehacer diario, en el cual se mezclan nuestros triunfos y derrotas de manera intermitente y casi imperceptible.

En tal sentido, me quiero centrar en la figura del mejor jugador de fútbol de la actualidad Lionel Andrés Messi, quien ha llegado a 4 finales con su selección, pero que por cosas del destino se ha quedado con la miel en los labios y quizás, fruto de la desazón de una nueva derrota y al peso que todos le ponemos a ganar, tomó la decisión de renunciar a ponerse una vez más la camiseta gaucha.

¿Realmente haría una diferencia que Argentina se hubiera llevado uno de estos 4 torneos para que se considerara a Messi uno de los mejores de la historia? De ser afirmativa la respuesta - como sé que lo piensan muchos- estarían profundamente equivocados.

En el deporte todos quieren ganar, pero solo dos selecciones tienen el lujo de disputar una final y el sendero entre ganar o perder es realmente muy pequeño.

Esperar que se consume la derrota de la albiceleste para recordar la supuesta "maldición" de la pulga con su equipo nacional es completamente ventajista y refleja que, como sociedad, nos hemos dejado pervertir por el afán de victoria, lo cual lleva a que muchos la busquen y consigan sin importar el cómo y no me refiero solamente al ámbito deportivo.

Cuando compites y dejas todo como lo ha hecho Messi con su selección debes irte satisfecho. Claro está que quería ganar como el que más, pero este es un juego colectivo y los rivales también juegan, además la caprichosa -la pelota- en ocasiones, le da por ser esquiva ante la portería rival.

Muchos de los futbolistas de élite, al retirarse y con el paso del tiempo, empiezan a valorar y contemplar los subcampeonatos que obtuvieron en sus dilatadas carreras y que por el germen competitivo que ataca a los deportistas de alta competencia no supieron saborear cuando vestían de corto.

En un mundial, son 32 selecciones y sólo 2 privilegiadas, conformadas por 23 guerreros, pueden decir alguna vez que jugaron la final del torneo balompédico más importante del orbe.

Si la ganaste te llevarás una alegría para toda la vida que recordarán hasta tus generaciones venideras, pero si la suerte te fue esquiva te podrás quedar con la satisfacción de haber estado y haber puesto todo lo que tenías para regalarle a tu nación y a los tuyos el cetro mundial.

Hay muchos casos de subcampeones que refuerzan mi teoría, la Hungría de Puskas, Czibor y Kocsis, llamados los "magníficos magiares" esparcieron su fútbol de altos quilates por los campos helvéticos en Suiza 54 y su recuerdo ha trascendido varias generaciones, aun cuando sucumbieron en la final, en Berna, por 3 a 2, ante Alemania Occidental -en el minuto 8 ya ganaban por 0 a 2, con goles de Puskas (min 6) y Czibor (min 8)-, lo que después pasó a llamarse "el milagro de Berna".

Los magiares venían de ser campeones en las Olimpíadas de Helsinki 1952 y lograron varios hitos al ser la primera selección no británica en vencer a Inglaterra en Wembley por 3 a 6 en 1953, para posteriormente, al año siguiente, infringirle la peor derrota de su historia, al derrotarle por 7 a 1 en Budapest.

Además, en el mismo mundial de Suiza derrotaron a Brasil en cuartos de final y en la semifinal a Uruguay, quien venía con la vitola de campeona del mundo y no había sido derrotada en fases finales de un mundial, al haber sido campeona en el del 30 y el 50 y no haber acudido al de 1934 y 1938. Es más, en la primera ronda, el cuadro húngaro derrotó al cuadro alemán por un contundente marcador de 8 a 3.

Por otro lado, quién no recuerda a la mítica selección holandesa del recientemente fallecido flaco Johan Cruyff, la llamada naranja mecánica, que maravilló al mundo con su fútbol total que llevó a la práctica desde el banquillo Rinus Michels y en el terreno de juego el cerebral jugador tulipán.

Pues esta maravillosa selección que enamoró a todos en el verano de 1974 también perdió la final ante Alemania Occidental y no por ella fue olvidada por la historia su grandeza y Cruyff como estandarte de un fútbol de altos quilates.

Estoy seguro que así pasará con Lio Messi, quien más allá de que gane un mundial o no con Argentina o que logre algún título luego de 23 años de dolorosa sequía para la celeste y blanca, esto no empequeñecerá su figura como uno de los mejores futbolistas que alguna vez se ha vestido de corto.

Lo acreditan sus 5 balones de oro, 8 ligas españolas, 4 copas del Rey, 6 Supercopas de España, 3 Supercopas de Europa, 3 Mundiales de Clubes y 4 Champions League con el FC Barcelona, sus escalofriantes 882 goles -siendo además el máximo goleador histórico de la albiceleste con 55 dianas- en 976 partidos profesionales, para un asombroso 0,91 de promedio y sobre todo su espectacular manera para desparramar rivales como si fueran conos y para jugar este hermoso deporte que a todos nos apasiona que es el fútbol.

Ojalá su decisión de renunciar a ponerse la 10 de su selección haya sido fruto de un calentón, pero de no ser así, debemos darle las gracias por dejarnos disfrutar de todo su talento dentro de una cancha de fútbol portando el mítico 10 de la albiceleste con pasión y talento.

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