Sábado, 26 Octubre 2013 23:02

El cementerio no da miedo

 
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Carmen Rodríguez

El común de la gente pocas veces conversa sobre la muerte y sus implicaciones y la sola mención de la palabra puede causar temor y provocar persignaciones mecánicas como una forma de alejarla como posible realidad.

En el siglo XVIII -de acuerdo a lo expresado en la investigación de Lourdes Vargas y publicada en el libro La vida espiritual, familiar y material en el siglo XVIII venezolano- la muerte era tema muy serio y en el venezolano de entonces existía la gran necesidad de garantizar que luego de su muerte llegaría al cielo y que el tiempo que tuviese que pasar en el purgatorio fuese lo más breve posible. A razón de ello y sin distingo social las personas -fuesen blancos principales, pardos, morenos o indios- dejaban por escrito, en sus testamentos o a través de poderes legales, las condiciones para sus entierros, la ropa con la que deseaban ser amortajados -según la orden religiosa a la que perteneciesen- e incluso el lugar exacto en el que serían enterrados; porque algo que se requería garantizar era tener un lugar en la iglesia, capilla o convento para el entierro. La diferencia socioeconómica se evidenciaba en el espacio que ocupaba el difunto, pues, los personajes más pudientes podían estar en capillas privadas y más cerca del altar y esto lo corrobora la investigación de Vargas en la que devela solicitudes expresas como, por citar un ejemplo, ser enterrado: “debajo del lugar en el que el cura ofrece la hostia durante la comunión”.

Hasta 1932 los entierros en Venezuela se realizaban en las iglesias, repitiéndose la tradición cristiana heredada de los españoles y es gracias a la emigración de la comunidad Judía de Sefardí a Santa Ana de Coro en Falcón, a comienzos del siglo XIX, que se funda el Cementerio Judío de Coro. Esto surgió del hecho de que los emigrantes no poseían un lugar designado para enterrar a sus familiares y ante la muerte de la hija del señor Joseph Curiel, éste compra un terreno a las afueras de la ciudad para tales fines; lo que se constituirá no sólo en el primer cementerio en el país sino en el más antiguo cementerio judío de América.

Los cementerios son lugares empotrados en el temor ancestral a la muerte; en torno a ellos el imaginario colectivo ha tejido leyendas y mitos urbanos en los que el miedo, la fe y la superstición han hecho un coctel de rechazo. Sin embargo, el cementerio no da miedo y si se apela a la etimología del término “cementerio” habrá de observarse que éste equivale a “lugar de descanso” y su versión griega “koimeterion” significa “dormitorio”, por lo que no hay en ellos ni en la palabra que lo nombra razón alguna para que no sean espacios de paseo o conversación común.

No obstante, más allá de la tradición cultural que rodea a los cementerios, en la actualidad se ha dado una gran amplitud cultural que ha provocado que ciertos cementerios se hayan convertido -por los personajes que en ellos duermen su eternidad, por la arquitectura u otros elementos- en sitios de interés histórico-cultural y un valioso referente turístico, al punto de que en algunos se expenden mapas y se ofrecen visitas guiadas.

La importancia de conocer los cementerios es tal que es casi un pecado viajar a una ciudad o país y no traer una fotografía propia que muestre haberlos conocido. Es así, como por ejemplo, es imperante para el viajero que llega a Italia visitar el Panteón de Agripa, considerado uno de los mayores recuerdos de la antigüedad romana, y para el que visita París no pasar desapercibido el Panteón de París, uno de los primeros monumentos neoclásicos de Francia y en el que se encuentran 65 féretros de grandes personalidades de la historia mundial como Voltaire, Rousseau, Jean Monnet, Víctor Hugo, Marie Curie y Louis Braille.

