Estudiantes de la UCAB Guayana de las etnias pemón, warao y yekuana participaron en un conversatorio para hablar sobre sus culturas y tradiciones, afectadas por el aumento de la minería cerca de sus territorios, entre otras presiones.

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Los sobrinos de Erika Matthews, una joven indígena pemón, hablan más en castellano que en la lengua propia de su etnia. En sus casas, en San Martín de Turumbán, abunda ahora la harina de maíz precocida y el pollo. En la comunidad de Yoshira Pérez, otra estudiante pemón de Kamarata en el municipio Gran Sabana, también ha habido cambios. En lugar de los tradicionales trueques de alimentos de hasta hace una década, ganan terreno las transacciones en oro y dólares.

El cambio en sus dinámicas habituales las hace asegurar que las tradiciones indígenas en la amazonía venezolana se están perdiendo de forma progresiva, algo que lamentan debido a la rica cosmovisión que mucho podría aportar en la actualidad. “Es muy triste”, afirma Pérez, durante el conversatorio Entre culturas de agua y tierra, organizado por la Dirección de Extensión Social Universitaria de la Universidad Católica Andrés Bello, campus Guayana (UCAB Guayana).

“Nuestras tradiciones son la esencia, es lo que nos identifica como comunidad indígena, si se pierde eso ¿qué mostraremos de nuestra cultura? Estamos tratando de no perderlo, de preservarlo (…) Muchas personas se están dedicando a la minería y eso está afectando. Antes la minería era artesanal para sobrevivir, pero ya se está explotando de otra manera”, manifiesta.

Acercamiento con tumá y casabe

El conversatorio fue precisamente un acercamiento de la cultura indígena a través de una exposición de sus tradiciones. Hubo saludos en pemón, warao y yekuana; una muestra de la música y sus bailes tradicionales, imágenes de los rincones mágicos de la Gran Sabana y mucho sabor concentrado en el tradicional tumá y el grueso casabe preparado por las comunidades indígenas, distinto al de las zonas más pobladas de Bolívar en las que la torta de yuca es de al menos un centímetro menos de grosor.

Regni Bastardo, estudiante de la etnia warao, recuerda distintos hechos que obligaron a la población indígena warao del estado Delta Amacuro a migrar a los centros urbanos en donde poco a poco se han ido alejando de las tradiciones: la presión para que se trasladaran de los morichales a las orillas de los ríos para facilitar la evangelización; el cierre del caño Mánamo que devino en la contaminación de las aguas y la inundación de los conucos; y la epidemia de cólera.


Pérez sostuvo que esperan volver a sus comunidades para poner en práctica lo que han aprendido en sus carreras universitarias | Foto María Ramírez Cabello


       

Su familia se trasladó en 1999 a Tucupita, capital de Delta Amacuro, y en el 2000 a Ciudad Guayana, en el estado Bolívar, en donde conviven indígenas warao en Chirica Vieja, frente a la terminal de San Félix, en el kilómetro 23 de la vía a El Pao, en Cambalache y en La Riviera, en el centro de Puerto Ordaz.

“Nos hemos tenido que adaptar a la situación. A pesar del cambio que hemos sufrido mantenemos algunas tradiciones como nuestra lengua. Otras como la comida han cambiado para adaptarnos a la del occidental”, puntualizó.

Yoshira Pérez, estudiante de Educación, se emociona al hablar. No para de sonreír. “Wakübero – Inná”, saluda, y de inmediato explica que aunque esta frase significa “muchas cosas” se usa usualmente para decir “hola, ¿cómo estás?”. Describe que Kamarata, en el sector 2 del municipio Gran Sabana, queda entre las montañas detrás del Santo Ángel, una de las joyas naturales más conocidas de la amazonía venezolana.

La etnia pemón, detalla, tiene una subdivisión marcada por la residencia geográfica: taurepan, arekuna y kamarakoto. Ella es pemón kamaracoto. Cada comunidad tiene una estructura organizativa en la siguiente escala: capitán general, capitán de la comunidad, sub capitán, secretario, tesorero, vocal 1, 2 y 3 y abogado de la comunidad. La completan el abuelo, el hombre más anciano de la comunidad y que ostenta una autoridad incluso superior a la del capitán; el consejo de ancianos y el chamán.

Cuenta que los habitantes de la comunidad se dedican esencialmente a la pesca y al trueque de vegetales y hortalizas. “Antes no se veían dólares, ni bolívares ni oro, pero ahora en Kamarata ya hablan de dólares y gramos, es muy triste. Los trueques eran con alimentos que se podían extraer de la tierra”.

Esos alimentos son la base de las delicias indígenas: el tumá, por ejemplo, un caldo con presa de cacería o el casabe, a base de yuca que, indicó la joven, siembran los hombres y cosechan las mujeres. También habló del kumachi, el kachiri y el parakari, así como de la introducción de alimentos procesados que no formaban parte de su dieta. “Si no hay harina de maíz nos quejamos en vez de ir de pesca. Me pregunto, ¿cómo habrán hecho las generaciones anteriores?”, dijo.

En cuanto a las creencias, destacó, creen en la naturaleza, en el sol, el agua, la selva y las montañas. “Seguimos tratando de no perder las tradiciones y las costumbres”, insistió.

Ancianos buscan mantener vivas las tradiciones

Erika Matthews, estudiante del segundo semestre de Derecho, confiesa que ha sido difícil adaptarse a vivir lejos de su natal San Martín de Turumbán, en la frontera entre Guyana y Venezuela, en donde también es cada vez más frecuente el contacto entre la comunidad pemón y la población criolla. “Vivimos mayormente de la agricultura, pero con la civilización eso se está perdiendo (…) Ha habido descontrol por la cantidad de personas que han venido. Antes comíamos tumá y ahora se está comiendo harina pan, pollo. Antes era el trueque, ahora son las gramas y dólares”.

Sostiene que la base de todos es el idioma, al que cada vez le gana más terreno el castellano; y que creen en la naturaleza y sus reacciones frente a una acción que la vulnera o violenta lugares sagrados. “¿Por qué entonces el indígena practica la minería? Por la necesidad… pero con la minería los indígenas no pescan porque los ríos están contaminados”, puntualiza.

Algunas tradiciones mantienen raíces fuertes, gracias a los ancianos. A las tres de la madrugada, cuenta la joven, su abuelo levanta a los nietos. Los sienta a todos al lado de un fogón y les cuenta historias y lo que se avecina con la proximidad de la población mayoritaria. Esos relatos y costumbres son las que aspiran revalorizar para que no mueran.

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