Jueves, 25 Febrero 2016 00:00

Upata: De las colas del hambre a las colas por agua

 
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El cuadro social de la escasez y las colas por agua retratan a un pueblo minero olvidado y polvoriento. No al terruño que en plena guerra de independencia alojaba un teatro y dio fuerza con su ganado y provisiones al ejército republicano.

 
     

Hace veinte años la población de Upata miraba el futuro desde la lejanía, sin ahogo, como los enamorados que en ese entonces paseaban en la Plaza Bolívar hasta marearse, creyendo que entre vuelta y vuelta detenían las agujas del reloj.

La gente se aferraba a los buenos recuerdos: un tráfico inexistente, al pan caliente, a los recorridos por el mercado, a las misas de las 6:00, a los juegos de béisbol en el estadio Simón Chávez. La única cola que se conocía era en una fila de cinco carros en la estación de servicio. Y un clima lluvioso tropical de sabana envidiable. Servicios de primera. La ciudad dormitorio por excelencia del estado Bolívar.

El crecimiento de la población -con más de 160 mil habitantes- aceleró los cambios y desveló las grietas de un futuro incierto, agravado por una década de absoluta improvisación y nula visión de desarrollo.

Como en cualquier rincón del país, en la Upata de 2016 han aflorado los roces en las colas por la escasez; el negocio ilegal del oro al sur profundo del estado Bolívar vacía con mayor velocidad los anaqueles.

Pero ya no solo se forman colas por alimentos, ahora también se hacen filas por agua. Como en los viejos sabanales, cuando los acueductos eran una ilusión futurista, las familias upatenses han regresado al tiempo de los tomaderos, cargando pimpinas y botellas de plástico para paliar la sed.

“Prefiero mil veces que se vaya la luz. Esto es insoportable”, opina José Pugas, quien se autodefine como luchador social, miembro de la comuna Guerreros de Chávez.

Pugas dispara en 180 grados. Desde las “impericias de Hidrobolívar (dependiente de la Gobernación)” hasta la “incapacidad del alcalde (José Gregorio Martínez)”.

“Anote allí: ¡Tengo la poceta llena de excremento, chico! Esa es la verdad”, remarca el hombre que pide ser fotografiado del cuello para arriba puesto que andaba sin camisa.

Pugas vive en el sector Santo Domingo, uno de los más golpeados del corte de agua. Este martes sumaba 17 días sin acceso regular al líquido. Cerca de su casa los vecinos trancaron en dos oportunidades la vía perimetral que conduce a la carretera hacia la Gran Sabana.

Gestión reactiva 

Variables como la demografía y las manifestaciones climáticas son manejables desde un punto de vista racional de la planificación pública. La razón oficial por la que Upata sumaba hasta este 24 de febrero 15 días sin agua era por la instalación de un sistema auxiliar de bombeo de la balsa-toma Chiripón, debido a la contingencia del descenso de Guri y su repercusión en la producción hidroeléctrica.

     
 

Acceso seguro al agua potable, 
un derecho humano desde 2010

AGUA

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Una vez más queda en evidencia que las autoridades se comportan de manera reactiva y no proactiva frente a las condiciones climáticas y otros factores.

Recipientes bamboleándose en el baúl de los carros particulares, camiones cisternas, motos con pimpinas, carretillas y carruchas. Este es el paisaje repetido de la Upata de hoy, la misma que olvidó el futuro hace dos décadas.

El cuadro social de la escasez y las colas por agua retratan a un pueblo minero olvidado y polvoriento. No al terruño que en plena guerra de independencia alojaba un teatro y dio fuerza con su ganado y provisiones al ejército republicano.

En más de dos siglos de existencia Upata ​borró cualquier vestigio de minería y mantuvo el viaje hacia la urbanidad con énfasis en el campo, la ganadería, el comercio y la hospitalidad. 

Un derecho humano 

Cientos de escolares sin clases, negocios cerrados, restricciones a la preparación de alimentos y múltiples riesgos sanitarios son algunas secuelas directas de la escasez de agua. Es lo que ha pasado desde hace dos semanas en la también conocida Villa del Yocoima.

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU consideró oportuno en 2011 remarcar que el acceso al agua deriva de los derechos a un nivel de vida adecuado y a la salud física y mental, a la vida y la dignidad humana.

     
 

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“No tengo ropa limpia, es injusto que no tengamos ni para cepillarnos”, exclamó María Josefina Linares, el martes, en una tranca de calle contra la prolongada y agobiante sequía.

Para los gobiernos regional y municipal se trata de una contingencia más. Un percance que amerita, en el caso de Hidrobolívar, dos o tres mensajes esporádicos en Twitter. Del lado de la municipalidad, destacan los pronunciamientos radiales vacíos y con tintes electoreros.

Entonces, en vez de concentrar horas de reflexión a un futuro nada promisorio que les invadió su paz, los upatenses esperan con proverbial estoicismo su turno para cargar agua y llevarla al hogar para uso de urgencia. Otra cola más.

De poco o nada sirve la edad del paciente en un país cuyos gobernantes replican una visión militarista de la sociedad en la que sus miembros (nunca ciudadanos con derechos) demandan necesidades como el animal que hace mueca al amo cuando siente hambre.

Upata, capital del tercer municipio más poblado del estado Bolívar, cumplirá el 7 de julio 254 años. Nada importa.

El sometimiento a dos semanas sin agua representa la más clara humillación del Estado sobre un gentilicio. El viaje cruel a la pauperización de los servicios primordiales en la vida del ser humano.

     
 

Estragos de la desinversión

343 millones de dólares por año se requerían en 1999 para cumplir con los mantenimientos y ejecución de obras de los embalses y el gobierno invirtió apenas 210 millones de dólares en una década para tales fines.

“Obviamente, todo se ha ido deteriorando hasta tal punto que el gasto por el agua de la cisterna tiene que formar parte de la cesta básica”, señala Evelyn Pallotta, ganadora del premio Europa de Desarrollo Sustentable.

“En el fondo, el derecho al agua potable es una garantía humana fundamental porque quien no tiene acceso al agua pues no tiene vida. Y acceso al agua no es nada más que tener un tubo que llega a la casa, sino que haya agua todo el tiempo y que sea potable”, sentencia Pallotta, quien dirige la oficina de Ecología y Ambiente de la Gobernación de Miranda.

 
     

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El acceso al agua es un derecho humano. La escasez de agua potable menoscaba otras garantías fundamentales del ser humano, por ejemplo: la vida, salud y alimentación y educación

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