En nuestro continente se pueden contar como cementerios importantes y dignos de visitar, por nombrar sólo algunos, el cementerio General “Presbítero Matías Maestro”, de Lima-Perú, dado que es el primer cementerio de carácter civil de América, es decir, independiente de la Iglesia Católica, inaugurado en 1808; el Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires-Argentina, lugar en el que reposan los restos de personalidades como Evita Perón o el de la Chacarita, en la misma ciudad, donde se encuentran los de Carlos Gardel y que fue creado a razón de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 y en el que se llegaron a cremar hasta 564 cadáveres en un día; este cementerio contó con un tranvía llamado el Tranvía Fúnebre y una estación de igual nombre en la que se recibían los ataúdes; en el terruño venezolano no se pueden dejar de mencionar el primer Cementerio Judío del país y el reciente Mausoleo del Libertador Simón Bolívar, cuya estructura semeja una vela de barco que en su parte más alta mide 54 metros, tiene un espacio de 2000 metros cuadrados con capacidad para 1.500 visitantes y en el que encuentran, entre las muchas novedades que posee, 17 pinturas de Tito Salas.

Todo lo anterior permite afirmar que cualquier cementerio, por pequeño que sea, guarda una historia que sólo espera un visitante agudo y deseoso de mirar más allá de lo evidente, incluso los más contemporáneos Parques o Jardines cementerios que brindan urnas biodegradables, rituales de liberación de mariposas o palomas y pantallas digitales pueden ser apreciados culturalmente de forma distinta si quien lo visita va en busca del valor histórico y cultural que encierran, por eso le invito a que conozca los nuestros, los del estado Bolívar, seguro se sorprenderá gratamente.

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Viaje al centro de la lengua


Diego Rojas Ajmad

Nuestro poeta Andrés Eloy Blanco propuso alguna vez que se creara una especie de policía ortográfica, que deambulara por las calles de la ciudad inspeccionando las vallas y carteles comerciales. Esto lo decía Andrés Eloy Blanco porque pensaba que a través de los avisos comerciales los niños ejercitan la práctica de la lectura y si en ellos existen errores ortográficos, pues la labor pedagógica que pudieran cumplir sería nefasta. Los avisos comerciales son un excelente pizarrón en donde la comunidad aprende a leer y a escribir. Si cumpliéramos el deseo de Andrés Eloy Blanco y camináramos por las calles de la ciudad revisando avisos y carteles, pues seguramente no tendríamos que caminar mucho para encontrar falta de acentos, incongruencias de género y número, entre otros errores.

Por ejemplo, hay uno común que encontramos en los centros comerciales y es el que dice “Visualizaremos su cartera al salir”. Si revisamos el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y buscamos la palabra “visualizar”, caeremos en la cuenta de que esta palabra designa una acción mental. Visualizar algo es imaginárselo, recrearlo en la mente. Por lo tanto, si nos dicen que nuestra cartera será visualizada al salir, pues sencillamente lo que expresan es que alguien en la entrada del local, cual gurú o mentalista, intentará imaginar nuestra cartera sin tocarla y sin mirarla. Para que la frase sea la adecuada, debería decir “su cartera será revisada al salir”.

Mucho trabajo tendrá esa policía ortográfica en nuestra ciudad. Por ello, los invito a colaborar con sus recorridos para buscar nuevos errores.

@diegorojasajmad

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Poesía

Poetas guayaneses

Raúl Losada

Enciende la oscuridad por un instante

Conjura a las más profanas luciérnagas de tu barrio

Tiñe de infrarrojo su luz

Rasga todo tejido inorgánico

Hazme sentir tu fibra natural

Deja que mi saliva fluya por tus venas

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¿Cómo leer a Walter Benjamin?

Reyes Mate

C4PANCARTAA este perdedor le van bien las cosas. Se le edita y se le cita como una autoridad indiscutible. Está a punto de convertirse en objeto de veneración y consumo, justo lo contrario de lo que él pretendió. Este éxito tiene el inconveniente de mellar su aguijón crítico y, por tanto, de traicionar su pensamiento. La cosa tiene su gracia si observamos que su escritura es todo menos de fácil digestión. Hay frases e imágenes brillantes, pero su textura es críptica y árida. ¿Cómo leer a Benjamin para sortear tantas trampas?

