Sábado, 01 Octubre 2016 00:00

El Lavoe que nos gusta [+ videos]

 
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Lavoe murió en junio de 1993 Lavoe murió en junio de 1993 Foto Archivo

Los 70 años del nacimiento de Héctor Juan Pérez Martínez el 30 de septiembre quizás le sean indiferentes. Pero el asunto cobra interés cuando se le llama por el que fue el nombre artístico que lo inmortalizó: Héctor Lavoe.

Siendo niño, Héctor Juan Pérez Martínez vio a su mamá metida en una urna. Luego perdió a su hermano, resbaló por el tobogán de la adicción, se lanzó de un edificio para que un incendio no lo carbonizara, se desgarró cuando un balazo accidental mató a su hijo, contrajo sida, intentó suicidarse saltando de un noveno piso y, esquelético por el virus que lo mordió con una jeringa, murió.

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Tal seguidilla quizá lo conmueva al punto del ay, pobrecito, y luego transite hacia el estadio de la indiferencia. Pero es distinto el asunto cuando descubre que los comunes Pérez y Martínez corresponden al lapso anónimo de quien después se inmortalizó como Héctor Lavoe.

Cuando se cumplen 70 años de su nacimiento, esbozar la vida de Lavoe en una cuartilla y alguito es prácticamente una grosería. Quizás lo sea intentarlo hasta en un libro, porque ya Lavoe mismo lo hizo íntegramente en sus canciones.

Elúdase, de entrada, la lógica El cantante, pieza que Johnny Pacheco suplicó a su autor, Rubén Blades, para que la cediera al atormentado recordado de hoy; y tómese en cuenta El Malo, Guisando, Piraña, Sóngoro cosongo y Juanito Alimaña.

Esas canciones, entre muchas otras, claro, transpiran el tufo a Lavoe, es decir, al barrio, a las penurias, a la subsistencia diaria como proeza y al padecimiento con razón de miseria: el malandreo franco y sin ambages que, en esencia, fue el Cantante de los cantantes.

En su estilo, una merengada de Daniel Santos, Maelo y Cheo Feliciano, con la guinda de un dejo nasal y, en una etapa, el excelso acompañamiento de Willie Colón, se delinea la salsa dura y sin revestimientos, porque estamos ante el género como artillería contra los artificios posteriores, como, por ejemplo, las imposturas engominadas de Marc Anthony.

Lavoe es, además, la franqueza que sólo puede dar el sufrimiento, y pese a que también persiguió la imperecedera fórmula doble efe, o sea, fama y fortuna, en él hubo la sinceridad del canto desde las tripas: no hay posibilidad de refinamiento o de maquillar la marginalidad, como puntualizó César Miguel Rondón en su Libro de la salsa, pues de no impregnarse su arte con ese elemento, seguro el anonimato lo hubiese cobijado.

Pero, mire usted, la historia fue esta que hoy, además de pretender contar, disfrutamos desde la sonoridad del puñal, de la extorsión cotidiana, del síndrome de la abstinencia, de la ratería, del barrio.


Eso, entre otras formas de descalabro, es el Lavoe que nos gusta: tuvo que llevar esa vida y así tuvo que morir el 29 de junio de 1993, no porque no queríamos más de él, sino porque de esa forma alimentó el devaneo de su existencia. Es así como lo queremos, porque esos 46 años de tránsito maldito nos sacian hasta el punto de la morbosidad.

Esta adaptación se trabajó sobre un escrito publicado originalmente en Correo del Caroní en junio de 2013, a propósito de los 20 años de la muerte del cantante. 

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Marcos David Valverde

Desaforado coleccionista de discos y melómano empedernido encapsulado durante las 24 horas del día en su pasión, sale cada domingo de la burbuja para compartir opiniones sobre novedades y clásicos en Ecléctico.

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