Sábado, 02 Noviembre 2013 23:50

El buen sabor de la amistad

 
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Jatniel Villarroel

c4-NINASEn una conversación de domingo, surgió hablar acerca de la amistad y mi mamá me comenta lo siguiente: “¿Y tu amiga C.? No creo que esa te deje morir; seguro que si tú le pides almorzar en su casa, ella te invita. ¿O no?”.

Respondí diciéndole que por supuesto, que mi amiga C. no pondría peros y prepararía un menú ameno, sin animales para que yo pudiese comer y con muchas proteínas para que nadie en su familia se quejase. Ahora bien, esta charla, tan banal para muchos, me hizo dar cuenta de que la amistad es un valor en mi familia al igual que en muchas; pero, que en la mía, a diferencia de algunas otras, el simple hecho de compartir la comida con naturalidad marca cuán grande y buena es la relación con los amigos.

No sé de dónde surgió este modo de medir la amistad, quizá es algo de familia o es una costumbre que mi abuela aprendió de la gente de Upata y se ha encargado de preservar de generación a generación. No obstante, esta práctica tiene fundamentos razonables puesto que al comer con los tuyos, no sólo sacias una necesidad física sino que, además, este evento puede convertirse en un momento para estar todos juntos, tener conversaciones agradables, compartir lo que se tiene y agradecer.

Aun así, lo que ha llegado a sorprenderme de todo esto es que ni mi mamá, ni mi abuela, ni las muchas familias que practican esto de compartir los alimentos con los amigos están muy lejos de los preceptos que enseñaba Epicuro en su Jardín por allá en el siglo IV antes de Cristo.

Primero, porque Epicuro siempre instaba a sus discípulos a cultivar la amistad entre los allegados y, segundo, porque este filósofo ateniense siempre se ocupó de enseñar a todos que en la sencillez de las cosas podemos saciar nuestras necesidades y encontrar el placer verdadero, ese que es duradero y nos lleva a la más excelsa felicidad. Para muestra, miren lo que Epicuro le escribió en una carta a su amigo Meneceo:

El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehúye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer.

Justamente, eso es lo que hacen los verdaderos amigos; brindan más que una comida un momento placentero cuyas repercusiones perduran en el tiempo y nos permiten apreciar más esta vida a pesar de lo sencilla u opulenta que sea. Y es que al final no importa lo mucho o poco que tengamos sino cuánto hemos sabido apreciar y disfrutar lo que tenemos sin la necesidad de anhelar aún más de lo que ya poseemos.

A este punto, podría afirmar un par de cosas; por un lado, si le preguntan sobre el tema a mi papá, éste les recitará de memoria un proverbio bíblico que versa lo siguiente: “mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio” y, por otro, mi mamá no es catedrática ni ha leído la filosofía epicúrea pero tiene claro uno de los principios básicos que se desprende de esa corriente filosófica que tanta cabida ha tenido en Occidente. Entonces, tal como ella lo hace, si no lo había considerado, le invito a que lo haga y medite tanto en sus amistades como en usted como amigo. Comparta los alimentos, invite a otros a su casa, coma con los que quiere y, al igual que los sabios, no disfrute del tiempo más largo sino de aquel más placentero, el de mayor calidad.

@jvillarroelruiz

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El Comelibros

Ella, que todo lo tuvo

Ángel Gutiérrez
Ángela Becerra

C4-LIBRO“¿Sabe qué es la pérdida? No tener a nadie por quién luchar, nadie con quien discutir cosas tan tontas y superfluas como si el día amaneció gris o soleado, qué libro vale la pena leer, qué ver en la tele, qué cena preparar; preguntar y no obtener respuesta. Despertarse sin objetivo alguno, sentir la presencia invisible del ser amado en todos sus objetos, en todos sus lugares y no poder acceder a él de ninguna manera porque su cuerpo desapareció”.

Perder toda razón de vida es lanzarse a la desesperanza, es estar a un paso de la no existencia. Todo se anula, el sentido común, los objetivos de vida y hasta respirar se vuelven obsoletos. El día a día puede ser un premio o sólo un cúmulo de hechos llenos de calamidades y angustias, ¿qué hacer cuando ya no se tiene nada, cuando todo es sinónimo de pérdida? De esto trata la historia escrita por la colombiana Ángela Becerra, la vida de Ella, una mujer cuya alma ha quedado vacía y rota, un ser perdido cuya existencia pende de un hilo.

Tan sólo ha transcurrido un año desde que Ella se despertó en el hospital desorientada como consecuencia de un terrible accidente de tráfico en el que perdió a Marco, su marido, y a Chiara, su hija. Los tres se dirigían a Roma en una noche en que la visibilidad era dificultosa y el sueño de apoderaba de ella mientras conducía. Con la sensación de derrotada, Ella no vuelve a escribir desde entonces, pero emprende un viaje a Florencia en busca de una fascinante historia que le contó su padre y que quiere convertir en novela.

