Martes, 23 Diciembre 2014 00:00

La globalidad de una voz carrasposa

 
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Ayer, cuando el mundo supo de la muerte de Joe Cocker, las voces habituales comenzaron: que si marcó a una generación, que si esto, que si aquello. La sarta de lugares comunes de siempre. Y equivocadas, además. Porque Joe Cocker fue más que su generación.

 

Ayer, cuando el mundo supo de la muerte de Joe Cocker, las voces habituales comenzaron: que si marcó a una generación, que si esto, que si aquello. La sarta de lugares comunes de siempre. Y equivocadas, además. Porque Joe Cocker fue más que su generación.

“Una generación” exuda anclaje y, por tanto, estancamiento. Y no fue ese, lo sabemos, el caso de Joe Cocker. Porque nadie dijo ayer que ah, sí, Joe Cocker, el tipo ese que cantó en Woodstock, ¿verdad? Tampoco: claro, cómo no, mi papá tenía unos discos de Joe Cocker y tal y qué sé yo.

Además de nostalgia, Joe Cocker fue globalidad. Una globalidad de voz carrasposa, de gestualidad desaforada, de una parte de la banda sonora de nuestras vidas. De despechos. De camaraderías. De desenfrenos: de la vida en sí. Y por tanto, de nuestras animalidades.

Acuñó su leyenda a las 3:30 de la tarde del domingo 17 de agosto de 1969 en el Festival de Woodstock. Con cierta notoriedad encima gracias a una versión de With a Little Help from My Friends, de los Beatles, cerró su concierto con esa versión. Saltó. Se agitó. Susurró. Gritó. Vivió. Caló. Y triunfó, porque su interpretación sintetizó la esencia de ese encuentro: 400 mil personas se cobijaron unas con otras, luego de su mensaje, durante otro hito: el chaparrón.

Luego de eso vino más fama. Y los añadidos comunes de esas lides: las drogas y el alcohol a las que Cocker sucumbió.

De hecho, y de acuerdo con César Miguel Rondón, su visita a Venezuela, en agosto de 1978, estuvo signada por esos añadidos: a Joe Cocker lo bajaron drogado del avión al hotel. De allí, a la tarima. Y de allí, otra vez, al hotel. Y del hotel, otra vez, al avión. Solo en Nueva York vino a saber qué había sido de él, algo similar a lo que cierta vez le ocurrió a Héctor Lavoe por estos predios.

En relatos típicos, el “Alma Gritona de Sheffield”, como también se le conoció, mantuvo el bajo perfil para recuperar las fuerzas desgastadas por los excesos. Así que los ochenta lo recibieron de nuevo y quedaron las tipicidades, especialmente un par: el You are so beautiful de los recatos sentimentales y el You can leave your hat on de los desenfrenos vestuaristas (y voyeristas, quién me resta razón).

Asumiendo la responsabilidad de tamaña obviedad, hay una profundidad en el pozo de Joe Cocker. No se le puede menoscabar resumiéndolo a esas tres interpretaciones. Pero ellas lo compendian: en la fortaleza utópica de la generación del 60, en la pasión desaforada de sus interpretaciones y en la promiscuidad de sus vivencias.

Que jamás se repita que Joe Cocker fue “la voz de una generación” o barrabasadas de esa estirpe. Porque muchos contemporáneos que se tongonean a su ritmo, aunque ni papa de su trascendencia, lo inmortalizan con cada prenda que cae al suelo.

La liberalidad perenne no es cosa de cualquiera. Y eso fue cosa de Joe Cocker, el alma gritona a la que solo pudo doblegar un cáncer maldito que lo mató este domingo. Un domingo, igual que su presentación en Woodstock.

En Twitter: @MarcosDavidV

Visto 4528 veces Modificado por última vez en Martes, 23 Diciembre 2014 01:04
Marcos David Valverde

Desaforado coleccionista de discos y melómano empedernido encapsulado durante las 24 horas del día en su pasión, sale cada domingo de la burbuja para compartir opiniones sobre novedades y clásicos en Ecléctico.

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