Jueves, 23 Febrero 2017 00:00

El día en que Iván Loscher habló a los jóvenes guayaneses: ‘No pierdan la iracundia por la injusticia’ [+ audio]

 
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Loscher nació en 1946, en Caracas Loscher nació en 1946, en Caracas Foto cortesía El Universal

Fue un viernes de abril de 2008. Nelson Bocaranda, César Miguel Rondón e Iván Loscher tenían que estar dentro de un par de horas en el aeropuerto de Puerto Ordaz para tomar un avión a Caracas. En la noche del jueves habían sido los invitados de honor a una fiesta de Unión Radio.

Ahora, en el salón de usos múltiples de la UCAB Guayana, también eran invitados de honor. No de una fiesta, sino del Foro Radio, democracia  y libertad de expresión.

El primer orador fue Bocaranda. A Loscher y a Rondón les tocaba el cierre del evento. También pululaban por allí Alex Goncalves y Mariela Celis.

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Loscher llegó temprano. Sin pose alguna, se sentó entre las primeras filas a escuchar. Los brazos cruzados, las piernas estiradas, el bolso bandolera de un lado.

Ese día tenía gripe. Carraspeaba a cada rato y en un momento pidió a los que estaban a su lado un caramelo de menta. Alguien le alcanzó un paquete de Halls y él, con tono de disculpa, dijo que iba a tomar la mitad. Siguió escuchando.

Cuando Bocaranda cerró, Loscher y Rondón tomaron sus espacios en la mesa de oradores. El primero en hablar fue Loscher. Una vez que finalizó, Rondón expresó un temor: “Cuando me dijeron que estaría con Iván, pensé que iba a estar fácil la cosa porque es mi compadre, además. Pero viene y se lanza esta maravilla de intervención y, bueno, ahora qué digo”.

Se paseó Loscher por Goethe y Borges. Admiró el movimiento estudiantil que, hacía un año, a raíz del cierre de RCTV, había tomado las calles venezolanas y recordó que dentro de unos días se conmemorarían 40 años de otro movimiento estudiantil, el Mayo francés. Se arrepintió de haber votado por Hugo Chávez en 1998 y reconoció su culpa por “lo mal que estaba la situación, a nueve años de ejercicio en el poder del teniente coronel”.

Pero, ante todo, le habló a la juventud. Partió de una pregunta que alguien le formuló en el pasillo de la universidad: ¿Tenemos futuro en esta profesión? “No sé si ustedes van a tener futuro cuando ejerzan la profesión porque ya eso depende de cada quien y de ciertas circunstancias determinantes”, dijo a modo de preámbulo.

 
 


 ¿Qué vendría luego? Estaba el auditorio, aquel auditorio ucabista, repleto de adolescentes y de veinteañeros incipientes. Algo revelador debía venir: algo al estilo de sean el cambio en el mundo o qué sabe uno.

Loscher, para ese conjunto de estudiantes de Comunicación Social, era el sonido de un oráculo. Nacido en 1946, era voz e irreverencia. Era el viejo de la franela ceñida que combinaba en sus programas de radio las escuelas vieja y nueva del rock. El que robustecía las leyendas de Radio Capital junto con Alfredo Escalante, Cappy Donzella y Napoleón Bravo. El que, en ese encuentro, dijo, pletórico en sarcasmos, que el reggaeton era un invento de algún subdepartamento de la CIA.

Quizás iría el comentario en la tónica de una frase inicial: “Yo trato de vivir la altura de mis pasiones, que es lo que trato de inculcarles a mis hijos”.

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Pero nada de eso. Esa mañana de un viernes guayanés en la UCAB, Iván Loscher dio el mejor consejo que alguien podía dar. En ese momento, venciendo cualquier vestigio de la gripe que lo aquejaba, dijo: “No pierdan jamás la iracundia, la iracundia que produce el no poder ser imparcial ante los acontecimientos a los que estamos sujetos, la iracundia que produce la injusticia que vemos a diario, la iracundia por la malversación de fondos y por la corrupción del ejercicio despótico del poder del teniente coronel y de todos sus secuaces”.

La grabación de ese foro estuvo guardada todo este tiempo en un pendrive. Hoy conviene rescatarla y publicarla para recordar ese encuentro con los jóvenes guayaneses, a quienes pidió, hace nueve años, no perder la iracundia.

Conviene porque hoy, en 2017, el año de su muerte, hay menos razones para perderla.

Y todas las razones para mantenerla.

La iracundia.

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