El dio una pista en La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica. Ahí dice que en la reproducción y recepción de una obra de arte hay algo que se pierde; algo único, irrepetible, originario y casi sagrado que llama aura. Ocurre en la pintura, pero también en la música: no es lo mismo oír el Concierto de Año Nuevo por televisión que vivirlo en la Goldener Saal de Viena. La traducción es otro caso significativo. El traductor se encuentra entre dos lenguas diferentes. ¿Qué tiene que primar la de origen o la de destino?.. Si se traduce “to be or not to be, that is the question” por “ser o no ser, esa es la cuestión” no estamos hablando en castellano. A nadie se le hubiera ocurrido hablar así en español si alguien como Shakespeare no lo hubiera escrito en inglés. Pero si traducimos en buen castellano por “vida o muerte y no hay más que hablar”, perdemos toda la gracia del original. Benjamin nos invita a traducir, a reproducir técnicamente obras originales, a leer e interpretar textos de otros, porque el hecho de que lleguen a más gente es la prueba de que se transmite lo que tienen de comunicable. Es verdad que hay un punto de incomunicable, inimitable e irrepetible, pero tener conciencia de ello es lo que más puede enriquecer a aquello que sí se comunica.

Esto mismo, aplicado a su propia obra, significa que hay que editarle, traducirle y comunicarle sabiendo que el objetivo es iluminar nuestro tiempo sin que eso suponga agotar su significación con nuestra interpretación. A la vista de lo que se publica, no parece que sea fácil lograr esos dos objetivos. Ariadna Mancini, autora de Cuadros de un pensamiento, ha optado por lo más fácil: hacer un menú de textos de lo más variado y entregárselos crudos al lector para que los saboree en toda su originalidad. Es un libro de pesca, para captar lectores, dejándoles libre el camino de la interpretación. Es de alguna manera lo contrario de lo que hace Michael Löwy en el estudio introductorio, “Benjamin y el surrealismo”, a un célebre texto de de Benjamin, El surrealismo. El comentarista actualiza el pensamiento político del comentado para que sea eficaz hoy. En el texto benjaminiano está la invitación a “organizar el pesimismo” que para Löwy no es una frase literaria sino la actitud correcta ante “los desastres monstruosos que la civilización industrial burguesa engendra”. Lo que pasa es que Benjamin es quizá menos surrealista que Löwy. Eduardo Maura, el autor de Las teorías críticas de Walter Benjaminno oculta su preocupación por el buenismo de la recepción de Benjamin. Sensible al peligro de frivolización en la recepción benjaminiana, por superficialidad en la comprensión, acomete un riguroso trabajo de interpretación, sin concesiones a la galería. Es un texto obligado que se faja con la lengua de origen, rastreando ejes centrales de su pensamiento, como el barroco. El peligro de este enfoque es el escolasticismo del que el autor sale airoso por su fe en la actualidad de la Teoría Crítica que Benjamin prolonga de manera original.

En Mundo escrito hay un poco de todo. Estos trece ensayos fueron en su momento conferencias en torno a una notable exposición, Walter Benjamin. Constelaciones, organizada por el Círculo Bellas Artes hace un par de años. Se puede constatar en ellos la fecundidad de un pensador y también el peligro de un escritor críptico que puede nublar a quien se le acerque. Tiene razón César Rendueles, uno de los editores del libro, junto a Juan Barja, cuando denuncia el peligro de usar “sus ensayos no para criticar las formas culturales dominantes sino para elogiarlas”. En esa tentación se cae cuando se pierde de vista la carga política de Benjamin o cuando prima la estética sobre la ética o cuando el comentario a un texto críptico en vez de aclarar añade confusión. Son trampas que a todos acechan por eso resulta tan apasionante intentar sortearlas. (El País)

El surrealismo. Walter Benjamin. Traducción de Paul Laindon. Casimiro Libros. Madrid, 2013. 59 páginas.

Cuadros de un pensamiento. Walter Benjamin. Selección e introducción de Adriana Mancini y Susana Mayer. Imago Mundi. Buenos Aires, 2013. 181 páginas.

Las teorías críticas de Walter Benjamin. Eduardo Maura. Bellaterra. Barcelona, 2013. 213 páginas.

Mundo escrito. 13 derivas desde Walter Benjamin. Juan Barja y César Rendueles (editores). Círculo de Bellas Artes. Madrid, 2013. 248 páginas. 18 euros. 

Visto 3153 veces Modificado por última vez en Miércoles, 30 Octubre 2013 01:53

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