Ella va viviendo diferentes cosas que quizás nunca imaginó ni siquiera para sus propios personajes. Se encuentra con un librero, Lívido, que le da un giro a la historia; así que se inicia un romance entre ellos de la única manera en que puede darse para dos amantes de las letras: usando frases de libros que dicen lo que ellos mismo no se atreven a expresar porque no saben si pueden concederse el consentimiento de sentir. En su afán por sentirse viva, nuestra protagonista recupera la inspiración y logra escribir su nueva novela: La Donna di Lacrima, dedica “A Lívido, que me salvó de mi misma”.

La Donna di Lacrima es un enigmático y silencioso personaje, que recibe en un soberbio ático de la vía Ghibellina a hombres que le cuentan su vida y adoran su cuerpo y su silencio. Nadie reconocerá en ésta a la solitaria y triste escritora que restaura libros y visita cada tarde a las siete la antigua librería del Mercato Nuovo donde otro ser, un librero tan solitario y misterioso como ella, la espera. “En la portada del libro aparece una lágrima azul, con más significado que el de una simple imagen porque Ella vive atormentada por no poder llorar, nunca en su vida, ni en los momentos más dolorosos o más felices ha podido derramar una lágrima.

“Pocas personas superan la prueba más grande que se le impone al ser humano: la soledad de la existencia. No conozco ningún tipo de medicamento para ello. Nos amparamos en los demás para paliarla, en falsas alegrías y festejos para acallarla, porque no hay peor ruido que un gran silencio”.

De aquí en más usted, estimado lector, debe descubrir cómo continuará la historia de Ella, que bien vale la pena leer y reflexionar porque todos, en algún momento, nos hemos sentido perdidos o un poco solos. Busque esta novela de la mano de la Editorial Planeta, que desde el 2009 ha tenido éxitos de venta. ¡Que la disfruten!

@agape270984

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Poesía

Carmen Rodríguez

En las noches sólo hay una solución

Morir

Para apagar tu ausencia.

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Erotismo en la ciudad


A propósito de Herida o la claridad del deseo de Francisco Arévalo.

Milagros Borges Acosta

C4-HERIDAAbrí el libro y con gran sorpresa recibo que no hay prólogo, lo cual me invita aún más a indagar sobre la dosis que nos prepara Francisco Arévalo, el poeta. No deja de sorprenderme este escenario, la mirada de otro no ha sesgado la mía ni me han dicho que debo andar con cuidado o no frente al texto, no he encontrado ningún alerta de genialidad ni de proeza lingüística y tampoco he conseguido nada de esos adornos que los prologuista suelen desarrollar. Me gusta esta forma de concebir el libro.

Sencillo, llano pero lleno.

En este ejemplar Herida o la claridad del deseo, el poeta no deja de lado su eterna obsesión: la ciudad. Presenta una voz sugerente, pícara, misteriosa y sinceramente erótica. Ha explorado los secretos de la alcoba y los ha expuesto de forma limpia y concreta. Entre líneas se deja ver un hombre, un poeta, amante de la feminidad, un estudioso de las formas y los entresijos amatorios y un seductor que muy probablemente registró y documentó los encuentros propios y los ajenos. Siempre altisonante, belicoso e irreverente logra crear una atmosfera que induce y seduce al lector, bajo la sospecha de que deambula por la calle observando las luces encendidas y también las apagadas de los dormitorios de una ciudad que aún dormida suena agitada y jadeante.

El erotismo tiene que ver con la forma en que el lenguaje sexual de la cama llega también a no serlo, a traspasar la frontera del acto coital y lo eleva a una forma sublime; al regazo, al reposo de los cuerpos que no sólo comparten sudores sino que son capaz de escucharse al ritmo que impongan las sábanas… Encuentro maravilloso que usa un lenguaje sin complejo, ni tapujo, es un poco chocante pero está ajustado. Es lo que el poema requiere.

Es una lectura atractiva y la edición a cargo de Bernardo infante Daboins es impecable, nos recibe un beso del fotógrafo Fran Beaufrad que una obra de arte y es que ya conocemos las ediciones de bid&co.editor y su colección Hispamundo dedicada a poetas donde podemos inventariar a Patricia Guzmán; Sonia Chocrón; Edda Armas; Leonardo Padrón y Rafael Cadenas y más allá de nuestras fronteras: Gonzalo Rojas; Wislawa Szymborska; Tomas Transtrômer y Mark Strand.

El único problema de este libro es que el amor no suele quedarse para el desayuno. 

Visto 3548 veces Modificado por última vez en Domingo, 03 Noviembre 2013 00:03

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